(166) Sábado 10 de julio de 2010
Los muchachos del tablón enrollan las banderas que dicen “gracias, doña Tota” y “En bolas al obelisco”. Doña Tota no tiene consuelo y el que quedó en bolas es el obelisco, sin nada para festejar. Una palabra lo resume todo: tristeza. Ni siquiera bronca. Tenía razón Jorge Valdano: “al final siempre ganan los alemanes”. Tevez lo dijo clarito “¿qué vas a analizar de un cuatro a cero?”. “Es el fútbol, así es el fútbol.” Nos tocó perder. ¿Qué vas a hacer? No está nada mal esa idea de “morir con la nuestra” y aplaudir a los once por dejarlo todo y saber perder: nada de patadas, escándalos, quejas.
Hay algo que trasciende lo futbolístico, y que tiene que ver con la vida, aunque lo incluya, porque vaya si el futbol es parte de nuestra vida. Hoy quisiéramos decir dos palabras en torno a esto que llamamos éxito y fracaso.
Dicen que a la entrada de la pista central de Wimbledon hay un cartel colgado con el verso del poema ‘If’ de Kipling: “Cuando cruces esta puerta, conocerás el éxito o el fracaso. Trata a esos dos impostores con el mismo desprecio”. Tal vez no sea Wimbledon el lugar más indicado para dar lecciones de ética. Allí eso que llaman éxito equivale a millones de dólares, y la derrota un poco menos. Pero la frase de Kipling vale.
Corren tiempos donde el éxito es lo único que cuenta. El fracaso es visto y vivido con la frustración de un designio fatal. La cosa es vieja. La Moira griega, el destino, presagiaba nuestro futuro en términos de éxito y fracaso, triunfo o derrota. Nada en el medio.
Tener éxito “de una”, “ya”, ese parece ser nuestro credo.
La pedagogía más elemental nos enseña que aprendemos mediante una sucesión de experiencias/ensayos en los cuales aparecen dos aspectos que más que antagónicos son complementarios: acierto y error, como dos caras de una misma moneda. Cuentan que Thomas Edison hizo cantidad de intentos hasta inventar la bombita de luz con filamento incandescente. Cierta vez le preguntaron cómo hacia para continuar después de tantos fracasos. “¿Fracasos? -respondió- no sé de qué me hablas. Después de que fallaran 999 bombitas la número 1000 funcionó, por lo tanto ahora sé 999 maneras de cómo no se debe hacer una bombita”.
Por un lado es equivocado pensar que el éxito queda fijamente asociado al acierto y el fracaso al error. Por el otro, vivimos en la creencia de que el acierto y el error son dos cosas independientes y separables. Ni siquiera tenemos una palabra que incluya y englobe a cada término como dos aspectos de un mismo proceso. De este modo imaginamos que lo mejor para asegurar el éxito/acierto es eliminar el error/fracaso lo antes posible.
Incluir el acierto y el error, el éxito y el fracaso como partes de nuestro crecimiento significa reconocer que somos aprendices de la vida. Piaget, quien dedicó su vida a saber cómo aprendemos, decía que “un error corregido por el sujeto puede ser más fecundo que un éxito inmediato".
El fracaso cumple una función: poner en evidencia lo que no sabemos y lo que necesitamos aprender. Sin duda, es gratificante acertar y tener éxito en nuestras metas, y disfrutar cada logro. El problema aparece cuando el énfasis en obtener éxito cobra semejante dimensión que todo queda reducido al cumplimiento de ese objetivo. A quemar las naves. Entonces todo el universo personal e interpersonal queda condicionado al éxito o al fracaso. “Tengo éxito, luego existo”. Fracasé, entonces no existo, fui.
Qué distinta funcionaría una sociedad en donde estuviera permitido equivocarse fomentando espacios y “climas” que faciliten el liberar y liberarnos de la condena por el fracaso, de la presión a triunfar siempre. “No teman a los errores, no hay ninguno”, solía decir, Mile Davis. ¿Se imaginan una educación y una escuela con esta mirada? ¿Sería posible y verdadera en la competitiva sociedad capitalista?
“La gloria es una incomprensión y quizá la peor! decía Borges. ¿Consuelo? Puede ser. Para Oscar Wilde “Cuando los dioses quieren castigar a los hombres, les realizan los deseos…”
¿Y si nuestra derrota deportiva sirviera para depurar las cúpulas burocráticas y limpiar el asqueroso negocio del fútbol, para que vuelva a ser un deporte verdaderamente popular? ¿Y si, como propone Bayer, esta fuera la mejor ocasión para decir “Basta de Grondonas”?
Éxito y fracaso, dos impostores. Para pensarlo, ¿no? “No, el éxito no se lo deseo a nadie. Le sucede a uno lo que a los alpinistas, que se matan por llegar a la cumbre y cuando llegan, ¿qué hacen? bajar, o tratar de bajar discretamente, con la mayor dignidad posible”, decía García Márquez
El futbol como metáfora de la vida puede ayudarnos a pensar lo que somos y lo que nos pasa: No renunciar nunca a aquello que amamos, ganar jugando lindo, no de cualquier manera, mimando la pelota, celebrando una rabona, tirando caños. Driblando a los impostores, también eludiendo a la victoria y a la derrota.
sábado, 17 de julio de 2010
sábado, 3 de julio de 2010
Maradona, ¿Por qué no te callas?
(165) Sábado 3 de Julio de 2010
“Qué se calle este tipo”, dice un periodista refiriéndose a Maradona. ”Que dirija a su equipo, que es lo que tiene que hacer, y que pare de hablar”. Ayer también pedían lo mismo: Que juegue y calle.
Por estos días recordé a aquel torpe rey de España, Juan Carlos de Borbón, (todo rey es necesariamente torpe y patético en pleno siglo XXI en razón de un anacronismo insalvable) quien durante una Cumbre Iberoamericana en Chile, tuvo una rabieta infantil que lo llevó a decirle a Chaves, presidente de Venezuela, “¿Por qué no te callas?”. Repaso también una admirable página de Pablo Feinmman analizando el suceso: Qué cosas tan incómodas ha dicho. ¿Cómo se atreve a usar contra el colonizador el Verbo que éste le ha prestado? Si se han hecho hombres por nosotros, si se han integrado a la Historia porque cierta vez los invadimos, les dimos un Dios, matamos a los inútiles y los rebeldes, les quitamos sus riquezas y les dimos la Razón, el Progreso, la Civilización. ¿Por qué usan contra nosotros una palabra que nosotros les dimos? ¿Por qué no se callan? Basta de usar el Verbo, tú, hijo de indígenas, descendiente de esclavos. Es un rey europeo el que te lo ordena. Un descendiente de colonizadores, de osados aventureros que os han descubierto para la Historia, de una civilización que ha puesto el Verbo en tu bocaza insolente.
Toda la historia del colonialismo late en esa frase “¿Por qué no te callas?”. En cada intento por hacer callar a quien en alguna medida ose tocar al poder se le puede seguir tomando el pulso a ese rancio colonialismo. Querer callar a Maradona es un ejemplo elocuente del cual hoy queremos hablar.
Diego dice:
-"De un golpe salí de Fiorito y fui a parar a la cima del universo y allí me las tuve que arreglar yo solo."
-“Me acuerdo de los Cebollitas, de los arcos de caña cuando jugábamos solamente por la Coca y el sándwich. Eso era más puro".
-Que se calle, y regrese a la pureza de Fiorito que tanto extraña, grita el poder. Esta historia no nos interesa.
Pero la estrella no cierra su bocaza insolente:
- “Yo crecí en un barrio privado de Buenos Aires... Privado de agua, de luz y de teléfono...”.
-Con ironías estamos, vocifera el colonizador. Nunca debiste mover un solo pie de tu lugar de origen. Y ya que lo hiciste, al menos, no nos incomodes.
-"Solo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo", interrumpe Diego (la voz del colonizado invariablemente interrumpe, porque la auténtica palabra es siempre del colonizador, el verdadero dueño del verbo). -¿Vivir la propia vida? ¿Quién lo ha visto y quién lo ve? Haría bien en frenar su lengua.
Arremete Diego:
-"El fútbol debería ser gestionado por los futbolistas; los dirigentes sólo desean robar el dinero de los clubes y salir en la foto”.
-¡Debería darle vergüenza hablar así de quienes le dieron de comer! ¡Qué desagradecido, si por nosotros llegó hasta donde llegó!!
Retruca Maradona:
-“Los dirigentes de Boca son más falsos que un dólar celeste”.
-¡Callen a este sudaca levantisco, rebelde y díscolo! gritan los dueños de la palabra casi al unísono con el rey Borbón, moviéndose dentro de su lógica. ¡Que se calle el negrito!
Pero el negrito no se calla, por negro y por bocón, y entonces, después de visitar al Papa embiste con su lengua:
-"Adentro del Vaticano está todo forrado de oro y afuera los pibes se están muriendo de hambre".
-¡Qué osadía meterse contra la Santa Sede! ¡Qué temeridad y desmesura viniendo de quien viene!
Pero Maradona no cede ni ante la Santa Sede y ahora le toca a Coppola que “es vivísimo. Fuma debajo del agua”. Y después al Juez "Bernasconi (que) es extremadamente rápido. Tiene la capacidad de colocarle un supositorio a una liebre corriendo."
No hace mucho hizo una declaración de principio irritante: “Me gusta pegarle a la gente cuando tiene las dos manos arriba. Cuando las tiene bajas, me gusta ayudarla”.
Tal vez por algo o mucho de esto, más de uno quiere verlo caído. Caído, para que se calle. Maradona por origen y por opción, aunque hace rato dejó de ser un pobre, nunca será uno de ellos. Por eso piensan que si él gana, condena a la gente culta, a los civilizados, entronizando a la barbarie.
“¿Por qué no te callas?”. Resabios de ese racionalismo europeo colonizador que exige sumisión y silencio, que aquí hablo yo y los demás escuchan, y cuyos apóstoles son los mismos que se molestan con el “dale campeón” porque tiene el estribillo de la marcha peronista.
Están agazapados: si Argentina gana, todo bien. Pero por si pierde, ya tienen armada una larga lista de negros villeros maleducados, como para no dejar huérfana a la derrota.
“Nunca imaginé que hubiera gente que se alegre por mi tristeza”, dijo Diego en 1990. A 20 años, haría bien en figurarse un vasto coro de alcahuetes del poder celebrando su fracaso y haciendo leña del árbol caído. La boca se te haga a un lado. Pero, ¿qué hacer? Es el colonialismo, con sus agentes trabajando a pleno. Ellos saben con mayor o menor conciencia que el punto de partida para recomenzar una y otra vez la tarea colonizadora siempre será convencernos de algo muy sencillo: “¿Por qué no te callas?”.
“Qué se calle este tipo”, dice un periodista refiriéndose a Maradona. ”Que dirija a su equipo, que es lo que tiene que hacer, y que pare de hablar”. Ayer también pedían lo mismo: Que juegue y calle.
Por estos días recordé a aquel torpe rey de España, Juan Carlos de Borbón, (todo rey es necesariamente torpe y patético en pleno siglo XXI en razón de un anacronismo insalvable) quien durante una Cumbre Iberoamericana en Chile, tuvo una rabieta infantil que lo llevó a decirle a Chaves, presidente de Venezuela, “¿Por qué no te callas?”. Repaso también una admirable página de Pablo Feinmman analizando el suceso: Qué cosas tan incómodas ha dicho. ¿Cómo se atreve a usar contra el colonizador el Verbo que éste le ha prestado? Si se han hecho hombres por nosotros, si se han integrado a la Historia porque cierta vez los invadimos, les dimos un Dios, matamos a los inútiles y los rebeldes, les quitamos sus riquezas y les dimos la Razón, el Progreso, la Civilización. ¿Por qué usan contra nosotros una palabra que nosotros les dimos? ¿Por qué no se callan? Basta de usar el Verbo, tú, hijo de indígenas, descendiente de esclavos. Es un rey europeo el que te lo ordena. Un descendiente de colonizadores, de osados aventureros que os han descubierto para la Historia, de una civilización que ha puesto el Verbo en tu bocaza insolente.
Toda la historia del colonialismo late en esa frase “¿Por qué no te callas?”. En cada intento por hacer callar a quien en alguna medida ose tocar al poder se le puede seguir tomando el pulso a ese rancio colonialismo. Querer callar a Maradona es un ejemplo elocuente del cual hoy queremos hablar.
Diego dice:
-"De un golpe salí de Fiorito y fui a parar a la cima del universo y allí me las tuve que arreglar yo solo."
-“Me acuerdo de los Cebollitas, de los arcos de caña cuando jugábamos solamente por la Coca y el sándwich. Eso era más puro".
-Que se calle, y regrese a la pureza de Fiorito que tanto extraña, grita el poder. Esta historia no nos interesa.
Pero la estrella no cierra su bocaza insolente:
- “Yo crecí en un barrio privado de Buenos Aires... Privado de agua, de luz y de teléfono...”.
-Con ironías estamos, vocifera el colonizador. Nunca debiste mover un solo pie de tu lugar de origen. Y ya que lo hiciste, al menos, no nos incomodes.
-"Solo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo", interrumpe Diego (la voz del colonizado invariablemente interrumpe, porque la auténtica palabra es siempre del colonizador, el verdadero dueño del verbo). -¿Vivir la propia vida? ¿Quién lo ha visto y quién lo ve? Haría bien en frenar su lengua.
Arremete Diego:
-"El fútbol debería ser gestionado por los futbolistas; los dirigentes sólo desean robar el dinero de los clubes y salir en la foto”.
-¡Debería darle vergüenza hablar así de quienes le dieron de comer! ¡Qué desagradecido, si por nosotros llegó hasta donde llegó!!
Retruca Maradona:
-“Los dirigentes de Boca son más falsos que un dólar celeste”.
-¡Callen a este sudaca levantisco, rebelde y díscolo! gritan los dueños de la palabra casi al unísono con el rey Borbón, moviéndose dentro de su lógica. ¡Que se calle el negrito!
Pero el negrito no se calla, por negro y por bocón, y entonces, después de visitar al Papa embiste con su lengua:
-"Adentro del Vaticano está todo forrado de oro y afuera los pibes se están muriendo de hambre".
-¡Qué osadía meterse contra la Santa Sede! ¡Qué temeridad y desmesura viniendo de quien viene!
Pero Maradona no cede ni ante la Santa Sede y ahora le toca a Coppola que “es vivísimo. Fuma debajo del agua”. Y después al Juez "Bernasconi (que) es extremadamente rápido. Tiene la capacidad de colocarle un supositorio a una liebre corriendo."
No hace mucho hizo una declaración de principio irritante: “Me gusta pegarle a la gente cuando tiene las dos manos arriba. Cuando las tiene bajas, me gusta ayudarla”.
Tal vez por algo o mucho de esto, más de uno quiere verlo caído. Caído, para que se calle. Maradona por origen y por opción, aunque hace rato dejó de ser un pobre, nunca será uno de ellos. Por eso piensan que si él gana, condena a la gente culta, a los civilizados, entronizando a la barbarie.
“¿Por qué no te callas?”. Resabios de ese racionalismo europeo colonizador que exige sumisión y silencio, que aquí hablo yo y los demás escuchan, y cuyos apóstoles son los mismos que se molestan con el “dale campeón” porque tiene el estribillo de la marcha peronista.
Están agazapados: si Argentina gana, todo bien. Pero por si pierde, ya tienen armada una larga lista de negros villeros maleducados, como para no dejar huérfana a la derrota.
“Nunca imaginé que hubiera gente que se alegre por mi tristeza”, dijo Diego en 1990. A 20 años, haría bien en figurarse un vasto coro de alcahuetes del poder celebrando su fracaso y haciendo leña del árbol caído. La boca se te haga a un lado. Pero, ¿qué hacer? Es el colonialismo, con sus agentes trabajando a pleno. Ellos saben con mayor o menor conciencia que el punto de partida para recomenzar una y otra vez la tarea colonizadora siempre será convencernos de algo muy sencillo: “¿Por qué no te callas?”.
sábado, 26 de junio de 2010
La otra cara del mundial
(163) 19 de junio de 2010
El mundial nos desnuda. Como toda pasión nos expone, nos muestra eso profundo que somos o queremos ser. Si algo llamó en mí la atención esta primera semana del campeonato es esa costumbre de creernos mejores que los demás. La televisión dejó ver por estos días ese costado discriminatorio que solemos tener los argentinos: “Si te gana uno de estos equipos africanos te tenés que matar”, “pero fijate cómo le pega a la pelota este coreano” ¡Mirá a estos paraguas, antes no le embocaban ni al arco iris, ahora casi le ganaron a Italia…”
Esto no es todo. Hay un rostro de este mundial sudafricano post-apartheid que casi nadie quiere ver y que en buena medida explica el por qué de esta discriminación nuestra de cada día. El campeonato de fútbol, que sin duda disfrutamos, tiene su contracara. Para poder construir el modernísimo estadio Green Point - con capacidad para 70.000 espectadores a un costo de 440 millones de euros- hubo que desalojar a centenares de residentes. Dave Zirin, uno de los periodistas deportivos más famosos de los Estados Unidos dijo por estos días: "Éste es un país donde sorprenden los niveles de riqueza y pobreza puestos de forma contigua. La Copa del Mundo, lejos de ayudar a cambiar esta situación es sólo una lupa que amplifica todos los defectos de este sistema". La frase, contra lo que podría parecer, no proviene de ningún activista social o un académico marxista, ya les dije, pertenece a un reconocido comunicador norteamericano. Miles de pobres, han sido desplazadas por la construcción de infraestructuras directa o indirectamente relacionadas con el mundial de futbol. Esconder la pobreza, evitar que el mundo conozca la verdadera Sudáfrica.
¿Qué hay detrás de este espectacular montaje? ¿Qué se oculta debajo de esta fachada cinco estrellas? ¿Qué significan los inmensos barrios de chabolas de cartón y lata ocultos en los márgenes, lejos de las luces de las grandes ciudades sudafricanas recibiendo a turistas de todo el mundo? En el fondo de este escenario, ajustado como un reloj, se puede ver un histórico racismo que no termina de morir y pilas de palabras contra la discriminación que no muerden con la realidad. Todos estamos en contra de cualquier concepto discriminatorio, pero la vida se cansa de mostrarnos cada día todo lo contrario.
Observemos en este sentido que el racismo estrictamente dicho –como “teoría científica” según la cual, por ejemplo, los negros son seres inferiores, y a veces, muchas veces, merecedores de explotación, e incluso de exterminio- es un discurso de la modernidad, estrechamente vinculado a eso que se ha llamado eurocentrismo. Es sobre la base de esta materialidad histórica sobre la que este prejuicio se asienta. Europa occidental será el centro del sistema mundial. La dominación del aborigen y la mano de obra esclava africana en América harán una “contribución” esencial a eso que Marx llamó la acumulación originaria de Capital a nivel mundial. En lo que a África se refiere la explotación y expoliación de los más pobres ha sido y sigue siendo tan grotesca y brutal que entre los historiadores no hay consenso sobre las cifras de la esclavitud en la Época moderna. Algunos hablan de 10 millones de esclavizados. Otros han llegado a proponer 60 millones, de los cuales 24 millones fueron a parar a América, 12 millones a Asia y 7 millones a Europa, mientras que los 17 millones restantes fallecerían en las travesías. Los negros, seres inferiores, asimilados frecuentemente a animales, jurídicamente reducidos a la categoría de cosas. Para describir este drama Ki-Zerbo habló de “la hemorragia humana que ha sufrido el África negra”. Una imagen demoledora.
Y en este punto queremos detenernos para decir que la explotación de los pueblos originarios y el esclavismo africano en América no son una exterioridad, algo adventicio, o una simple contradicción con el humanismo que se pregona. Muy por el contrario, constituye su cimiento material. Hoy hablamos de discriminación como si aquella dominación nada tuviera que ver con la propia constitución de la modernidad occidental. En una palabra: la discriminación es consustancial a la configuración misma de la modernidad capitalista. Este es el nudo de la cuestión del racismo en tanto fenómeno moderno. La misma civilización cuyo basamento filosófico-moral pretendía ser el ejercicio de la libertad individual estaba sustancialmente apoyada, en términos económicos, en la esclavitud de millones de seres humanos. Estas raíces explican las grandes y pequeñas discriminaciones que seguimos padeciendo. Y claro que no está mal indagar en posibles cuestiones psicológicas que echen luz sobre las razones de nuestros prejuicios. También serán necesarios los enunciados éticos que señalen los caminos que nos conduzcan al respeto del otro. Pero cualquiera de estos enfoques será parcial si omitimos referir que la civilización que hoy condena con su palabra la discriminación, sustentó sus raíces en sistemáticas prácticas segregacionistas que hoy continúan vivas.
Pueda ser que además de gritos, emociones, y legítimos festejos, este mundial venga acompañado de algunos despertares. Despertares que como goles, abran este partido cerrado de la vida. Una vida que merecemos jugar entre todos porque sencillamente es de todos.
El mundial nos desnuda. Como toda pasión nos expone, nos muestra eso profundo que somos o queremos ser. Si algo llamó en mí la atención esta primera semana del campeonato es esa costumbre de creernos mejores que los demás. La televisión dejó ver por estos días ese costado discriminatorio que solemos tener los argentinos: “Si te gana uno de estos equipos africanos te tenés que matar”, “pero fijate cómo le pega a la pelota este coreano” ¡Mirá a estos paraguas, antes no le embocaban ni al arco iris, ahora casi le ganaron a Italia…”
Esto no es todo. Hay un rostro de este mundial sudafricano post-apartheid que casi nadie quiere ver y que en buena medida explica el por qué de esta discriminación nuestra de cada día. El campeonato de fútbol, que sin duda disfrutamos, tiene su contracara. Para poder construir el modernísimo estadio Green Point - con capacidad para 70.000 espectadores a un costo de 440 millones de euros- hubo que desalojar a centenares de residentes. Dave Zirin, uno de los periodistas deportivos más famosos de los Estados Unidos dijo por estos días: "Éste es un país donde sorprenden los niveles de riqueza y pobreza puestos de forma contigua. La Copa del Mundo, lejos de ayudar a cambiar esta situación es sólo una lupa que amplifica todos los defectos de este sistema". La frase, contra lo que podría parecer, no proviene de ningún activista social o un académico marxista, ya les dije, pertenece a un reconocido comunicador norteamericano. Miles de pobres, han sido desplazadas por la construcción de infraestructuras directa o indirectamente relacionadas con el mundial de futbol. Esconder la pobreza, evitar que el mundo conozca la verdadera Sudáfrica.
¿Qué hay detrás de este espectacular montaje? ¿Qué se oculta debajo de esta fachada cinco estrellas? ¿Qué significan los inmensos barrios de chabolas de cartón y lata ocultos en los márgenes, lejos de las luces de las grandes ciudades sudafricanas recibiendo a turistas de todo el mundo? En el fondo de este escenario, ajustado como un reloj, se puede ver un histórico racismo que no termina de morir y pilas de palabras contra la discriminación que no muerden con la realidad. Todos estamos en contra de cualquier concepto discriminatorio, pero la vida se cansa de mostrarnos cada día todo lo contrario.
Observemos en este sentido que el racismo estrictamente dicho –como “teoría científica” según la cual, por ejemplo, los negros son seres inferiores, y a veces, muchas veces, merecedores de explotación, e incluso de exterminio- es un discurso de la modernidad, estrechamente vinculado a eso que se ha llamado eurocentrismo. Es sobre la base de esta materialidad histórica sobre la que este prejuicio se asienta. Europa occidental será el centro del sistema mundial. La dominación del aborigen y la mano de obra esclava africana en América harán una “contribución” esencial a eso que Marx llamó la acumulación originaria de Capital a nivel mundial. En lo que a África se refiere la explotación y expoliación de los más pobres ha sido y sigue siendo tan grotesca y brutal que entre los historiadores no hay consenso sobre las cifras de la esclavitud en la Época moderna. Algunos hablan de 10 millones de esclavizados. Otros han llegado a proponer 60 millones, de los cuales 24 millones fueron a parar a América, 12 millones a Asia y 7 millones a Europa, mientras que los 17 millones restantes fallecerían en las travesías. Los negros, seres inferiores, asimilados frecuentemente a animales, jurídicamente reducidos a la categoría de cosas. Para describir este drama Ki-Zerbo habló de “la hemorragia humana que ha sufrido el África negra”. Una imagen demoledora.
Y en este punto queremos detenernos para decir que la explotación de los pueblos originarios y el esclavismo africano en América no son una exterioridad, algo adventicio, o una simple contradicción con el humanismo que se pregona. Muy por el contrario, constituye su cimiento material. Hoy hablamos de discriminación como si aquella dominación nada tuviera que ver con la propia constitución de la modernidad occidental. En una palabra: la discriminación es consustancial a la configuración misma de la modernidad capitalista. Este es el nudo de la cuestión del racismo en tanto fenómeno moderno. La misma civilización cuyo basamento filosófico-moral pretendía ser el ejercicio de la libertad individual estaba sustancialmente apoyada, en términos económicos, en la esclavitud de millones de seres humanos. Estas raíces explican las grandes y pequeñas discriminaciones que seguimos padeciendo. Y claro que no está mal indagar en posibles cuestiones psicológicas que echen luz sobre las razones de nuestros prejuicios. También serán necesarios los enunciados éticos que señalen los caminos que nos conduzcan al respeto del otro. Pero cualquiera de estos enfoques será parcial si omitimos referir que la civilización que hoy condena con su palabra la discriminación, sustentó sus raíces en sistemáticas prácticas segregacionistas que hoy continúan vivas.
Pueda ser que además de gritos, emociones, y legítimos festejos, este mundial venga acompañado de algunos despertares. Despertares que como goles, abran este partido cerrado de la vida. Una vida que merecemos jugar entre todos porque sencillamente es de todos.
Fútbol, una ocasión para salir del analfabetismo emocional
(164)Sábado 26 de Junio de 2010
“Es como si todos los argentinos hubiesen hecho el gol conmigo”, dice Palermo entre lágrimas agradeciendo al cielo. “México en un duelo a todo o nada”, anuncia Clarín. “San Martines” titula Pagina 12 en alusión a los dos goles hechos por Martín Demichellis y Palermo. “Dioses del Olimpo”, prefiere sencillamente el diario Popular. El futbol es un verdadero despertador de emociones. Como pocos deportes, moviliza pasiones únicas. En buenahora.
En una cultura que todavía tiene indiscutibles resabios de aquel viejo culto a la razón, viene bien un lugar para la emoción. El siglo dieciocho, y su iluminismo, hizo una exaltación de la razón suponiendo que con ella se desmontaría lo arcaico y se construirían la igualdad y la libertad. Los revolucionarios franceses llegaron al extremo de idolatrar a la razón a tal punto que se inventaron una deidad femenina con ese nombre. Desde entonces, lo racional se ha convertido en el principal legitimador de la vida pública. Digamos de paso que desafortunadamente, el ejercicio del poder frecuentemente se construye sobre la sinrazón. Pero ese es otro tema.
Lo cierto es que el futbol destrona cada domingo, y ni que hablar cada mundial, a la razón. Le quita el cetro y su pretensión hegemónica para dejar que fluya en nosotros algo primitivo. Algo que en nuestra vida moderna hemos aprendido a bloquear, suprimir, negar. Estamos hablando de las emociones. La cultura de la razón no las valoriza suficientemente. Y cuando aparecen de inmediato son tamizadas por sospechosas; son filtradas por nuestro cerebro para que se vuelvan inofensivas: “No es buena la tristeza, hay que evitarla”. “Llorar es de maricas”. “El miedo es mal consejero”. “La ira no te lleva a ningún lado”. Esta emoción sí, aquella no. Hasta acá está bien, más no, porque puedo descontrolarme.
Así las cosas, nuestras emociones nunca emerjan crudas, sin editar, sin la custodia de la razón. Se nos ha educado para evitar nuestras emociones. Y hemos aprendido bien la lección. La trampa está en no darnos cuenta de que la dinámica de las emociones es tal que si las negamos se expresarán de una u otra manera. Y entonces esa energía bloqueada se tornará tóxica. Gabrielle Roth decía que querer vivir sin que fluyan las emociones es algo así como tratar de conducir un automóvil con el motor obturado, o correr una maratón con los pulmones obstruidos.
Lo bueno del futbol es que viene a romper esa lógica, viene a proponernos salir del analfabetismo emocional y a escapar del laberinto de nuestra cabeza. Lo pensado otorga seguridad, puede ser controlado, manipulado, es previsible, manejable. Lo que se siente nos produce una sensación de caos, nos deja desguarnecidos, expuestos, en buena medida vulnerables. Y, qué cosa, justamente allí radica su grandeza. ¿Por qué perdernos el ejercicio de este derecho elementalísimo, el derecho a vivir sensaciones intensas temporales, clara manifestación física de esa energía que une cuerpo y mente?
No te hagás expectativas que después si nos va mal, la frustración es peor, me decía un amigo. No te alegrés de antemano. Es verdad que la emoción en cualquier orden de la vida puede resultar dolorosa. Por eso muchas veces elegimos armarnos de cierta coraza, o insensibilidad para no sufrir. Entonces usamos máscaras que cubran el verdadero rostro y oculten lo que de verdad nos pasa.
Decía Homero Expósito
“Tú, que tímida y fatal
te arreglas el dolor
después de sollozar,
sabrás cómo te amé,
un día al despertar
sin fe ni maquillaje,
ya lista para el viaje
que desciende hasta el color final...“
¡Bellísimo tango! Te amé sin maquillaje, sin ocultamientos, sin esa necesidad de arreglarse el dolor después de sollozar.
“Mentiras...
son mentiras tu virtud,
tu amor y tu bondad
y al fin tu juventud.
Mentiras...
¡te maquillaste el corazón!
¡Mentiras sin piedad!
¡Qué lástima de amor! “
En verdad, qué lástima esta manía de pensarlo todo y sentir tan poco. Una pena privarnos de la alegría de disfrutar el ahora o nunca de la vida eligiendo la insensibilidad y la seguridad que da la mente y protegernos del riesgo y del dolor. Si pudiéramos dejar fluir las emociones como la sangre por las venas. Abrazarlas, trabar amistad con ellas. Hacer que cese un poco la cabeza, la loca de la casa, y que empiecen a hablar las emociones, y el cuerpo retome su protagonismo. Cada día tenemos la oportunidad. Cada momento. Ahora mismo. Y mañana, sobre todo mañana que juega la Argentina.
“Es como si todos los argentinos hubiesen hecho el gol conmigo”, dice Palermo entre lágrimas agradeciendo al cielo. “México en un duelo a todo o nada”, anuncia Clarín. “San Martines” titula Pagina 12 en alusión a los dos goles hechos por Martín Demichellis y Palermo. “Dioses del Olimpo”, prefiere sencillamente el diario Popular. El futbol es un verdadero despertador de emociones. Como pocos deportes, moviliza pasiones únicas. En buenahora.
En una cultura que todavía tiene indiscutibles resabios de aquel viejo culto a la razón, viene bien un lugar para la emoción. El siglo dieciocho, y su iluminismo, hizo una exaltación de la razón suponiendo que con ella se desmontaría lo arcaico y se construirían la igualdad y la libertad. Los revolucionarios franceses llegaron al extremo de idolatrar a la razón a tal punto que se inventaron una deidad femenina con ese nombre. Desde entonces, lo racional se ha convertido en el principal legitimador de la vida pública. Digamos de paso que desafortunadamente, el ejercicio del poder frecuentemente se construye sobre la sinrazón. Pero ese es otro tema.
Lo cierto es que el futbol destrona cada domingo, y ni que hablar cada mundial, a la razón. Le quita el cetro y su pretensión hegemónica para dejar que fluya en nosotros algo primitivo. Algo que en nuestra vida moderna hemos aprendido a bloquear, suprimir, negar. Estamos hablando de las emociones. La cultura de la razón no las valoriza suficientemente. Y cuando aparecen de inmediato son tamizadas por sospechosas; son filtradas por nuestro cerebro para que se vuelvan inofensivas: “No es buena la tristeza, hay que evitarla”. “Llorar es de maricas”. “El miedo es mal consejero”. “La ira no te lleva a ningún lado”. Esta emoción sí, aquella no. Hasta acá está bien, más no, porque puedo descontrolarme.
Así las cosas, nuestras emociones nunca emerjan crudas, sin editar, sin la custodia de la razón. Se nos ha educado para evitar nuestras emociones. Y hemos aprendido bien la lección. La trampa está en no darnos cuenta de que la dinámica de las emociones es tal que si las negamos se expresarán de una u otra manera. Y entonces esa energía bloqueada se tornará tóxica. Gabrielle Roth decía que querer vivir sin que fluyan las emociones es algo así como tratar de conducir un automóvil con el motor obturado, o correr una maratón con los pulmones obstruidos.
Lo bueno del futbol es que viene a romper esa lógica, viene a proponernos salir del analfabetismo emocional y a escapar del laberinto de nuestra cabeza. Lo pensado otorga seguridad, puede ser controlado, manipulado, es previsible, manejable. Lo que se siente nos produce una sensación de caos, nos deja desguarnecidos, expuestos, en buena medida vulnerables. Y, qué cosa, justamente allí radica su grandeza. ¿Por qué perdernos el ejercicio de este derecho elementalísimo, el derecho a vivir sensaciones intensas temporales, clara manifestación física de esa energía que une cuerpo y mente?
No te hagás expectativas que después si nos va mal, la frustración es peor, me decía un amigo. No te alegrés de antemano. Es verdad que la emoción en cualquier orden de la vida puede resultar dolorosa. Por eso muchas veces elegimos armarnos de cierta coraza, o insensibilidad para no sufrir. Entonces usamos máscaras que cubran el verdadero rostro y oculten lo que de verdad nos pasa.
Decía Homero Expósito
“Tú, que tímida y fatal
te arreglas el dolor
después de sollozar,
sabrás cómo te amé,
un día al despertar
sin fe ni maquillaje,
ya lista para el viaje
que desciende hasta el color final...“
¡Bellísimo tango! Te amé sin maquillaje, sin ocultamientos, sin esa necesidad de arreglarse el dolor después de sollozar.
“Mentiras...
son mentiras tu virtud,
tu amor y tu bondad
y al fin tu juventud.
Mentiras...
¡te maquillaste el corazón!
¡Mentiras sin piedad!
¡Qué lástima de amor! “
En verdad, qué lástima esta manía de pensarlo todo y sentir tan poco. Una pena privarnos de la alegría de disfrutar el ahora o nunca de la vida eligiendo la insensibilidad y la seguridad que da la mente y protegernos del riesgo y del dolor. Si pudiéramos dejar fluir las emociones como la sangre por las venas. Abrazarlas, trabar amistad con ellas. Hacer que cese un poco la cabeza, la loca de la casa, y que empiecen a hablar las emociones, y el cuerpo retome su protagonismo. Cada día tenemos la oportunidad. Cada momento. Ahora mismo. Y mañana, sobre todo mañana que juega la Argentina.
sábado, 5 de junio de 2010
Rateadas cibernéticas: ¿empezando a mirar la rosa?
(161) 5 de junio de 2007
Parece que la historia comenzó el 30 de abril de este año, cuando 2500 alumnos de distintas escuelas de Mendoza se concentraron en la plaza convocados a través del Facebook a la "gran rateada" mendocina. A partir de allí como por contagio se extendió a casi todas las provincias y hasta cruzó el charco para llegar al Uruguay.
Después se dijo de todo y la polémica quedó instalada. Los tremendistas descubrieron una conspiración contra las celebraciones del Bicentenario; otros, subidos al caballo del fatalismo, pretendieron mostrar lo mal que está todo. Hubo desde quienes opinaron que esto es una versión 2010 del que se vayan todos, hasta lecturas minimizadoras o más modestas, que solo ven en la rateada una picardía sin importancia o una prolongación del feriado ya alargado.
¿Podemos intentar una mirada libre de prejuicios que dé lugar a la pregunta genuina, a la búsqueda de sentidos y oportunidades? ¿Somos conscientes de estar ante un hecho que tiene muchas capas, aristas diversas, diferentes costados?
Recientemente el Director de la Unidad de Planeamiento Estratégico y Evaluación de la Educación Argentina, analizando el hecho, pretendía mostrar cómo estas rateadas cibernéticas tienen algunas novedades y diferencias con respecto a las rateadas criollas de nuestro pasado:
-La primera diferencia que señalaba es que las transgresiones a la disciplina escolar antes debían ser ocultadas y ahora son exhibidas. La idea es clara, casi obvia, ¿cómo ocultar una convocatoria que justamente se hace desde la red? Cabría preguntarnos en este sentido si esta exposición puede ser además una manera de llamar la atención, de adquirir notoriedad. ¿Será una muestra de poder? ¿Una necesidad de publicar que se ha perdido el miedo a la sanción? ¿Un intento por descomprimir y relativizar toda forma de autoritarismo? No lo podemos saber. Pero entendemos que en primera instancia el hecho de que hoy estas rateadas sean exhibidas responde al simple hecho de tratarse de una convocatoria que es esencialmente pública.
-La segunda diferencia que señala es que antes las transgresiones colectivas tenían un contenido y un sentido político. Se hacía pública una demanda, se manifestaban los objetivos de una acción. Una “rateada” masiva era una huelga. Las actuales rateadas tienen un fuerte déficit de sentido, opina el autor. No estoy tan seguro que este segundo aspecto sea así. Tal vez el sentido político más que ausente tenga otro rostro, y de modo implícito esté poniendo en tela de juicio algo que sucede puertas adentro de las escuelas y que los chicos conocen bien.
Lo cierto es que un hecho como el que intentamos pensar nos pone ante la disyuntiva de elegir dos posibles miradas que determinan modelos, paradigmas con sus respectivas culturas que nos devuelven realidades bastante diferentes. Digamos que hay al menos dos posibles esquemas de interpretación: la cultura de la norma vs la cultura del derecho.
La cultura de la norma se para frente al manual de la ley y la disciplina como punto de partida y llegada. Desde esta mirada moralizante no habrá que esperar demasiadas sorpresas. Es fácil suponer el recorrido de ideas y voces que dicen que hay que poner límites, sancionar, disciplinar, que “qué se creen estos mocosos”, “habría que mandarlos a todos a laburar”, “mirá para que usan la tecnología”, “esto es indignante”, “a dónde vamos a ir a parar”, …y usted ya sabe…
La cultura del derecho se posiciona en un lugar abierto, descampado, que deja aire para que circulen pluralidad de ideas. Desde allí se abre el juego a un mundo de preguntas. Porque la educación, si bien tiene sus leyes y normas, antes que nada es un derecho. Derecho a saber, a pensar, a ser críticos, a develar el mundo. Necesitamos descubrir qué sucede en la escuela para entender por qué los pibes en mayor o menor medida expresan simbólicamente esta distancia con la institución escolar. ¿Qué pasa en la cotidianidad escolar más allá de las cuestiones curriculares y las meras formalidades? ¿Qué les sucede a los chicos en el fondo de su alma cuando son educados en nuestro sistema? ¿Qué cosas piensan y sienten? ¿Qué procesión va por dentro?
Reconozcamos que en los últimos años los síntomas de la crisis educativa salieron a la calle adquiriendo una visibilidad bien puntual. Vida por un lado, escuela por otro, tanto para los chicos como para los maestros, mientras en los despachos oficiales y ministerios hablan de otra cosa. De algo escapan los chicos. Tal vez de los ojos entre despreocupados, desconcertados o ciegos de cierto mundo adulto y de la abulia de la institución escolar.
Y es aquí donde queremos decir que hay una rateada que nadie ve: La rateada de un sistema educativo pensado y diseñado para otro siglo, con funcionarios que siempre llegan después. ¿Forzamos la realidad si a partir de esta rateada nos ponemos a mirar a un Estado que viene desentendiéndose progresivamente de garantizar educación pública para todos como un derecho fundamental? Tal vez, como decía Bertold Brecht, “me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo como era su casa”. Pero, ¿no es casi inevitable detenernos a mirar ese faltazo que significa dejar la educación librada al capricho mezquino de grupos que hicieron y siguen haciendo de la enseñanza un negocio asqueante? ¿No podemos sospechar que tarde o temprano alguna reacción de los alumnos podía comenzar a poner en tela de juicio una educación que más que un derecho de todos se parece más a una mercancía y privilegio de pocos? Una rateada en definitiva es una ausencia. Y digámoslo claramente, ¿no es hipócrita que pongamos toda la mirada en esta ausencia de los chicos y miremos para otro lado a una sociedad repleta de ausencias? ¿Hace falta enumerarlas?
Me dirán que ver todo esto en esta rateada cibernética es cargar al hecho de un sentido que en sí mismo no tiene. Probablemente. Pero siempre será mejor dejar la puerta abierta para que entren los cuestionamientos, antes que descalificar o desaprobar de movida la acción de los chicos, que de hecho algo nos están queriendo decir.
Por otro lado, la dosis de transgresión que significa esta rateada, ¿no esconde una pila de latencias, de posibles valores que no terminamos de ver? ¿No vale la pena tener en cuenta, por ejemplo, la capacidad de organización de los pibes y la eficacia del recurso de Facwebook para convocar y organizar?
Nos guste o no, los chicos y los jóvenes, seguirán opinando con su lenguaje y sus ritos, a veces limitados, parciales, otras anárquicos. Así pueden, así les sale, así eligen…
Alejandra Pizarnik decía que “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Es probable que aún estemos lejos de las mejores rebeldías. Tal vez los chicos simplemente estén empezando a mirar la rosa. Pero ¡qué lástima si no llegáramos a advertirlo!
Parece que la historia comenzó el 30 de abril de este año, cuando 2500 alumnos de distintas escuelas de Mendoza se concentraron en la plaza convocados a través del Facebook a la "gran rateada" mendocina. A partir de allí como por contagio se extendió a casi todas las provincias y hasta cruzó el charco para llegar al Uruguay.
Después se dijo de todo y la polémica quedó instalada. Los tremendistas descubrieron una conspiración contra las celebraciones del Bicentenario; otros, subidos al caballo del fatalismo, pretendieron mostrar lo mal que está todo. Hubo desde quienes opinaron que esto es una versión 2010 del que se vayan todos, hasta lecturas minimizadoras o más modestas, que solo ven en la rateada una picardía sin importancia o una prolongación del feriado ya alargado.
¿Podemos intentar una mirada libre de prejuicios que dé lugar a la pregunta genuina, a la búsqueda de sentidos y oportunidades? ¿Somos conscientes de estar ante un hecho que tiene muchas capas, aristas diversas, diferentes costados?
Recientemente el Director de la Unidad de Planeamiento Estratégico y Evaluación de la Educación Argentina, analizando el hecho, pretendía mostrar cómo estas rateadas cibernéticas tienen algunas novedades y diferencias con respecto a las rateadas criollas de nuestro pasado:
-La primera diferencia que señalaba es que las transgresiones a la disciplina escolar antes debían ser ocultadas y ahora son exhibidas. La idea es clara, casi obvia, ¿cómo ocultar una convocatoria que justamente se hace desde la red? Cabría preguntarnos en este sentido si esta exposición puede ser además una manera de llamar la atención, de adquirir notoriedad. ¿Será una muestra de poder? ¿Una necesidad de publicar que se ha perdido el miedo a la sanción? ¿Un intento por descomprimir y relativizar toda forma de autoritarismo? No lo podemos saber. Pero entendemos que en primera instancia el hecho de que hoy estas rateadas sean exhibidas responde al simple hecho de tratarse de una convocatoria que es esencialmente pública.
-La segunda diferencia que señala es que antes las transgresiones colectivas tenían un contenido y un sentido político. Se hacía pública una demanda, se manifestaban los objetivos de una acción. Una “rateada” masiva era una huelga. Las actuales rateadas tienen un fuerte déficit de sentido, opina el autor. No estoy tan seguro que este segundo aspecto sea así. Tal vez el sentido político más que ausente tenga otro rostro, y de modo implícito esté poniendo en tela de juicio algo que sucede puertas adentro de las escuelas y que los chicos conocen bien.
Lo cierto es que un hecho como el que intentamos pensar nos pone ante la disyuntiva de elegir dos posibles miradas que determinan modelos, paradigmas con sus respectivas culturas que nos devuelven realidades bastante diferentes. Digamos que hay al menos dos posibles esquemas de interpretación: la cultura de la norma vs la cultura del derecho.
La cultura de la norma se para frente al manual de la ley y la disciplina como punto de partida y llegada. Desde esta mirada moralizante no habrá que esperar demasiadas sorpresas. Es fácil suponer el recorrido de ideas y voces que dicen que hay que poner límites, sancionar, disciplinar, que “qué se creen estos mocosos”, “habría que mandarlos a todos a laburar”, “mirá para que usan la tecnología”, “esto es indignante”, “a dónde vamos a ir a parar”, …y usted ya sabe…
La cultura del derecho se posiciona en un lugar abierto, descampado, que deja aire para que circulen pluralidad de ideas. Desde allí se abre el juego a un mundo de preguntas. Porque la educación, si bien tiene sus leyes y normas, antes que nada es un derecho. Derecho a saber, a pensar, a ser críticos, a develar el mundo. Necesitamos descubrir qué sucede en la escuela para entender por qué los pibes en mayor o menor medida expresan simbólicamente esta distancia con la institución escolar. ¿Qué pasa en la cotidianidad escolar más allá de las cuestiones curriculares y las meras formalidades? ¿Qué les sucede a los chicos en el fondo de su alma cuando son educados en nuestro sistema? ¿Qué cosas piensan y sienten? ¿Qué procesión va por dentro?
Reconozcamos que en los últimos años los síntomas de la crisis educativa salieron a la calle adquiriendo una visibilidad bien puntual. Vida por un lado, escuela por otro, tanto para los chicos como para los maestros, mientras en los despachos oficiales y ministerios hablan de otra cosa. De algo escapan los chicos. Tal vez de los ojos entre despreocupados, desconcertados o ciegos de cierto mundo adulto y de la abulia de la institución escolar.
Y es aquí donde queremos decir que hay una rateada que nadie ve: La rateada de un sistema educativo pensado y diseñado para otro siglo, con funcionarios que siempre llegan después. ¿Forzamos la realidad si a partir de esta rateada nos ponemos a mirar a un Estado que viene desentendiéndose progresivamente de garantizar educación pública para todos como un derecho fundamental? Tal vez, como decía Bertold Brecht, “me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo como era su casa”. Pero, ¿no es casi inevitable detenernos a mirar ese faltazo que significa dejar la educación librada al capricho mezquino de grupos que hicieron y siguen haciendo de la enseñanza un negocio asqueante? ¿No podemos sospechar que tarde o temprano alguna reacción de los alumnos podía comenzar a poner en tela de juicio una educación que más que un derecho de todos se parece más a una mercancía y privilegio de pocos? Una rateada en definitiva es una ausencia. Y digámoslo claramente, ¿no es hipócrita que pongamos toda la mirada en esta ausencia de los chicos y miremos para otro lado a una sociedad repleta de ausencias? ¿Hace falta enumerarlas?
Me dirán que ver todo esto en esta rateada cibernética es cargar al hecho de un sentido que en sí mismo no tiene. Probablemente. Pero siempre será mejor dejar la puerta abierta para que entren los cuestionamientos, antes que descalificar o desaprobar de movida la acción de los chicos, que de hecho algo nos están queriendo decir.
Por otro lado, la dosis de transgresión que significa esta rateada, ¿no esconde una pila de latencias, de posibles valores que no terminamos de ver? ¿No vale la pena tener en cuenta, por ejemplo, la capacidad de organización de los pibes y la eficacia del recurso de Facwebook para convocar y organizar?
Nos guste o no, los chicos y los jóvenes, seguirán opinando con su lenguaje y sus ritos, a veces limitados, parciales, otras anárquicos. Así pueden, así les sale, así eligen…
Alejandra Pizarnik decía que “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Es probable que aún estemos lejos de las mejores rebeldías. Tal vez los chicos simplemente estén empezando a mirar la rosa. Pero ¡qué lástima si no llegáramos a advertirlo!
“Ningún pibe nace chorro”
(160) sábado 29 de mayo
Ya pasó el aniversario del bicentenario. Hubo para elegir: debates, reflexiones, un emotivo desfile de las 80 colectividades extranjeras radicadas en el país, megarecitales de música latinoamericana. El Bicentenario llegó con millones de personas protagonizando los festejos en las calles. Buenísima señal. Siete presidentes latinoamericanos presentes en el cierre dieron un contenido político regional importante. En claro contraste con este clima, la reapertura de gala del mítico teatro Colón ofreció una fiesta que en varios momentos no pareció suya y menos de todos. El tedeum, todo un show de conventillo, dejó expresado una vez más para qué lado y a favor de quien juega la iglesia en Argentina. Nada nuevo. En fin, el bicentenario vino con penas y glorias, cal y arena, un balance con pérdidas y ganancias, pero que en el resultado final parece abrir puertas para la construcción de un país que sea la contracara de aquel que celebrara el centenario con pompa y circunstancia centrado en una elite porteña que pensaba al país como un feudo.
La presente editorial podría titularse “las deudas del bicentenario” y pretende ser el comienzo de un pequeño espacio en donde nos tomemos el trabajo de ir descubriendo aquellos aspectos vitales pendientes, especies de agujeros negros de nuestro presente, capaces de devorar nuestro destino si los ignoramos.
Para empezar, y sin ir más lejos, el 18 de Mayo pasado, un amplio espectro de organizaciones sociales, gremiales, de derechos humanos y políticas con niños y jóvenes, realizaron por la tarde una audiencia pública en el Anexo de la Cámara de Diputados de la Nación, en rechazo al articulado del proyecto de ley que establece la baja de la edad de imputabilidad para adolescentes. Ya posee la aprobación del Senado de la Nación y en breve va por todo en diputados. Quienes promueven esta ley lo hacen desde la lógica de la mano dura. Son el eco político- legal, de tantas voces impiadosas que piden más patrulleros, más palos, más condenas; son la agachada jurídica a la presión de tantos medios de comunicación que hablan de menores delincuentes y nunca de chicos a quienes les robaron la infancia. Medios cómplices y participes necesarios de una demagogia electoral que lucra con el pánico de la inseguridad instalando una gran industria del miedo. Nunca dicen que inseguridad es morirse de hambre y no tener futuro.
En realidad no nos sorprende que sea nuestra provincia con Scioli a la cabeza quien impulse este proyecto. Nuestro gobernador es un político del riñón peronista neoliberal, que ha buscado alinear su discurso en la peor tradición de las gestiones bonaerenses. Scioli suma su desafinada voz al coro de Ruckauf, para quien a la delincuencia se la combatía "metiendo bala" o Duhalde que se animó a llamar a la bonaerense como "la mejor policía del mundo". Esta ofensiva criminalizante de la pobreza y la juventud hace tiempo que no tenía tanto eco en funcionarios con altas responsabilidades políticas. Habría que remontarse a las marchas de Blumberg para encontrar discursos que la emparden. Tampoco resulta extraño que nuestro gobernador se haya
mostrado públicamente con el paramilitarista presidente de Colombia Uribe, a quien pidió consejos en materia de seguridad. A buen puerto.
El silencio del gobierno nacional y una estrategia de mirar para otro lado dejando hacer, pone en tela de juicio una dimensión esencial de la política de derechos humanos.
Así las cosas, todo parecía indicar que entre gallos y medianoches, ocultos entre los festejos del centenario, esta ley iría en poco tiempo camino obligado a su plena aprobación. Palo y a la bolsa. Probablemente este sea el final.
Sin embargo, ¡qué saludable!, aparecieron otras voces, desde la otra vereda. Nuevamente los que resisten, los que se oponen, los que dicen no, y dan la cara. “No a la baja de edad de imputabilidad”, “Ningún pibe nace chorro”, gritan los carteles. Una abuela levanta una pancarta: “No enrejemos el futuro”. Otro:”Quiero maestros que contengan y no policías que repriman”. “Al hambre: tolerancia cero”. Y siguen los bombos, la batucada, la cultura y la política de la resistencia, el baile y el canto de los otros, los que a pesar de tantas ampulosas coberturas mediáticas en torno a la seguridad entienden que la gran mayoría de los niños, adolescentes o jóvenes que cometen un delito poseen historias de vidas marcadas por la vulneración de sus derechos
Parte del comunicado que las organizaciones dieron a conocer dice: “Sabemos que la única respuesta real respecto a la violencia urbana es el achicamiento de la brecha de desigualdad social y una real distribución de la riqueza”. Están convencidos de que es hipócrita reconocer rápidamente a un pibe como victimario, y al mismo tiempo, desconocer la responsabilidad de una sociedad que lo victimiza. Para ellos la baja de la edad de imputabilidad, la extensión del sistema penal y el endurecimiento de penas no van a resolver la inseguridad, ni la percepción social que existe de ella. Están tan persuadidos de eso como que el actual régimen penal nacional para adolescentes y jóvenes, es obsoleto, estigmatizante y abusivo.
Al viejo Gran Hermano le preocupaba la inclusión, la integración, disciplinar a las personas y mantenerlas en raya, con las riendas bien cortas. La preocupación del nuevo Gran Hermano es la exclusión: detectar a las personas que "no encajan", desterrarlas de ese lugar y deportarlas "al sitio al que pertenecen" y del cual nunca debieron salir ni moverse. Si Rimbaud gritó “Soy otro”, la modernidad vocifera que el otro no existe, sobre todo porque no es como yo. Tremenda derrota que hace que lo que una vez fue virtud ahora sea marca, estigma. Ya no soy otro, no quiero ser el otro, porque si lo soy quedo afuera, excluido, y formo parte de los desperdicios, la basura que se tira. Quedo reducido a la categoría de esos tipos que hay que vigilar y controlar. Los otros como sospechosos, como amenaza, expresión de esa diferencia tan temida, el lado vergonzoso de una vida que es capaz de levantar enormes muros para evitar que esos otros puedan franquearlos o instalar cámaras, como han hecho en nuestra ciudad para que un gran ojo nos vigile y señale quién es cada quien. Aire fétido de los 90, legislar contra la vida y a favor de la hipocresía.
Decía Galeano: “Día tras día se niega a los niños el derecho a ser niño. Los hechos que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”.
Deudas del bicentenario. Temas pendientes. Claves, llaves para un bicentenario que además de hermosas escenografías y decorados traiga nuevos aires y tenga la grandeza y el coraje de renovar libretos y poner en escena a sus auténticos actores.
Ya pasó el aniversario del bicentenario. Hubo para elegir: debates, reflexiones, un emotivo desfile de las 80 colectividades extranjeras radicadas en el país, megarecitales de música latinoamericana. El Bicentenario llegó con millones de personas protagonizando los festejos en las calles. Buenísima señal. Siete presidentes latinoamericanos presentes en el cierre dieron un contenido político regional importante. En claro contraste con este clima, la reapertura de gala del mítico teatro Colón ofreció una fiesta que en varios momentos no pareció suya y menos de todos. El tedeum, todo un show de conventillo, dejó expresado una vez más para qué lado y a favor de quien juega la iglesia en Argentina. Nada nuevo. En fin, el bicentenario vino con penas y glorias, cal y arena, un balance con pérdidas y ganancias, pero que en el resultado final parece abrir puertas para la construcción de un país que sea la contracara de aquel que celebrara el centenario con pompa y circunstancia centrado en una elite porteña que pensaba al país como un feudo.
La presente editorial podría titularse “las deudas del bicentenario” y pretende ser el comienzo de un pequeño espacio en donde nos tomemos el trabajo de ir descubriendo aquellos aspectos vitales pendientes, especies de agujeros negros de nuestro presente, capaces de devorar nuestro destino si los ignoramos.
Para empezar, y sin ir más lejos, el 18 de Mayo pasado, un amplio espectro de organizaciones sociales, gremiales, de derechos humanos y políticas con niños y jóvenes, realizaron por la tarde una audiencia pública en el Anexo de la Cámara de Diputados de la Nación, en rechazo al articulado del proyecto de ley que establece la baja de la edad de imputabilidad para adolescentes. Ya posee la aprobación del Senado de la Nación y en breve va por todo en diputados. Quienes promueven esta ley lo hacen desde la lógica de la mano dura. Son el eco político- legal, de tantas voces impiadosas que piden más patrulleros, más palos, más condenas; son la agachada jurídica a la presión de tantos medios de comunicación que hablan de menores delincuentes y nunca de chicos a quienes les robaron la infancia. Medios cómplices y participes necesarios de una demagogia electoral que lucra con el pánico de la inseguridad instalando una gran industria del miedo. Nunca dicen que inseguridad es morirse de hambre y no tener futuro.
En realidad no nos sorprende que sea nuestra provincia con Scioli a la cabeza quien impulse este proyecto. Nuestro gobernador es un político del riñón peronista neoliberal, que ha buscado alinear su discurso en la peor tradición de las gestiones bonaerenses. Scioli suma su desafinada voz al coro de Ruckauf, para quien a la delincuencia se la combatía "metiendo bala" o Duhalde que se animó a llamar a la bonaerense como "la mejor policía del mundo". Esta ofensiva criminalizante de la pobreza y la juventud hace tiempo que no tenía tanto eco en funcionarios con altas responsabilidades políticas. Habría que remontarse a las marchas de Blumberg para encontrar discursos que la emparden. Tampoco resulta extraño que nuestro gobernador se haya
mostrado públicamente con el paramilitarista presidente de Colombia Uribe, a quien pidió consejos en materia de seguridad. A buen puerto.
El silencio del gobierno nacional y una estrategia de mirar para otro lado dejando hacer, pone en tela de juicio una dimensión esencial de la política de derechos humanos.
Así las cosas, todo parecía indicar que entre gallos y medianoches, ocultos entre los festejos del centenario, esta ley iría en poco tiempo camino obligado a su plena aprobación. Palo y a la bolsa. Probablemente este sea el final.
Sin embargo, ¡qué saludable!, aparecieron otras voces, desde la otra vereda. Nuevamente los que resisten, los que se oponen, los que dicen no, y dan la cara. “No a la baja de edad de imputabilidad”, “Ningún pibe nace chorro”, gritan los carteles. Una abuela levanta una pancarta: “No enrejemos el futuro”. Otro:”Quiero maestros que contengan y no policías que repriman”. “Al hambre: tolerancia cero”. Y siguen los bombos, la batucada, la cultura y la política de la resistencia, el baile y el canto de los otros, los que a pesar de tantas ampulosas coberturas mediáticas en torno a la seguridad entienden que la gran mayoría de los niños, adolescentes o jóvenes que cometen un delito poseen historias de vidas marcadas por la vulneración de sus derechos
Parte del comunicado que las organizaciones dieron a conocer dice: “Sabemos que la única respuesta real respecto a la violencia urbana es el achicamiento de la brecha de desigualdad social y una real distribución de la riqueza”. Están convencidos de que es hipócrita reconocer rápidamente a un pibe como victimario, y al mismo tiempo, desconocer la responsabilidad de una sociedad que lo victimiza. Para ellos la baja de la edad de imputabilidad, la extensión del sistema penal y el endurecimiento de penas no van a resolver la inseguridad, ni la percepción social que existe de ella. Están tan persuadidos de eso como que el actual régimen penal nacional para adolescentes y jóvenes, es obsoleto, estigmatizante y abusivo.
Al viejo Gran Hermano le preocupaba la inclusión, la integración, disciplinar a las personas y mantenerlas en raya, con las riendas bien cortas. La preocupación del nuevo Gran Hermano es la exclusión: detectar a las personas que "no encajan", desterrarlas de ese lugar y deportarlas "al sitio al que pertenecen" y del cual nunca debieron salir ni moverse. Si Rimbaud gritó “Soy otro”, la modernidad vocifera que el otro no existe, sobre todo porque no es como yo. Tremenda derrota que hace que lo que una vez fue virtud ahora sea marca, estigma. Ya no soy otro, no quiero ser el otro, porque si lo soy quedo afuera, excluido, y formo parte de los desperdicios, la basura que se tira. Quedo reducido a la categoría de esos tipos que hay que vigilar y controlar. Los otros como sospechosos, como amenaza, expresión de esa diferencia tan temida, el lado vergonzoso de una vida que es capaz de levantar enormes muros para evitar que esos otros puedan franquearlos o instalar cámaras, como han hecho en nuestra ciudad para que un gran ojo nos vigile y señale quién es cada quien. Aire fétido de los 90, legislar contra la vida y a favor de la hipocresía.
Decía Galeano: “Día tras día se niega a los niños el derecho a ser niño. Los hechos que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”.
Deudas del bicentenario. Temas pendientes. Claves, llaves para un bicentenario que además de hermosas escenografías y decorados traiga nuevos aires y tenga la grandeza y el coraje de renovar libretos y poner en escena a sus auténticos actores.
sábado, 22 de mayo de 2010
Martín Fierro, Roca y un país sonámbulo
(159) 22 de Mayo de 2010
Buscar el camino de nuestra historia nacional en este bicentenario, significa aprender a leer las huellas de nuestras contradicciones. El llamado principio de no contradicción, será un mojón obligado para quien intente iniciarse en las cuestiones filosóficas básicas. Según él, una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. La filosofía tradicional, en sus enunciados fundantes se mueve en un mar de obviedades y evidencias. La realidad sin embargo se encarga de mostrarnos la cara de la paradoja.
Somos un país que históricamente ha festejado los aniversarios del genocidio de nuestros antepasados. Algo increíble. Ningún francés, a quien muchos de nuestros patriotas gustaban parecérsele, celebró la llegada de Julio César a las Galias. Pero nosotros sí. Somos tan plurales. Tenemos, por ejemplo, un magnífico monumento a Roca, general racista y genocida como pocos. Alguien podrá pensar, y con razón, que esto no significa ninguna contradicción, que sencillamente estamos ante la vieja lógica de la historia escrita por los ganadores, y que en definitiva la matriz de nuestra historia nacional es eurocéntrica, mira a su amo con admiración. Esto es así. Sin embargo, nuestras páginas nacionales están plagadas de auténticas contradicciones. Chivilcoy, sin ir más lejos, tiene su espacio dedicado a los pueblos originarios. Muchas veces quienes discursean acerca de los derechos de los aborígenes, son los mismos que el 12 de octubre llevan su ofrenda floral al monumento de Colón. ¿Veletismo ideológico?, ¿Esquizofrenia? ¿Distracción? Las contradicciones en nuestra historia parecen haberse escapado de un cuento de Kafka.
Existe una particularmente potente como idea, que me parece reveladora de algo que nos pasa: nuestro fervor por el Martín Fierro junto a la glorificación de los que fueron sus perseguidores. Proclamamos nuestro amor por la historia de un gaucho que pasa gran parte de su vida como un ilegal, exiliado, conviviendo con los indios, y casi al unísono exaltamos la llamada civilización que exterminó a cuanto indio se le cruzó por el camino y despreció al gaucho como ícono oscuro de la barbarie. Roca, además de la “hazaña” de matar indios, inaugurará el dominio del latifundio con el reparto de 41 millones de hectáreas a 1843 terratenientes. Al presidente de la Sociedad Rural se le entregarán nada menos que 2.500.000 hectáreas. Lindo nene para un monumento.
Hernández Arregui nos alentó a que repensemos y redefinamos nuestra cultura desde sus orígenes, denunciando la mistificación de cierto intelectualismo autoproclamado progresista que se santiguó ante los crímenes de la llamada civilización: “En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada al imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento espiritual”.
Para Arregui, el Martín Fierro expresa la conciencia de una clase social sojuzgada y desplazada por la misma cultura de cuyos valores parte Borges para enjuiciarlo. Borges no sólo odia a Martín Fierro –después de todo un fantasma literario- sino todo aquello que tenga sabor a gaucho.
Valen las posiciones. Siempre será bueno elegir, aun a riesgo de equivocarnos. Valen también las contradicciones. Hablan de nuestros límites, nos desnudan, rompen rigideces, quiebran dogmatismos estériles, nos humanizan. Las contradicciones sirven cuando nos cambian, y operan sobre nosotros auténticas transformaciones, poniéndonos en la encrucijada de elegir. Sartre decía que una vida libre es una experiencia metafísica peculiar. Al menos es una peculiar solución al complicado problema y desafío de existir humanamente.
Pero cuando la contradicción se vuelve crónica y se naturaliza, deja de interpelarnos. Entonces comenzamos a tranzar con ella, a vivir cómodamente divididos, situados en una cultura del vale todo. Un discurso aquí, otra placa allá, y un camino largo que baja y se pierde…Imposible la pretensión de construir identidades colectivas, instalados en la cultura de la esquizofrenia.
¿Es posible que convivan en un paraíso de armonías Roca con el gaucho Fierro? ¿Porqué extraña razón no terminamos de ver que cada uno de ellos simboliza y representa modelos diametralmente opuestos, antagonismos insalvables? ¿Qué lógica nos habilita a pensar que la brutalidad y la sangre si es con traje civilizado funda la patria? ¿Por qué nos cuesta tanto repudiar el genocidio patriótico y occidental? ¿Qué situaciones de nuestro presente reeditan, renuevan, estas viejas historias? ¿Qué significa exactamente ese slogan del bicentenario que propone hacer una patria de hermanos y para todos? ¿Hermanos entre quienes y para qué? “Mentira que la patria pertenece a todos los que nacimos en ella, decía el mexicano Librado Rivera. Pertenece a una pequeñísima minoría de acaparadores de la tierra y de las riquezas del suelo. Pertenece a los terratenientes, grandes negociantes y banqueros”.
La historia será siempre territorio de disputas, confrontaciones, enfrentamientos continuos. Es sencillamente así. Nos guste o no. La trampa es negarlo. Lo dañino y perturbador es esa tilingada irreflexiva que frecuentemente recorre las aulas de nuestras escuelas, habita discursos, o llena páginas enteras hablándonos de un país inexistente, con una asepsia y pretendida neutralidad que es vomitiva. En la vida hay que elegir, hay que posicionarse, definirse. Martín Fierro nunca le cebará un mate a Roca.
La patria es dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie,
decía José Martí. Un país para todos no se hace negando las contradicciones, tirando la basura debajo de la alfombra, o fabricando frases bonitas a diestra y siniestra. Es necesario confrontar, discutir, que en definitiva ese es el verdadero sentido de la política.
Hay un país sonámbulo. Tiene los ojos abiertos pero está dormido. Por miedo a la pesadilla ha renunciado a soñar y camina guiado por una historia extraviada que nunca termina de despertarlo.
Ya lo sabemos, hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador. Y siempre habrá una maestra distraída, boleada, o cínica, arreglándoselas para elogiar al gaucho mientras reparte flores a sus asesinos.
Buscar el camino de nuestra historia nacional en este bicentenario, significa aprender a leer las huellas de nuestras contradicciones. El llamado principio de no contradicción, será un mojón obligado para quien intente iniciarse en las cuestiones filosóficas básicas. Según él, una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. La filosofía tradicional, en sus enunciados fundantes se mueve en un mar de obviedades y evidencias. La realidad sin embargo se encarga de mostrarnos la cara de la paradoja.
Somos un país que históricamente ha festejado los aniversarios del genocidio de nuestros antepasados. Algo increíble. Ningún francés, a quien muchos de nuestros patriotas gustaban parecérsele, celebró la llegada de Julio César a las Galias. Pero nosotros sí. Somos tan plurales. Tenemos, por ejemplo, un magnífico monumento a Roca, general racista y genocida como pocos. Alguien podrá pensar, y con razón, que esto no significa ninguna contradicción, que sencillamente estamos ante la vieja lógica de la historia escrita por los ganadores, y que en definitiva la matriz de nuestra historia nacional es eurocéntrica, mira a su amo con admiración. Esto es así. Sin embargo, nuestras páginas nacionales están plagadas de auténticas contradicciones. Chivilcoy, sin ir más lejos, tiene su espacio dedicado a los pueblos originarios. Muchas veces quienes discursean acerca de los derechos de los aborígenes, son los mismos que el 12 de octubre llevan su ofrenda floral al monumento de Colón. ¿Veletismo ideológico?, ¿Esquizofrenia? ¿Distracción? Las contradicciones en nuestra historia parecen haberse escapado de un cuento de Kafka.
Existe una particularmente potente como idea, que me parece reveladora de algo que nos pasa: nuestro fervor por el Martín Fierro junto a la glorificación de los que fueron sus perseguidores. Proclamamos nuestro amor por la historia de un gaucho que pasa gran parte de su vida como un ilegal, exiliado, conviviendo con los indios, y casi al unísono exaltamos la llamada civilización que exterminó a cuanto indio se le cruzó por el camino y despreció al gaucho como ícono oscuro de la barbarie. Roca, además de la “hazaña” de matar indios, inaugurará el dominio del latifundio con el reparto de 41 millones de hectáreas a 1843 terratenientes. Al presidente de la Sociedad Rural se le entregarán nada menos que 2.500.000 hectáreas. Lindo nene para un monumento.
Hernández Arregui nos alentó a que repensemos y redefinamos nuestra cultura desde sus orígenes, denunciando la mistificación de cierto intelectualismo autoproclamado progresista que se santiguó ante los crímenes de la llamada civilización: “En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada al imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento espiritual”.
Para Arregui, el Martín Fierro expresa la conciencia de una clase social sojuzgada y desplazada por la misma cultura de cuyos valores parte Borges para enjuiciarlo. Borges no sólo odia a Martín Fierro –después de todo un fantasma literario- sino todo aquello que tenga sabor a gaucho.
Valen las posiciones. Siempre será bueno elegir, aun a riesgo de equivocarnos. Valen también las contradicciones. Hablan de nuestros límites, nos desnudan, rompen rigideces, quiebran dogmatismos estériles, nos humanizan. Las contradicciones sirven cuando nos cambian, y operan sobre nosotros auténticas transformaciones, poniéndonos en la encrucijada de elegir. Sartre decía que una vida libre es una experiencia metafísica peculiar. Al menos es una peculiar solución al complicado problema y desafío de existir humanamente.
Pero cuando la contradicción se vuelve crónica y se naturaliza, deja de interpelarnos. Entonces comenzamos a tranzar con ella, a vivir cómodamente divididos, situados en una cultura del vale todo. Un discurso aquí, otra placa allá, y un camino largo que baja y se pierde…Imposible la pretensión de construir identidades colectivas, instalados en la cultura de la esquizofrenia.
¿Es posible que convivan en un paraíso de armonías Roca con el gaucho Fierro? ¿Porqué extraña razón no terminamos de ver que cada uno de ellos simboliza y representa modelos diametralmente opuestos, antagonismos insalvables? ¿Qué lógica nos habilita a pensar que la brutalidad y la sangre si es con traje civilizado funda la patria? ¿Por qué nos cuesta tanto repudiar el genocidio patriótico y occidental? ¿Qué situaciones de nuestro presente reeditan, renuevan, estas viejas historias? ¿Qué significa exactamente ese slogan del bicentenario que propone hacer una patria de hermanos y para todos? ¿Hermanos entre quienes y para qué? “Mentira que la patria pertenece a todos los que nacimos en ella, decía el mexicano Librado Rivera. Pertenece a una pequeñísima minoría de acaparadores de la tierra y de las riquezas del suelo. Pertenece a los terratenientes, grandes negociantes y banqueros”.
La historia será siempre territorio de disputas, confrontaciones, enfrentamientos continuos. Es sencillamente así. Nos guste o no. La trampa es negarlo. Lo dañino y perturbador es esa tilingada irreflexiva que frecuentemente recorre las aulas de nuestras escuelas, habita discursos, o llena páginas enteras hablándonos de un país inexistente, con una asepsia y pretendida neutralidad que es vomitiva. En la vida hay que elegir, hay que posicionarse, definirse. Martín Fierro nunca le cebará un mate a Roca.
La patria es dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie,
decía José Martí. Un país para todos no se hace negando las contradicciones, tirando la basura debajo de la alfombra, o fabricando frases bonitas a diestra y siniestra. Es necesario confrontar, discutir, que en definitiva ese es el verdadero sentido de la política.
Hay un país sonámbulo. Tiene los ojos abiertos pero está dormido. Por miedo a la pesadilla ha renunciado a soñar y camina guiado por una historia extraviada que nunca termina de despertarlo.
Ya lo sabemos, hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador. Y siempre habrá una maestra distraída, boleada, o cínica, arreglándoselas para elogiar al gaucho mientras reparte flores a sus asesinos.
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