viernes, 31 de julio de 2009

El diálogo y la trampa

El diálogo y la trampa
25 de julio de 2009 (129)


El revuelto escenario político y social argentino ha entronizado la palabra diálogo como soberana en estos días.
“El gobierno llama al diálogo”, titulan los diarios. Y el Rey de la soja Grobocopatel, convoca a los presidentes de las cuatro entidades del sector agropecuario a reunirse con la poderosa Asociación Empresaria Argentina. “Diálogo condicionado”, titula La Nación, ”El agro ratifica que sólo se reunirá con el Gobierno si se discute la agenda del sector”. Y entonces la Iglesia los reta fraternalmente, y les recuerda que no ir al diálogo puede ser pecado. Mientras tanto, voluntarios de la Red Solidaria entregarán un programa como aporte al diálogo destinado a reducir el flagelo del hambre. “La esencia del diálogo es la caja”, no duda otro titular, y De Narváez cree que sólo "están ganando tiempo" con el llamado al diálogo. Carrió, que no quiere conflictos, tampoco quiere diálogo, y se va de vacaciones haciendo alarde de una especie de iluminada resistencia. Los gobernadores, por su parte, tienen la palabra, anuncia TN, pero algunos se quejan de que algunos tienen más palabras que otros. En fin., hay para todos los gustos y paladares.
La palabra diálogo, como tantas otras grandes palabras, es peligrosa en razón de su ambigüedad, posibles significaciones y usos múltiples.
El diálogo es el vehículo para el descubrimiento compartido de la verdad, la práctica esencial y fundacional de la democracia. Por eso, en principio, todos deberíamos estar en favor del diálogo. Sin embargo, esta valoración nos expone al riesgo de caer en enunciados abstractos e ingenuos, y nos puede hacer perder de vista lo esencial de lo que aquí se está poniendo en juego.
Nuestra historia es testigo de cómo van unidos el diálogo y la trampa. Si ustedes prefieren, hablemos de las posibles trampas del diálogo.
Existe un concepto romántico del diálogo que pretende negar el conflicto. Diálogo como mera ilusión retórica que proyecta una suerte de capacidad mágica para alcanzar una concordia, poniendo toda la carne en el asador en la intención de los actores. "El diálogo traerá las soluciones", dicen casi con sonrisa cómplice, “a esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie", y todo termina siendo la perfecta excusa para garantizar el actual estado de cosas.
Digamos que esta mirada no es inocente. Es aquella vieja idea de cambiemos algo para que nada cambie, pero eso sí, con diálogo incluido, como para legitimarlo todo.
Para algún desprevenido, puede parecer extraño que sea la Iglesia, como "ultima ratio", quien en nuestro país aliente el diálogo. Curioso. No existe ninguna institución con tantos resabios monárquicos. Basta mirar su tremenda estructura piramidal, sus dogmas o ideas absolutas, para darse cuenta que en esta cosmovisión la alternativa de la concertación queda clausurada por definición. Un oyente atento y con memoria, estará advertido de cómo ésta Iglesia, aparentemente tan amiga del diálogo, es la misma que apoyó cuanto golpe de estado dieron en el país esos otros dueños de verdades absolutas, los uniformados uniformadores a fuerza de palo y bala. Dime con quién te reúnes y te diré de qué vas a dialogar.
La etimología de la palabra diálogo nos ubica en las antípodas de esta falsa idea, ya que aparece emparentada con la de dialéctica, es decir, confrontación, oposición, enfrentamiento, polos opuestos. Un diálogo que pretenda ser tal no puede ignorar la realidad del poder ni sus modos de distribución conflictivos en la sociedad. Dialogar no es pactar entre poderes sino disputarlos.
Sin duda existen realidades que pertenecen al territorio de la negociación pero hay otras que no se discuten y deberían estar supuestas. La realidad medular de nuestra crisis pasa por la situación de exclusión que padecen millones de argentinos. Es hipócrita e inconducente dialogar acerca de esta realidad con actores que han sido directamente responsables de esas políticas de exclusión social. El excluido ha sido empujado de algún lugar hacia la nada y en este diálogo algunos dicen pretender una reinserción que obviamente no se dará en la misma sociedad que lo ha excluido. Esa sociedad con sus dirigentes, debe cambiar para poder incorporarlos nuevamente, lo cual requiere nuevos actores que estén dispuestos a ensanchar el ámbito de la vida social y política. Dicho en otros términos, de nada sirve dialogar si previamente no hay una redefinición de lo público como el lugar de todos y como la razón de ser del Estado.
Pensemos: ¿Qué sentido tiene sentarse en una misma mesa con la derecha política argentina que clama por volver al FMI y restituir confianza en los “inversores” junto con la baja en las retenciones agropecuarias? ¿Pedirán que creamos otra vez en la ilusoria teoría del derrame de la copa de los ricos que rebalsará y alcanzará a los pobres y a la clase media? ¿Podemos dialogar acerca de si nuestros pibes van a comer o no, si van a tener educación pública o si tendrán que pagarla como si fuera mercancía? ¿Se discuten estas cosas? ¿Dialogar para que el establishment del gobierno y de la oposición y sus alianzas con los grupos de poder imponga su agenda ortodoxa? ¿No es en definitiva el Estado quien debe imponerle a los grandes grupos económicos las pautas estratégicas de dicha redistribución?
El diálogo, tal como está planteado, no parece una herramienta para el cambio, que acompañe y aliente procesos de transformación. Más bien parece el espacio para que los grupos de poder de siempre muestren sus uñas y dientes y desplieguen sus peores intereses corporativos. Con los actuales actores, el diálogo no garantiza ser una herramienta que instaure otro equilibrio de poder en la sociedad, o abra nuevos canales de acceso y participación social.
Preguntémonos, por ejemplo, qué voz real tienen en este diálogo los trabajadores, fragmentados, desprotegidos por leyes laborales que antes los cobijaban, y ahora los tiene reducidos a meros engranajes de una economía transnacionalizada, con ramas enteras en manos de empresas extranjeras que no muestran ningún deseo de asumir compromisos concertados. ¿Qué espacio tenemos los ciudadanos comunes en este proceso de diálogo?
Diálogo. ¿De quién? ¿Para qué? ¿Hacia qué dirección?
No, no creemos estar en el camino hacia a una nueva identidad o un nuevo rostro, todo pareciera indicar que seguimos retrocediendo en un perverso juego de legitimación de las caretas.

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