sábado, 24 de julio de 2010

Matrimonio entre iguales: ¿un quiebre sin retorno?

(168) Sábado 24 de Julio de 2010

El matrimonio homosexual convertido en ley, marca un quiebre sin retorno, señaló el sábado pasado Eduardo Aliverti en su programa Marca de Radio. Es un adelanto definitivamente histórico. De época, indicó.
Para el periodista Edgardo Mocca la cúpula eclesiástica perdió dos veces: por el resultado de la votación y por la casi nula presencia virtual de sus argumentos en el debate. Su influencia fue un poco fantasmal, aseguró.
Análisis que convergen, caminos que se encuentran y miradas que coinciden en no centrar tanto la atención en el objeto de la discusión como en el derrotado, la Iglesia, Bergoglio, y toda la cúpula jerárquica, los amos de una moral penosa e insostenible.
Indudablemente, la más elemental lectura del escenario que dejó instalado la ley de matrimonios entre iguales presenta a uno de sus protagonistas sufriendo un duro revés. La iglesia, un factor de poder central, que se creía simbólica y concretamente impune ha sido vencida en una batalla importante. Pero sería torpe olvidar que perder una batalla no siempre significa perder la guerra. Haríamos bien en no subestimar a dichos poderes tan acostumbrados a reciclarse, a resurgir de sus propias cenizas, no al modo poético del ave fénix, sino como las cucarachas, esos bichos que parecen sobrevivir a todo.
Entendemos que el poder de la institución católica, más allá de este revés, sigue aún vigente. Su poder tiene dos grandes ejes vertebradores o fuentes de la que brota su fuerza. Por un lado está el poder político y económico que sustenta a lo largo de su historia y que encuentra en el siglo V un acontecimiento bisagra que da vueltas como la taba el destino de la Iglesia: de pobre y perseguida por el imperio, pasa a ser poderosa, perseguidora e imperial. La Iglesia del pesebre deviene monarquía. Algunos dicen que la causa de tremendo giro se debe a que el monarca Constantino se convirtió al cristianismo, cuando en realidad fue el cristianismo quien se convirtió en monárquico. Cambia el portal de Belén con sus pobres pastores, por palacios con príncipes purpurados. Extraña mutación que terminará generando una estructura piramidal con una cultura autoritaria que progresivamente la irá alejando de sus orígenes y convirtiendo en la institución que por excelencia será legitimadora del statu quo.
Algunas preguntas sobre el presente de la Iglesia argentina pueden echar luz sobre esta realidad: ¿Alguien puede creer que es casual que Bergoglio se haya convertido en el gran articulador político de los principales dirigentes de la oposición de derecha? Detrás de su primer discurso conciliador ¿No se volvió evidente su intención de sacar de la agenda política todos los puntos de conflicto que rozaran intereses y valores de los sectores más poderosos de nuestra sociedad? Cuando la Jerarquía católica habla de “no producir confrontaciones”, ¿no deberíamos leer “no se metan con instituciones y prácticas que constituyen una antigua trama de señorío económico, social, político y espiritual en nuestro país”? Esto es nuestro. Se mira pero no se toca. ¿Es posible trazar un paralelo de impunidad en los grupos de poder en Argentina? Videla reivindica que la justicia militar es la única que puede juzgarlo. Los grandes empresarios mediáticos afirman que la mejor ley de medios es la que no existe, y que cualquier regulación ataca a la “libertad de prensa”. El mismo Macri por estos días pide que lo juzgue el Pro. La cúpula católica hace un vergonzoso silencio acerca de los funcionarios de la institución complicados en los crímenes de la dictadura, o en los más recientes delitos de pedofilia. ¿Casualidades o modus operandi de los sectores de poder?
Tal vez alguien esté pensando en los importantes movimientos internos de resistencia que se han colado por los resquicios de la estructura monolítica institucional, como la Teología de la Liberación, los trabajos en comunidades de base, el intento de apertura al mundo real con una opción preferencial por los pobres. Pero ni siquiera la suma de estos valiosos aportes alcanzan a resquebrajar el arcaico edificio conservador.
Vayamos al segundo eje vertebrador del poder en la Iglesia: la pretensión hegemónica cultural de la Iglesia, su obsesión por imponer ideas y cosmovisiones. Aquí es dónde la institución presenta una grieta importante. Miles de creyentes se alejan cada vez más de tantas visiones ultramontanas del mundo y comienzan a establecer una clara diferenciación entre su fe y la institución. Cabe entonces la pregunta, ¿Cuánto tiempo de dominio hegemónico podrá ostentar una institución con indiscutible poder político y económico pero que progresivamente sigue perdiendo influencia real sobre las conciencias de los que constituyen la base de su pirámide?
Gran parte de la valoración que aun muchos sectores de la sociedad sigue teniendo a la institución iglesia se sustenta en el mito de su preexistencia a la nación misma. Ella y el ejército existirían desde antes de nuestros orígenes. Estas ideas fueron cimentadas en la década del 30, a partir de una política de influencia en el Estado, maquinada a partir del contubernio Iglesia- Ejército. Tal vez estemos asistiendo a un punto de inflexión de un ciclo largo de centralidad política de la Iglesia Católica en la Argentina.
El gobierno nacional parece acentuar con su política esta tendencia no reconociendo a la Iglesia el lugar que aspira a tener. Parece respetarla, no la ataca frontalmente, pero tampoco le da participación en las cuestiones de poder. La Iglesia no es consultada, no interviene en cuestiones decisivas.
Así y todo, ella sigue allí. Está. Presiona. Finge rezar cuando en realidad vocifera. Dice Dios y se mete en nuestra cama. Habla de los pobres mientras va por más poder. No, no hay que subestimarla.
A veces me pregunto cómo es posible que sigan siendo tantos los fieles que profesan su fe en ella. Entonces me acuerdo de Chesterton que decía “cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa”.

sábado, 17 de julio de 2010

La Ley de matrimonio entre iguales: por la vida o por la muerte

(167) sábado 17 de julio de 2010

La ley de matrimonio entre iguales fue aprobada. La madrugada del jueves último marcó un hito por la libertad y la igualdad en nuestro país. Sin embargo, la justicia y la fraternidad, siguen en deuda. Los cruzados contra el proyecto de Diputados, con sus legranes y bergoglios, fueron los verdaderos responsables del odio de estos días.
Convencer es estéril decía Walter Benjamín. No es esa la intención de esta editorial. Nuestro propósito es tomar postura contra la impostura, para que viendo el rostro del cinismo nos indignemos, e indignados salgamos de cualquier posible actitud neutra, pasiva o conformista.
Resonaron los púlpitos por estos días. Desde todas las latitudes las voces de los inquisidores tronaron en defensa de las buenas familias, los normales, los devotos del orden natural. Entonces equipararon opciones sexuales con enfermedad, vicio. “Esta ley no es un mero proyecto legislativo- dice un exaltadísimo Bergoglio- es la pretensión destructiva al plan de Dios, una “movida” del padre de la mentira”. El odio vocifera: “Queremos mamá y papá”, titula la circular que el mismo cardenal envía a párrocos, rectores y capellanes de iglesias, convocándolos a la santa cruzada del martes pasado y recurriendo deshonestamente al público cautivo que es el alumnado de las escuelas católicas, subvencionadas por un Estado injustamente magnánimo. Para tantos monseñores y purpurados, los homosexuales, y quienes apoyen el matrimonio igualitario, son monstruos escatológicos capaces de corromper no a la naturaleza sino a la misma idea de sociedad. Una subversión demoníaca del orden natural merecedor de una “guerra de Dios”, dijo el máximo jerarca casi al unísono con el obispo Aguer, quien habló de una guerra cultural contra el catolicismo. Disfrazados cínicamente de hombres plurales y democráticos parecen haber quemado las naves por esta causa. Entonces ya no pueden ocultar su fundamentalismo, y caídas las caretas han dejado ver el peor rostro inquisidor.
Hay un punto que me parece central en las pretendidas argumentaciones contra el matrimonio entre iguales. La tan mencionada "naturaleza humana" parece ser el as de espada de la Iglesia. Un argumento gigante en apariencia, pero con pies de barro, torpe y endeble por dónde se lo mire. La naturaleza humana de la cual hablan nunca existió ni puede existir en estado puro. Siempre se materializó y desarrolló en un marco sociocultural determinado que le fue dando cauce y curso. La verdadera naturaleza siempre está situada, definiéndose en espacios y tiempos concretos. El inconsistente argumento del orden natural supone que los conceptos preexisten a nosotros cuando en verdad se trata de construcciones humanas que elaboramos y precisamos en la historia.
Durante mucho tiempo, la mayoría estuvo en contra del voto femenino, al que no consideraban "natural". Casi todos legitimaron la esclavitud en la época de la Colonia, también por "natural", y unánimemente aprobaron la segregación racial en Estados Unidos o en África, y siempre en nombre de la bendita "naturaleza".
Muchos vivaron a Hitler en Alemania y acá en la Argentina a Videla. ¡Y qué curioso, Videla también habló de una guerra santa para restablecer el orden natural alterado! La misma Iglesia por entonces entendió que era natural interrumpir el orden constitucional y hacer desaparecer, torturar, asesinar. ¿No resulta asqueante que nunca haya habido un fervor comparable a este que hoy exiben, contra la tortura, la desaparición de personas, el robo de bebés? ¿No es cinismo puro que el sacerdote Von Wernich, responsable de siete muertes y 34 casos de tortura, .desde su “Monasterio-Cárcel bip en Marcos Paz” esté libre de cualquier sanción eclesiástica tras su condena por violaciones atroces a derechos humanos? ¿Con qué vara miden lo que miden algunos purpurados? ¿Cuántas marchas y campañas han hecho los católicos, contra los numerosísimos casos de abusos, violaciones y pedofilias ensotanadas?
Solo quieren poder y por eso necesitan imponer sus verdades. Nada nuevo. Ya en 1888, la Iglesia se opuso al matrimonio civil con argumentos idénticos a los que ahora esgrime. Entonces no querían perder el monopolio de los casamientos. Por eso decían que era “el fin de la familia”, que atentaba contra el orden natural y que habría “resultados funestos” en la sociedad. El mismo grotesco comportamiento tuvieron con la ley de divorcio.
La idea monolítica de la naturaleza humana y la sexualidad que sigue sosteniendo la Iglesia solo sirvió históricamente para la construcción de los prejuicios que congelan el pensamiento y obturan el respeto por las diferencias. A veces pienso si semejante homofobia no es más que una contribución a reforzar la frágil heterosexualidad de muchos de sus hombres.
Qué bien haría a la sociedad, la jerarquía eclesiástica si se asesorara científicamente antes de abrir su boca. Hace ya 37 años que la Asociación Americana de Psiquiatría eliminó la homosexualidad del Manual de Diagnóstico de los trastornos mentales, y más de 20 que la Organización Mundial de la Salud dejó de considerarla patología por que no había evidencia científica para sostener que una opción sexual pudiera ser una enfermedad. En 2000, la misma asociación complementó su afirmación, y aclaró que los presuntos “tratamientos de recuperación”, tan referidos por voceros integristas y confesionales no tienen fundamento científico alguno, y que tampoco son eficaces porque la homosexualidad no requiere tratamiento psiquiátrico.
Si la Iglesia está tan convencida de todo lo que dice, debería orientar a sus fieles a seguir sus principios, y que se jodan ellos solos, y nos dejen tranquilos. Pero esta pretensión de involucrar a todos en su visión del mundo y de la vida, esa aspiración a ser los dueños de la moral escriturada y legislada, solo deja al descubierto su insalvable falta de vocación democrática. Pretender imponer la verdad a garrotazos y amenazar con guerras santas no son más que las resacas fascistoides de su decadencia.
Sin duda los argentinos hemos dado un paso substancial en favor de la vida, la libertad y la igualdad. Nos resta una dura tarea contra los guardianes de cementerio, esos que mientras hablan de la vida le hacen guiños a la muerte.

El mundial de futbol y esos dos impostores

(166) Sábado 10 de julio de 2010
Los muchachos del tablón enrollan las banderas que dicen “gracias, doña Tota” y “En bolas al obelisco”. Doña Tota no tiene consuelo y el que quedó en bolas es el obelisco, sin nada para festejar. Una palabra lo resume todo: tristeza. Ni siquiera bronca. Tenía razón Jorge Valdano: “al final siempre ganan los alemanes”. Tevez lo dijo clarito “¿qué vas a analizar de un cuatro a cero?”. “Es el fútbol, así es el fútbol.” Nos tocó perder. ¿Qué vas a hacer? No está nada mal esa idea de “morir con la nuestra” y aplaudir a los once por dejarlo todo y saber perder: nada de patadas, escándalos, quejas.
Hay algo que trasciende lo futbolístico, y que tiene que ver con la vida, aunque lo incluya, porque vaya si el futbol es parte de nuestra vida. Hoy quisiéramos decir dos palabras en torno a esto que llamamos éxito y fracaso.
Dicen que a la entrada de la pista central de Wimbledon hay un cartel colgado con el verso del poema ‘If’ de Kipling: “Cuando cruces esta puerta, conocerás el éxito o el fracaso. Trata a esos dos impostores con el mismo desprecio”. Tal vez no sea Wimbledon el lugar más indicado para dar lecciones de ética. Allí eso que llaman éxito equivale a millones de dólares, y la derrota un poco menos. Pero la frase de Kipling vale.
Corren tiempos donde el éxito es lo único que cuenta. El fracaso es visto y vivido con la frustración de un designio fatal. La cosa es vieja. La Moira griega, el destino, presagiaba nuestro futuro en términos de éxito y fracaso, triunfo o derrota. Nada en el medio.
Tener éxito “de una”, “ya”, ese parece ser nuestro credo.
La pedagogía más elemental nos enseña que aprendemos mediante una sucesión de experiencias/ensayos en los cuales aparecen dos aspectos que más que antagónicos son complementarios: acierto y error, como dos caras de una misma moneda. Cuentan que Thomas Edison hizo cantidad de intentos hasta inventar la bombita de luz con filamento incandescente. Cierta vez le preguntaron cómo hacia para continuar después de tantos fracasos. “¿Fracasos? -respondió- no sé de qué me hablas. Después de que fallaran 999 bombitas la número 1000 funcionó, por lo tanto ahora sé 999 maneras de cómo no se debe hacer una bombita”.
Por un lado es equivocado pensar que el éxito queda fijamente asociado al acierto y el fracaso al error. Por el otro, vivimos en la creencia de que el acierto y el error son dos cosas independientes y separables. Ni siquiera tenemos una palabra que incluya y englobe a cada término como dos aspectos de un mismo proceso. De este modo imaginamos que lo mejor para asegurar el éxito/acierto es eliminar el error/fracaso lo antes posible.
Incluir el acierto y el error, el éxito y el fracaso como partes de nuestro crecimiento significa reconocer que somos aprendices de la vida. Piaget, quien dedicó su vida a saber cómo aprendemos, decía que “un error corregido por el sujeto puede ser más fecundo que un éxito inmediato".
El fracaso cumple una función: poner en evidencia lo que no sabemos y lo que necesitamos aprender. Sin duda, es gratificante acertar y tener éxito en nuestras metas, y disfrutar cada logro. El problema aparece cuando el énfasis en obtener éxito cobra semejante dimensión que todo queda reducido al cumplimiento de ese objetivo. A quemar las naves. Entonces todo el universo personal e interpersonal queda condicionado al éxito o al fracaso. “Tengo éxito, luego existo”. Fracasé, entonces no existo, fui.
Qué distinta funcionaría una sociedad en donde estuviera permitido equivocarse fomentando espacios y “climas” que faciliten el liberar y liberarnos de la condena por el fracaso, de la presión a triunfar siempre. “No teman a los errores, no hay ninguno”, solía decir, Mile Davis. ¿Se imaginan una educación y una escuela con esta mirada? ¿Sería posible y verdadera en la competitiva sociedad capitalista?
“La gloria es una incomprensión y quizá la peor! decía Borges. ¿Consuelo? Puede ser. Para Oscar Wilde “Cuando los dioses quieren castigar a los hombres, les realizan los deseos…”
¿Y si nuestra derrota deportiva sirviera para depurar las cúpulas burocráticas y limpiar el asqueroso negocio del fútbol, para que vuelva a ser un deporte verdaderamente popular? ¿Y si, como propone Bayer, esta fuera la mejor ocasión para decir “Basta de Grondonas”?
Éxito y fracaso, dos impostores. Para pensarlo, ¿no? “No, el éxito no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible”, decía García Márquez
El futbol como metáfora de la vida puede ayudarnos a pensar lo que somos y lo que nos pasa: No renunciar nunca a aquello que amamos, ganar jugando lindo, no de cualquier manera, mimando la pelota, celebrando una rabona, tirando caños. Driblando a los impostores, también eludiendo a la victoria y a la derrota.

sábado, 3 de julio de 2010

Maradona, ¿Por qué no te callas?

(165) Sábado 3 de Julio de 2010
“Qué se calle este tipo”, dice un periodista refiriéndose a Maradona. ”Que dirija a su equipo, que es lo que tiene que hacer, y que pare de hablar”. Ayer también pedían lo mismo: Que juegue y calle.
Por estos días recordé a aquel torpe rey de España, Juan Carlos de Borbón, (todo rey es necesariamente torpe y patético en pleno siglo XXI en razón de un anacronismo insalvable) quien durante una Cumbre Iberoamericana en Chile, tuvo una rabieta infantil que lo llevó a decirle a Chaves, presidente de Venezuela, “¿Por qué no te callas?”. Repaso también una admirable página de Pablo Feinmman analizando el suceso: Qué cosas tan incómodas ha dicho. ¿Cómo se atreve a usar contra el colonizador el Verbo que éste le ha prestado? Si se han hecho hombres por nosotros, si se han integrado a la Historia porque cierta vez los invadimos, les dimos un Dios, matamos a los inútiles y los rebeldes, les quitamos sus riquezas y les dimos la Razón, el Progreso, la Civilización. ¿Por qué usan contra nosotros una palabra que nosotros les dimos? ¿Por qué no se callan? Basta de usar el Verbo, tú, hijo de indígenas, descendiente de esclavos. Es un rey europeo el que te lo ordena. Un descendiente de colonizadores, de osados aventureros que os han descubierto para la Historia, de una civilización que ha puesto el Verbo en tu bocaza insolente.
Toda la historia del colonialismo late en esa frase “¿Por qué no te callas?”. En cada intento por hacer callar a quien en alguna medida ose tocar al poder se le puede seguir tomando el pulso a ese rancio colonialismo. Querer callar a Maradona es un ejemplo elocuente del cual hoy queremos hablar.
Diego dice:
-"De un golpe salí de Fiorito y fui a parar a la cima del universo y allí me las tuve que arreglar yo solo."
-“Me acuerdo de los Cebollitas, de los arcos de caña cuando jugábamos solamente por la Coca y el sándwich. Eso era más puro".
-Que se calle, y regrese a la pureza de Fiorito que tanto extraña, grita el poder. Esta historia no nos interesa.
Pero la estrella no cierra su bocaza insolente:
- “Yo crecí en un barrio privado de Buenos Aires... Privado de agua, de luz y de teléfono...”.
-Con ironías estamos, vocifera el colonizador. Nunca debiste mover un solo pie de tu lugar de origen. Y ya que lo hiciste, al menos, no nos incomodes.
-"Solo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo", interrumpe Diego (la voz del colonizado invariablemente interrumpe, porque la auténtica palabra es siempre del colonizador, el verdadero dueño del verbo). -¿Vivir la propia vida? ¿Quién lo ha visto y quién lo ve? Haría bien en frenar su lengua.
Arremete Diego:
-"El fútbol debería ser gestionado por los futbolistas; los dirigentes sólo desean robar el dinero de los clubes y salir en la foto”.
-¡Debería darle vergüenza hablar así de quienes le dieron de comer! ¡Qué desagradecido, si por nosotros llegó hasta donde llegó!!
Retruca Maradona:
-“Los dirigentes de Boca son más falsos que un dólar celeste”.
-¡Callen a este sudaca levantisco, rebelde y díscolo! gritan los dueños de la palabra casi al unísono con el rey Borbón, moviéndose dentro de su lógica. ¡Que se calle el negrito!
Pero el negrito no se calla, por negro y por bocón, y entonces, después de visitar al Papa embiste con su lengua:
-"Adentro del Vaticano está todo forrado de oro y afuera los pibes se están muriendo de hambre".
-¡Qué osadía meterse contra la Santa Sede! ¡Qué temeridad y desmesura viniendo de quien viene!
Pero Maradona no cede ni ante la Santa Sede y ahora le toca a Coppola que “es vivísimo. Fuma debajo del agua”. Y después al Juez "Bernasconi (que) es extremadamente rápido. Tiene la capacidad de colocarle un supositorio a una liebre corriendo."
No hace mucho hizo una declaración de principio irritante: “Me gusta pegarle a la gente cuando tiene las dos manos arriba. Cuando las tiene bajas, me gusta ayudarla”.
Tal vez por algo o mucho de esto, más de uno quiere verlo caído. Caído, para que se calle. Maradona por origen y por opción, aunque hace rato dejó de ser un pobre, nunca será uno de ellos. Por eso piensan que si él gana, condena a la gente culta, a los civilizados, entronizando a la barbarie.
“¿Por qué no te callas?”. Resabios de ese racionalismo europeo colonizador que exige sumisión y silencio, que aquí hablo yo y los demás escuchan, y cuyos apóstoles son los mismos que se molestan con el “dale campeón” porque tiene el estribillo de la marcha peronista.
Están agazapados: si Argentina gana, todo bien. Pero por si pierde, ya tienen armada una larga lista de negros villeros maleducados, como para no dejar huérfana a la derrota.
“Nunca imaginé que hubiera gente que se alegre por mi tristeza”, dijo Diego en 1990. A 20 años, haría bien en figurarse un vasto coro de alcahuetes del poder celebrando su fracaso y haciendo leña del árbol caído. La boca se te haga a un lado. Pero, ¿qué hacer? Es el colonialismo, con sus agentes trabajando a pleno. Ellos saben con mayor o menor conciencia que el punto de partida para recomenzar una y otra vez la tarea colonizadora siempre será convencernos de algo muy sencillo: “¿Por qué no te callas?”.

sábado, 26 de junio de 2010

La otra cara del mundial

(163) 19 de junio de 2010
El mundial nos desnuda. Como toda pasión nos expone, nos muestra eso profundo que somos o queremos ser. Si algo llamó en mí la atención esta primera semana del campeonato es esa costumbre de creernos mejores que los demás. La televisión dejó ver por estos días ese costado discriminatorio que solemos tener los argentinos: “Si te gana uno de estos equipos africanos te tenés que matar”, “pero fijate cómo le pega a la pelota este coreano” ¡Mirá a estos paraguas, antes no le embocaban ni al arco iris, ahora casi le ganaron a Italia…”
Esto no es todo. Hay un rostro de este mundial sudafricano post-apartheid que casi nadie quiere ver y que en buena medida explica el por qué de esta discriminación nuestra de cada día. El campeonato de fútbol, que sin duda disfrutamos, tiene su contracara. Para poder construir el modernísimo estadio Green Point - con capacidad para 70.000 espectadores a un costo de 440 millones de euros- hubo que desalojar a centenares de residentes. Dave Zirin, uno de los periodistas deportivos más famosos de los Estados Unidos dijo por estos días: "Éste es un país donde sorprenden los niveles de riqueza y pobreza puestos de forma contigua. La Copa del Mundo, lejos de ayudar a cambiar esta situación es sólo una lupa que amplifica todos los defectos de este sistema". La frase, contra lo que podría parecer, no proviene de ningún activista social o un académico marxista, ya les dije, pertenece a un reconocido comunicador norteamericano. Miles de pobres, han sido desplazadas por la construcción de infraestructuras directa o indirectamente relacionadas con el mundial de futbol. Esconder la pobreza, evitar que el mundo conozca la verdadera Sudáfrica.
¿Qué hay detrás de este espectacular montaje? ¿Qué se oculta debajo de esta fachada cinco estrellas? ¿Qué significan los inmensos barrios de chabolas de cartón y lata ocultos en los márgenes, lejos de las luces de las grandes ciudades sudafricanas recibiendo a turistas de todo el mundo? En el fondo de este escenario, ajustado como un reloj, se puede ver un histórico racismo que no termina de morir y pilas de palabras contra la discriminación que no muerden con la realidad. Todos estamos en contra de cualquier concepto discriminatorio, pero la vida se cansa de mostrarnos cada día todo lo contrario.
Observemos en este sentido que el racismo estrictamente dicho –como “teoría científica” según la cual, por ejemplo, los negros son seres inferiores, y a veces, muchas veces, merecedores de explotación, e incluso de exterminio- es un discurso de la modernidad, estrechamente vinculado a eso que se ha llamado eurocentrismo. Es sobre la base de esta materialidad histórica sobre la que este prejuicio se asienta. Europa occidental será el centro del sistema mundial. La dominación del aborigen y la mano de obra esclava africana en América harán una “contribución” esencial a eso que Marx llamó la acumulación originaria de Capital a nivel mundial. En lo que a África se refiere la explotación y expoliación de los más pobres ha sido y sigue siendo tan grotesca y brutal que entre los historiadores no hay consenso sobre las cifras de la esclavitud en la Época moderna. Algunos hablan de 10 millones de esclavizados. Otros han llegado a proponer 60 millones, de los cuales 24 millones fueron a parar a América, 12 millones a Asia y 7 millones a Europa, mientras que los 17 millones restantes fallecerían en las travesías. Los negros, seres inferiores, asimilados frecuentemente a animales, jurídicamente reducidos a la categoría de cosas. Para describir este drama Ki-Zerbo habló de “la hemorragia humana que ha sufrido el África negra”. Una imagen demoledora.
Y en este punto queremos detenernos para decir que la explotación de los pueblos originarios y el esclavismo africano en América no son una exterioridad, algo adventicio, o una simple contradicción con el humanismo que se pregona. Muy por el contrario, constituye su cimiento material. Hoy hablamos de discriminación como si aquella dominación nada tuviera que ver con la propia constitución de la modernidad occidental. En una palabra: la discriminación es consustancial a la configuración misma de la modernidad capitalista. Este es el nudo de la cuestión del racismo en tanto fenómeno moderno. La misma civilización cuyo basamento filosófico-moral pretendía ser el ejercicio de la libertad individual estaba sustancialmente apoyada, en términos económicos, en la esclavitud de millones de seres humanos. Estas raíces explican las grandes y pequeñas discriminaciones que seguimos padeciendo. Y claro que no está mal indagar en posibles cuestiones psicológicas que echen luz sobre las razones de nuestros prejuicios. También serán necesarios los enunciados éticos que señalen los caminos que nos conduzcan al respeto del otro. Pero cualquiera de estos enfoques será parcial si omitimos referir que la civilización que hoy condena con su palabra la discriminación, sustentó sus raíces en sistemáticas prácticas segregacionistas que hoy continúan vivas.
Pueda ser que además de gritos, emociones, y legítimos festejos, este mundial venga acompañado de algunos despertares. Despertares que como goles, abran este partido cerrado de la vida. Una vida que merecemos jugar entre todos porque sencillamente es de todos.

Fútbol, una ocasión para salir del analfabetismo emocional

(164)Sábado 26 de Junio de 2010
“Es como si todos los argentinos hubiesen hecho el gol conmigo”, dice Palermo entre lágrimas agradeciendo al cielo. “México en un duelo a todo o nada”, anuncia Clarín. “San Martines” titula Pagina 12 en alusión a los dos goles hechos por Martín Demichellis y Palermo. “Dioses del Olimpo”, prefiere sencillamente el diario Popular. El futbol es un verdadero despertador de emociones. Como pocos deportes, moviliza pasiones únicas. En buenahora.
En una cultura que todavía tiene indiscutibles resabios de aquel viejo culto a la razón, viene bien un lugar para la emoción. El siglo dieciocho, y su iluminismo, hizo una exaltación de la razón suponiendo que con ella se desmontaría lo arcaico y se construirían la igualdad y la libertad. Los revolucionarios franceses llegaron al extremo de idolatrar a la razón a tal punto que se inventaron una deidad femenina con ese nombre. Desde entonces, lo racional se ha convertido en el principal legitimador de la vida pública. Digamos de paso que desafortunadamente, el ejercicio del poder frecuentemente se construye sobre la sinrazón. Pero ese es otro tema.
Lo cierto es que el futbol destrona cada domingo, y ni que hablar cada mundial, a la razón. Le quita el cetro y su pretensión hegemónica para dejar que fluya en nosotros algo primitivo. Algo que en nuestra vida moderna hemos aprendido a bloquear, suprimir, negar. Estamos hablando de las emociones. La cultura de la razón no las valoriza suficientemente. Y cuando aparecen de inmediato son tamizadas por sospechosas; son filtradas por nuestro cerebro para que se vuelvan inofensivas: “No es buena la tristeza, hay que evitarla”. “Llorar es de maricas”. “El miedo es mal consejero”. “La ira no te lleva a ningún lado”. Esta emoción sí, aquella no. Hasta acá está bien, más no, porque puedo descontrolarme.
Así las cosas, nuestras emociones nunca emerjan crudas, sin editar, sin la custodia de la razón. Se nos ha educado para evitar nuestras emociones. Y hemos aprendido bien la lección. La trampa está en no darnos cuenta de que la dinámica de las emociones es tal que si las negamos se expresarán de una u otra manera. Y entonces esa energía bloqueada se tornará tóxica. Gabrielle Roth decía que querer vivir sin que fluyan las emociones es algo así como tratar de conducir un automóvil con el motor obturado, o correr una maratón con los pulmones obstruidos.
Lo bueno del futbol es que viene a romper esa lógica, viene a proponernos salir del analfabetismo emocional y a escapar del laberinto de nuestra cabeza. Lo pensado otorga seguridad, puede ser controlado, manipulado, es previsible, manejable. Lo que se siente nos produce una sensación de caos, nos deja desguarnecidos, expuestos, en buena medida vulnerables. Y, qué cosa, justamente allí radica su grandeza. ¿Por qué perdernos el ejercicio de este derecho elementalísimo, el derecho a vivir sensaciones intensas temporales, clara manifestación física de esa energía que une cuerpo y mente?
No te hagás expectativas que después si nos va mal, la frustración es peor, me decía un amigo. No te alegrés de antemano. Es verdad que la emoción en cualquier orden de la vida puede resultar dolorosa. Por eso muchas veces elegimos armarnos de cierta coraza, o insensibilidad para no sufrir. Entonces usamos máscaras que cubran el verdadero rostro y oculten lo que de verdad nos pasa.
Decía Homero Expósito
“Tú, que tímida y fatal
te arreglas el dolor
después de sollozar,
sabrás cómo te amé,
un día al despertar
sin fe ni maquillaje,
ya lista para el viaje
que desciende hasta el color final...“
¡Bellísimo tango! Te amé sin maquillaje, sin ocultamientos, sin esa necesidad de arreglarse el dolor después de sollozar.
“Mentiras...
son mentiras tu virtud,
tu amor y tu bondad
y al fin tu juventud.
Mentiras...
¡te maquillaste el corazón!
¡Mentiras sin piedad!
¡Qué lástima de amor! “
En verdad, qué lástima esta manía de pensarlo todo y sentir tan poco. Una pena privarnos de la alegría de disfrutar el ahora o nunca de la vida eligiendo la insensibilidad y la seguridad que da la mente y protegernos del riesgo y del dolor. Si pudiéramos dejar fluir las emociones como la sangre por las venas. Abrazarlas, trabar amistad con ellas. Hacer que cese un poco la cabeza, la loca de la casa, y que empiecen a hablar las emociones, y el cuerpo retome su protagonismo. Cada día tenemos la oportunidad. Cada momento. Ahora mismo. Y mañana, sobre todo mañana que juega la Argentina.

sábado, 5 de junio de 2010

Rateadas cibernéticas: ¿empezando a mirar la rosa?

(161) 5 de junio de 2007
Parece que la historia comenzó el 30 de abril de este año, cuando 2500 alumnos de distintas escuelas de Mendoza se concentraron en la plaza convocados a través del Facebook a la "gran rateada" mendocina. A partir de allí como por contagio se extendió a casi todas las provincias y hasta cruzó el charco para llegar al Uruguay.
Después se dijo de todo y la polémica quedó instalada. Los tremendistas descubrieron una conspiración contra las celebraciones del Bicentenario; otros, subidos al caballo del fatalismo, pretendieron mostrar lo mal que está todo. Hubo desde quienes opinaron que esto es una versión 2010 del que se vayan todos, hasta lecturas minimizadoras o más modestas, que solo ven en la rateada una picardía sin importancia o una prolongación del feriado ya alargado.
¿Podemos intentar una mirada libre de prejuicios que dé lugar a la pregunta genuina, a la búsqueda de sentidos y oportunidades? ¿Somos conscientes de estar ante un hecho que tiene muchas capas, aristas diversas, diferentes costados?
Recientemente el Director de la Unidad de Planeamiento Estratégico y Evaluación de la Educación Argentina, analizando el hecho, pretendía mostrar cómo estas rateadas cibernéticas tienen algunas novedades y diferencias con respecto a las rateadas criollas de nuestro pasado:
-La primera diferencia que señalaba es que las transgresiones a la disciplina escolar antes debían ser ocultadas y ahora son exhibidas. La idea es clara, casi obvia, ¿cómo ocultar una convocatoria que justamente se hace desde la red? Cabría preguntarnos en este sentido si esta exposición puede ser además una manera de llamar la atención, de adquirir notoriedad. ¿Será una muestra de poder? ¿Una necesidad de publicar que se ha perdido el miedo a la sanción? ¿Un intento por descomprimir y relativizar toda forma de autoritarismo? No lo podemos saber. Pero entendemos que en primera instancia el hecho de que hoy estas rateadas sean exhibidas responde al simple hecho de tratarse de una convocatoria que es esencialmente pública.
-La segunda diferencia que señala es que antes las transgresiones colectivas tenían un contenido y un sentido político. Se hacía pública una demanda, se manifestaban los objetivos de una acción. Una “rateada” masiva era una huelga. Las actuales rateadas tienen un fuerte déficit de sentido, opina el autor. No estoy tan seguro que este segundo aspecto sea así. Tal vez el sentido político más que ausente tenga otro rostro, y de modo implícito esté poniendo en tela de juicio algo que sucede puertas adentro de las escuelas y que los chicos conocen bien.
Lo cierto es que un hecho como el que intentamos pensar nos pone ante la disyuntiva de elegir dos posibles miradas que determinan modelos, paradigmas con sus respectivas culturas que nos devuelven realidades bastante diferentes. Digamos que hay al menos dos posibles esquemas de interpretación: la cultura de la norma vs la cultura del derecho.
La cultura de la norma se para frente al manual de la ley y la disciplina como punto de partida y llegada. Desde esta mirada moralizante no habrá que esperar demasiadas sorpresas. Es fácil suponer el recorrido de ideas y voces que dicen que hay que poner límites, sancionar, disciplinar, que “qué se creen estos mocosos”, “habría que mandarlos a todos a laburar”, “mirá para que usan la tecnología”, “esto es indignante”, “a dónde vamos a ir a parar”, …y usted ya sabe…
La cultura del derecho se posiciona en un lugar abierto, descampado, que deja aire para que circulen pluralidad de ideas. Desde allí se abre el juego a un mundo de preguntas. Porque la educación, si bien tiene sus leyes y normas, antes que nada es un derecho. Derecho a saber, a pensar, a ser críticos, a develar el mundo. Necesitamos descubrir qué sucede en la escuela para entender por qué los pibes en mayor o menor medida expresan simbólicamente esta distancia con la institución escolar. ¿Qué pasa en la cotidianidad escolar más allá de las cuestiones curriculares y las meras formalidades? ¿Qué les sucede a los chicos en el fondo de su alma cuando son educados en nuestro sistema? ¿Qué cosas piensan y sienten? ¿Qué procesión va por dentro?
Reconozcamos que en los últimos años los síntomas de la crisis educativa salieron a la calle adquiriendo una visibilidad bien puntual. Vida por un lado, escuela por otro, tanto para los chicos como para los maestros, mientras en los despachos oficiales y ministerios hablan de otra cosa. De algo escapan los chicos. Tal vez de los ojos entre despreocupados, desconcertados o ciegos de cierto mundo adulto y de la abulia de la institución escolar.
Y es aquí donde queremos decir que hay una rateada que nadie ve: La rateada de un sistema educativo pensado y diseñado para otro siglo, con funcionarios que siempre llegan después. ¿Forzamos la realidad si a partir de esta rateada nos ponemos a mirar a un Estado que viene desentendiéndose progresivamente de garantizar educación pública para todos como un derecho fundamental? Tal vez, como decía Bertold Brecht, “me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo como era su casa”. Pero, ¿no es casi inevitable detenernos a mirar ese faltazo que significa dejar la educación librada al capricho mezquino de grupos que hicieron y siguen haciendo de la enseñanza un negocio asqueante? ¿No podemos sospechar que tarde o temprano alguna reacción de los alumnos podía comenzar a poner en tela de juicio una educación que más que un derecho de todos se parece más a una mercancía y privilegio de pocos? Una rateada en definitiva es una ausencia. Y digámoslo claramente, ¿no es hipócrita que pongamos toda la mirada en esta ausencia de los chicos y miremos para otro lado a una sociedad repleta de ausencias? ¿Hace falta enumerarlas?
Me dirán que ver todo esto en esta rateada cibernética es cargar al hecho de un sentido que en sí mismo no tiene. Probablemente. Pero siempre será mejor dejar la puerta abierta para que entren los cuestionamientos, antes que descalificar o desaprobar de movida la acción de los chicos, que de hecho algo nos están queriendo decir.
Por otro lado, la dosis de transgresión que significa esta rateada, ¿no esconde una pila de latencias, de posibles valores que no terminamos de ver? ¿No vale la pena tener en cuenta, por ejemplo, la capacidad de organización de los pibes y la eficacia del recurso de Facwebook para convocar y organizar?
Nos guste o no, los chicos y los jóvenes, seguirán opinando con su lenguaje y sus ritos, a veces limitados, parciales, otras anárquicos. Así pueden, así les sale, así eligen…
Alejandra Pizarnik decía que “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Es probable que aún estemos lejos de las mejores rebeldías. Tal vez los chicos simplemente estén empezando a mirar la rosa. Pero ¡qué lástima si no llegáramos a advertirlo!