sábado, 5 de junio de 2010

Rateadas cibernéticas: ¿empezando a mirar la rosa?

(161) 5 de junio de 2007
Parece que la historia comenzó el 30 de abril de este año, cuando 2500 alumnos de distintas escuelas de Mendoza se concentraron en la plaza convocados a través del Facebook a la "gran rateada" mendocina. A partir de allí como por contagio se extendió a casi todas las provincias y hasta cruzó el charco para llegar al Uruguay.
Después se dijo de todo y la polémica quedó instalada. Los tremendistas descubrieron una conspiración contra las celebraciones del Bicentenario; otros, subidos al caballo del fatalismo, pretendieron mostrar lo mal que está todo. Hubo desde quienes opinaron que esto es una versión 2010 del que se vayan todos, hasta lecturas minimizadoras o más modestas, que solo ven en la rateada una picardía sin importancia o una prolongación del feriado ya alargado.
¿Podemos intentar una mirada libre de prejuicios que dé lugar a la pregunta genuina, a la búsqueda de sentidos y oportunidades? ¿Somos conscientes de estar ante un hecho que tiene muchas capas, aristas diversas, diferentes costados?
Recientemente el Director de la Unidad de Planeamiento Estratégico y Evaluación de la Educación Argentina, analizando el hecho, pretendía mostrar cómo estas rateadas cibernéticas tienen algunas novedades y diferencias con respecto a las rateadas criollas de nuestro pasado:
-La primera diferencia que señalaba es que las transgresiones a la disciplina escolar antes debían ser ocultadas y ahora son exhibidas. La idea es clara, casi obvia, ¿cómo ocultar una convocatoria que justamente se hace desde la red? Cabría preguntarnos en este sentido si esta exposición puede ser además una manera de llamar la atención, de adquirir notoriedad. ¿Será una muestra de poder? ¿Una necesidad de publicar que se ha perdido el miedo a la sanción? ¿Un intento por descomprimir y relativizar toda forma de autoritarismo? No lo podemos saber. Pero entendemos que en primera instancia el hecho de que hoy estas rateadas sean exhibidas responde al simple hecho de tratarse de una convocatoria que es esencialmente pública.
-La segunda diferencia que señala es que antes las transgresiones colectivas tenían un contenido y un sentido político. Se hacía pública una demanda, se manifestaban los objetivos de una acción. Una “rateada” masiva era una huelga. Las actuales rateadas tienen un fuerte déficit de sentido, opina el autor. No estoy tan seguro que este segundo aspecto sea así. Tal vez el sentido político más que ausente tenga otro rostro, y de modo implícito esté poniendo en tela de juicio algo que sucede puertas adentro de las escuelas y que los chicos conocen bien.
Lo cierto es que un hecho como el que intentamos pensar nos pone ante la disyuntiva de elegir dos posibles miradas que determinan modelos, paradigmas con sus respectivas culturas que nos devuelven realidades bastante diferentes. Digamos que hay al menos dos posibles esquemas de interpretación: la cultura de la norma vs la cultura del derecho.
La cultura de la norma se para frente al manual de la ley y la disciplina como punto de partida y llegada. Desde esta mirada moralizante no habrá que esperar demasiadas sorpresas. Es fácil suponer el recorrido de ideas y voces que dicen que hay que poner límites, sancionar, disciplinar, que “qué se creen estos mocosos”, “habría que mandarlos a todos a laburar”, “mirá para que usan la tecnología”, “esto es indignante”, “a dónde vamos a ir a parar”, …y usted ya sabe…
La cultura del derecho se posiciona en un lugar abierto, descampado, que deja aire para que circulen pluralidad de ideas. Desde allí se abre el juego a un mundo de preguntas. Porque la educación, si bien tiene sus leyes y normas, antes que nada es un derecho. Derecho a saber, a pensar, a ser críticos, a develar el mundo. Necesitamos descubrir qué sucede en la escuela para entender por qué los pibes en mayor o menor medida expresan simbólicamente esta distancia con la institución escolar. ¿Qué pasa en la cotidianidad escolar más allá de las cuestiones curriculares y las meras formalidades? ¿Qué les sucede a los chicos en el fondo de su alma cuando son educados en nuestro sistema? ¿Qué cosas piensan y sienten? ¿Qué procesión va por dentro?
Reconozcamos que en los últimos años los síntomas de la crisis educativa salieron a la calle adquiriendo una visibilidad bien puntual. Vida por un lado, escuela por otro, tanto para los chicos como para los maestros, mientras en los despachos oficiales y ministerios hablan de otra cosa. De algo escapan los chicos. Tal vez de los ojos entre despreocupados, desconcertados o ciegos de cierto mundo adulto y de la abulia de la institución escolar.
Y es aquí donde queremos decir que hay una rateada que nadie ve: La rateada de un sistema educativo pensado y diseñado para otro siglo, con funcionarios que siempre llegan después. ¿Forzamos la realidad si a partir de esta rateada nos ponemos a mirar a un Estado que viene desentendiéndose progresivamente de garantizar educación pública para todos como un derecho fundamental? Tal vez, como decía Bertold Brecht, “me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo como era su casa”. Pero, ¿no es casi inevitable detenernos a mirar ese faltazo que significa dejar la educación librada al capricho mezquino de grupos que hicieron y siguen haciendo de la enseñanza un negocio asqueante? ¿No podemos sospechar que tarde o temprano alguna reacción de los alumnos podía comenzar a poner en tela de juicio una educación que más que un derecho de todos se parece más a una mercancía y privilegio de pocos? Una rateada en definitiva es una ausencia. Y digámoslo claramente, ¿no es hipócrita que pongamos toda la mirada en esta ausencia de los chicos y miremos para otro lado a una sociedad repleta de ausencias? ¿Hace falta enumerarlas?
Me dirán que ver todo esto en esta rateada cibernética es cargar al hecho de un sentido que en sí mismo no tiene. Probablemente. Pero siempre será mejor dejar la puerta abierta para que entren los cuestionamientos, antes que descalificar o desaprobar de movida la acción de los chicos, que de hecho algo nos están queriendo decir.
Por otro lado, la dosis de transgresión que significa esta rateada, ¿no esconde una pila de latencias, de posibles valores que no terminamos de ver? ¿No vale la pena tener en cuenta, por ejemplo, la capacidad de organización de los pibes y la eficacia del recurso de Facwebook para convocar y organizar?
Nos guste o no, los chicos y los jóvenes, seguirán opinando con su lenguaje y sus ritos, a veces limitados, parciales, otras anárquicos. Así pueden, así les sale, así eligen…
Alejandra Pizarnik decía que “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Es probable que aún estemos lejos de las mejores rebeldías. Tal vez los chicos simplemente estén empezando a mirar la rosa. Pero ¡qué lástima si no llegáramos a advertirlo!

“Ningún pibe nace chorro”

(160) sábado 29 de mayo
Ya pasó el aniversario del bicentenario. Hubo para elegir: debates, reflexiones, un emotivo desfile de las 80 colectividades extranjeras radicadas en el país, megarecitales de música latinoamericana. El Bicentenario llegó con millones de personas protagonizando los festejos en las calles. Buenísima señal. Siete presidentes latinoamericanos presentes en el cierre dieron un contenido político regional importante. En claro contraste con este clima, la reapertura de gala del mítico teatro Colón ofreció una fiesta que en varios momentos no pareció suya y menos de todos. El tedeum, todo un show de conventillo, dejó expresado una vez más para qué lado y a favor de quien juega la iglesia en Argentina. Nada nuevo. En fin, el bicentenario vino con penas y glorias, cal y arena, un balance con pérdidas y ganancias, pero que en el resultado final parece abrir puertas para la construcción de un país que sea la contracara de aquel que celebrara el centenario con pompa y circunstancia centrado en una elite porteña que pensaba al país como un feudo.
La presente editorial podría titularse “las deudas del bicentenario” y pretende ser el comienzo de un pequeño espacio en donde nos tomemos el trabajo de ir descubriendo aquellos aspectos vitales pendientes, especies de agujeros negros de nuestro presente, capaces de devorar nuestro destino si los ignoramos.
Para empezar, y sin ir más lejos, el 18 de Mayo pasado, un amplio espectro de organizaciones sociales, gremiales, de derechos humanos y políticas con niños y jóvenes, realizaron por la tarde una audiencia pública en el Anexo de la Cámara de Diputados de la Nación, en rechazo al articulado del proyecto de ley que establece la baja de la edad de imputabilidad para adolescentes. Ya posee la aprobación del Senado de la Nación y en breve va por todo en diputados. Quienes promueven esta ley lo hacen desde la lógica de la mano dura. Son el eco político- legal, de tantas voces impiadosas que piden más patrulleros, más palos, más condenas; son la agachada jurídica a la presión de tantos medios de comunicación que hablan de menores delincuentes y nunca de chicos a quienes les robaron la infancia. Medios cómplices y participes necesarios de una demagogia electoral que lucra con el pánico de la inseguridad instalando una gran industria del miedo. Nunca dicen que inseguridad es morirse de hambre y no tener futuro.
En realidad no nos sorprende que sea nuestra provincia con Scioli a la cabeza quien impulse este proyecto. Nuestro gobernador es un político del riñón peronista neoliberal, que ha buscado alinear su discurso en la peor tradición de las gestiones bonaerenses. Scioli suma su desafinada voz al coro de Ruckauf, para quien a la delincuencia se la combatía "metiendo bala" o Duhalde que se animó a llamar a la bonaerense como "la mejor policía del mundo". Esta ofensiva criminalizante de la pobreza y la juventud hace tiempo que no tenía tanto eco en funcionarios con altas responsabilidades políticas. Habría que remontarse a las marchas de Blumberg para encontrar discursos que la emparden. Tampoco resulta extraño que nuestro gobernador se haya
mostrado públicamente con el paramilitarista presidente de Colombia Uribe, a quien pidió consejos en materia de seguridad. A buen puerto.
El silencio del gobierno nacional y una estrategia de mirar para otro lado dejando hacer, pone en tela de juicio una dimensión esencial de la política de derechos humanos.
Así las cosas, todo parecía indicar que entre gallos y medianoches, ocultos entre los festejos del centenario, esta ley iría en poco tiempo camino obligado a su plena aprobación. Palo y a la bolsa. Probablemente este sea el final.
Sin embargo, ¡qué saludable!, aparecieron otras voces, desde la otra vereda. Nuevamente los que resisten, los que se oponen, los que dicen no, y dan la cara. “No a la baja de edad de imputabilidad”, “Ningún pibe nace chorro”, gritan los carteles. Una abuela levanta una pancarta: “No enrejemos el futuro”. Otro:”Quiero maestros que contengan y no policías que repriman”. “Al hambre: tolerancia cero”. Y siguen los bombos, la batucada, la cultura y la política de la resistencia, el baile y el canto de los otros, los que a pesar de tantas ampulosas coberturas mediáticas en torno a la seguridad entienden que la gran mayoría de los niños, adolescentes o jóvenes que cometen un delito poseen historias de vidas marcadas por la vulneración de sus derechos
Parte del comunicado que las organizaciones dieron a conocer dice: “Sabemos que la única respuesta real respecto a la violencia urbana es el achicamiento de la brecha de desigualdad social y una real distribución de la riqueza”. Están convencidos de que es hipócrita reconocer rápidamente a un pibe como victimario, y al mismo tiempo, desconocer la responsabilidad de una sociedad que lo victimiza. Para ellos la baja de la edad de imputabilidad, la extensión del sistema penal y el endurecimiento de penas no van a resolver la inseguridad, ni la percepción social que existe de ella. Están tan persuadidos de eso como que el actual régimen penal nacional para adolescentes y jóvenes, es obsoleto, estigmatizante y abusivo.
Al viejo Gran Hermano le preocupaba la inclusión, la integración, disciplinar a las personas y mantenerlas en raya, con las riendas bien cortas. La preocupación del nuevo Gran Hermano es la exclusión: detectar a las personas que "no encajan", desterrarlas de ese lugar y deportarlas "al sitio al que pertenecen" y del cual nunca debieron salir ni moverse. Si Rimbaud gritó “Soy otro”, la modernidad vocifera que el otro no existe, sobre todo porque no es como yo. Tremenda derrota que hace que lo que una vez fue virtud ahora sea marca, estigma. Ya no soy otro, no quiero ser el otro, porque si lo soy quedo afuera, excluido, y formo parte de los desperdicios, la basura que se tira. Quedo reducido a la categoría de esos tipos que hay que vigilar y controlar. Los otros como sospechosos, como amenaza, expresión de esa diferencia tan temida, el lado vergonzoso de una vida que es capaz de levantar enormes muros para evitar que esos otros puedan franquearlos o instalar cámaras, como han hecho en nuestra ciudad para que un gran ojo nos vigile y señale quién es cada quien. Aire fétido de los 90, legislar contra la vida y a favor de la hipocresía.
Decía Galeano: “Día tras día se niega a los niños el derecho a ser niño. Los hechos que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”.
Deudas del bicentenario. Temas pendientes. Claves, llaves para un bicentenario que además de hermosas escenografías y decorados traiga nuevos aires y tenga la grandeza y el coraje de renovar libretos y poner en escena a sus auténticos actores.

sábado, 22 de mayo de 2010

Martín Fierro, Roca y un país sonámbulo

(159) 22 de Mayo de 2010
Buscar el camino de nuestra historia nacional en este bicentenario, significa aprender a leer las huellas de nuestras contradicciones. El llamado principio de no contradicción, será un mojón obligado para quien intente iniciarse en las cuestiones filosóficas básicas. Según él, una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. La filosofía tradicional, en sus enunciados fundantes se mueve en un mar de obviedades y evidencias. La realidad sin embargo se encarga de mostrarnos la cara de la paradoja.
Somos un país que históricamente ha festejado los aniversarios del genocidio de nuestros antepasados. Algo increíble. Ningún francés, a quien muchos de nuestros patriotas gustaban parecérsele, celebró la llegada de Julio César a las Galias. Pero nosotros sí. Somos tan plurales. Tenemos, por ejemplo, un magnífico monumento a Roca, general racista y genocida como pocos. Alguien podrá pensar, y con razón, que esto no significa ninguna contradicción, que sencillamente estamos ante la vieja lógica de la historia escrita por los ganadores, y que en definitiva la matriz de nuestra historia nacional es eurocéntrica, mira a su amo con admiración. Esto es así. Sin embargo, nuestras páginas nacionales están plagadas de auténticas contradicciones. Chivilcoy, sin ir más lejos, tiene su espacio dedicado a los pueblos originarios. Muchas veces quienes discursean acerca de los derechos de los aborígenes, son los mismos que el 12 de octubre llevan su ofrenda floral al monumento de Colón. ¿Veletismo ideológico?, ¿Esquizofrenia? ¿Distracción? Las contradicciones en nuestra historia parecen haberse escapado de un cuento de Kafka.
Existe una particularmente potente como idea, que me parece reveladora de algo que nos pasa: nuestro fervor por el Martín Fierro junto a la glorificación de los que fueron sus perseguidores. Proclamamos nuestro amor por la historia de un gaucho que pasa gran parte de su vida como un ilegal, exiliado, conviviendo con los indios, y casi al unísono exaltamos la llamada civilización que exterminó a cuanto indio se le cruzó por el camino y despreció al gaucho como ícono oscuro de la barbarie. Roca, además de la “hazaña” de matar indios, inaugurará el dominio del latifundio con el reparto de 41 millones de hectáreas a 1843 terratenientes. Al presidente de la Sociedad Rural se le entregarán nada menos que 2.500.000 hectáreas. Lindo nene para un monumento.
Hernández Arregui nos alentó a que repensemos y redefinamos nuestra cultura desde sus orígenes, denunciando la mistificación de cierto intelectualismo autoproclamado progresista que se santiguó ante los crímenes de la llamada civilización: “En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada al imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento espiritual”.
Para Arregui, el Martín Fierro expresa la conciencia de una clase social sojuzgada y desplazada por la misma cultura de cuyos valores parte Borges para enjuiciarlo. Borges no sólo odia a Martín Fierro –después de todo un fantasma literario- sino todo aquello que tenga sabor a gaucho.
Valen las posiciones. Siempre será bueno elegir, aun a riesgo de equivocarnos. Valen también las contradicciones. Hablan de nuestros límites, nos desnudan, rompen rigideces, quiebran dogmatismos estériles, nos humanizan. Las contradicciones sirven cuando nos cambian, y operan sobre nosotros auténticas transformaciones, poniéndonos en la encrucijada de elegir. Sartre decía que una vida libre es una experiencia metafísica peculiar. Al menos es una peculiar solución al complicado problema y desafío de existir humanamente.
Pero cuando la contradicción se vuelve crónica y se naturaliza, deja de interpelarnos. Entonces comenzamos a tranzar con ella, a vivir cómodamente divididos, situados en una cultura del vale todo. Un discurso aquí, otra placa allá, y un camino largo que baja y se pierde…Imposible la pretensión de construir identidades colectivas, instalados en la cultura de la esquizofrenia.
¿Es posible que convivan en un paraíso de armonías Roca con el gaucho Fierro? ¿Porqué extraña razón no terminamos de ver que cada uno de ellos simboliza y representa modelos diametralmente opuestos, antagonismos insalvables? ¿Qué lógica nos habilita a pensar que la brutalidad y la sangre si es con traje civilizado funda la patria? ¿Por qué nos cuesta tanto repudiar el genocidio patriótico y occidental? ¿Qué situaciones de nuestro presente reeditan, renuevan, estas viejas historias? ¿Qué significa exactamente ese slogan del bicentenario que propone hacer una patria de hermanos y para todos? ¿Hermanos entre quienes y para qué? “Mentira que la patria pertenece a todos los que nacimos en ella, decía el mexicano Librado Rivera. Pertenece a una pequeñísima minoría de acaparadores de la tierra y de las riquezas del suelo. Pertenece a los terratenientes, grandes negociantes y banqueros”.
La historia será siempre territorio de disputas, confrontaciones, enfrentamientos continuos. Es sencillamente así. Nos guste o no. La trampa es negarlo. Lo dañino y perturbador es esa tilingada irreflexiva que frecuentemente recorre las aulas de nuestras escuelas, habita discursos, o llena páginas enteras hablándonos de un país inexistente, con una asepsia y pretendida neutralidad que es vomitiva. En la vida hay que elegir, hay que posicionarse, definirse. Martín Fierro nunca le cebará un mate a Roca.
La patria es dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie,
decía José Martí. Un país para todos no se hace negando las contradicciones, tirando la basura debajo de la alfombra, o fabricando frases bonitas a diestra y siniestra. Es necesario confrontar, discutir, que en definitiva ese es el verdadero sentido de la política.
Hay un país sonámbulo. Tiene los ojos abiertos pero está dormido. Por miedo a la pesadilla ha renunciado a soñar y camina guiado por una historia extraviada que nunca termina de despertarlo.
Ya lo sabemos, hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador. Y siempre habrá una maestra distraída, boleada, o cínica, arreglándoselas para elogiar al gaucho mientras reparte flores a sus asesinos.

sábado, 15 de mayo de 2010

El bicentenario y la mentira encuadernada

(158) 15 de Mayo de 2010
Ya pisamos el mes del Bicentenario. Se vienen los festejos. El clima está alborotado: propagandas que invitan a la celebración, arengas para todos los gustos, ciclos, conferencias, presentaciones de libros, suplementos especiales, maestras entre alteradas y eufóricas en las escuelas armando ese numerito capaz de superar la ya agotada escena de los vendedores ambulantes.
La cifra es redonda y grande: doscientos años. Toda una tentación. También una buena ocasión para la memoria, que siempre es selectiva, que elige un hecho para callar otros y tomar partido. ¿Qué historia viene a nuestro encuentro en este bicentenario? ¿Quién nos la contó? ¿Con qué intereses? Enrique Jardiel Poncela definió a la Historia como "la mentira encuadernada". ¿Qué podemos hacer para desencuadernar cierta historia oficial y comenzar a construir otras miradas? Algunos relatos de nuestra historia me hacen acordar al paisano aquel del cuento que era tan pero tan mentiroso, que cuando decía una verdad pedía perdón.
Perdónennos, entonces, que achiquemos el trecho de este bicentenario y pongamos el señalador del libro de la historia en la Página que dice 1910: Año del Centenario.
El país se prepara para la histórica celebración: grandes desfiles, autoridades invitadas de todo el mundo, la patria tirada por la ventana. Hay que demostrar los progresos de la reina del Plata. Las hazañas de sus negocios con Inglaterra, y su cultura afrancesada. Argentina quiere ser París. Y se le parece bastante. Al menos a eso aspira la elite porteña. Después de todo, la ciudad es tan bonita que hasta tiene sus equivalentes a los palacios franceses. Sus mismas oligarquías se asemejan: ambas pueden exhibir con orgullo sus finos modales como su arrogancia, sus formas “cultas”, como su espíritu represor. Las dos también pensarán que Europa es el centro del mundo, el punto de partida y de llegada de cualquier camino. Francia por sed de conquista y ansias de dominación, Argentina por extravío histórico. La elite porteña celebra la hazaña de haber logrado al fin un país para los triunfadores. Los victoriosos festejaban sus cien años de luchas, de masacres, con guerras siniestras y genocidios escrupulosamente silenciados. Desde 1880 habían consolidado un país a su antojo y manera, reflejo de su clase, ornamento formidable de su intacta estirpe. Eso simbolizaba el majestuoso Teatro Colón como centro y símbolo de la cultura del Poder, orgullo nacional, diseñado originalmente para ellos, los elegidos.
Era la civilización quien recibía a la nieta del rey español, la infanta Isabel. Eran los hombres de bien quienes abrazaban a Vicente Blasco Ibáñez y Georges Clemenceau. Hasta el cielo parecía bendecir aquellos días enviando al cometa Halley. Prolijamente se multiplicaron placas y monumentos erigidos en honor a los primeros patriotas. Desde el bronce aquellos hombres miraban un país que con orgullo se autoproclamaba granero del mundo.
Pero un país no es un granero, ni Argentina es Francia. El progreso indefinido de la historia que pregonaba la dirigencia con sus intelectuales de turno, tendría su límite, como lo tuvo el Titanic. Nuestra dirigencia no supo ver el iceberg contra el cual se estrellaba. Los necios no alcanzan a ver ni siquiera lo obvio. Nadie imaginó un país para todos, con industrias, con trabajadores viviendo dignamente. Estas ideas les eran por completo ajenas a su perspectiva. Pensaban siempre vivir de la abundancia fácil, del goce heredado como un derecho de clase, exclusivo y excluyente.
Todo estaba perfectamente calculado, medido, estudiado. La gran fiesta, el despilfarro, la farra, podía comenzar. Entonces el presidente Figueroa Alcorta con voz solemne se dirige a su pueblo. Pero, ¿qué sucede? Se escuchan estruendos. Un anarquista se ata con cadenas a las rejas de la Sociedad Rural. Tardan en desatarlo. Una vergüenza. Otra vez la barbarie. Esto es impresentable. ¿Qué va a decir la prensa extranjera? Para muchos quedará descubierto un dramático decorado, una torpe fachada. Entonces cae la falsa escenografía montada y aparecen los actores de esa otra Argentina profunda. El mundo se entera que la Federación Obrera Regional Argentina había lanzado una huelga general para la semana de mayo realizando una manifestación que reuniría a 70.000 personas. Solo pedían condiciones de trabajo digno y libertad para los presos sociales, entre ellos, Simón Radowitzky, aquel joven anarquista ruso que había asesinado al coronel Ramón Lorenzo Falcón responsable de la matanza de once trabajadores y 105 heridos en la dramática "Semana Roja" de mayo de 1909. Lo cierto es que aquel 13 de mayo de 1910 en el corazón del Centenario se implanta el estado de sitio. Queda en vigencia la pena de muerte para los activistas sindicales, se limita seriamente la acción gremial, se prohíbe explícitamente la propaganda anarquista y el ingreso de extranjeros que hubieran sufrido condenas por motivos políticos.
Así transcurrió aquel "maravilloso" centenario, con la prensa obrera incendiada, censurada, acallada, dos mil trabajadores detenidos, cien deportados y otros cien enterrados en el infierno del penal de Ushuaia.
¿Hace falta decir que somos muchos los que deseamos un bicentenario que sea la contracara de éste?, ¿Qué se piensa festejar? ¿El bicentenario de qué? Todas las fuerzas retrógradas que hicieron del primer centenario un festín triunfal de las clases dirigentes, hoy siguen tratando de acallar voces, reclamos, urgentes reivindicaciones. ¿Es necesario repetir que solo seremos un país cuando haya trabajo, producción, consumo, mercado interno, salud y educación como derecho inalienable y para todos?
Creemos que vale la pena este regreso por la historia para regar de preguntas que dinamicen nuestro presente. Tenemos que elegir qué queremos celebrar. Decía Chesterton que “uno de los extremos más necesarios y más olvidados en relación con esa novela llamada Historia, es el hecho de que no está acabada”.

domingo, 9 de mayo de 2010

Ley de medios: verdades que caben en el ala de un colibrí

(157) sábado 8 de mayo de 2010
La búsqueda de la verdad ha sido una de las obsesiones de los hombres de todos los tiempos. Conocer la verdad, acceder a ella, poseerla. Ser su dueño. Los grandes medios de comunicación se jactaron de decir la verdad, de ser sus servidores y garantes. Vamos a intentar entrarle por este costado a la polémica acerca de la actual ley de medios en nuestro país.
Pregunta básica: ¿Qué es la verdad? Hagamos un viaje a vuelo de pájaro por la historia de las ideas. Miremos a Sócrates para quien la auténtica verdad pasa por el axioma “Conócete a ti mismo”. Platón, sin negar a su maestro, prefiere insistir con que la verdad existía eternamente y que el hombre en la tierra solo la reconoce porque él las recuerda de una existencia previa en la que vivió con ellas. Aristóteles dirá:”Amo a Platón pero más a la verdad”, y concebirá a ésta como algo más terreno. Verdad es la correspondencia entre pensamiento y realidad, la adecuación entre el entendimiento y la cosa. Los medievales, por su parte, pondrán a Dios como fuente de toda verdad. Buscar la verdad que encierra la Santa Biblia, el Santo Grial, el o el Santo Sepulcro. Todo santo, aunque los medios para alcanzar esas verdades no lo fueran tanto.
¿Qué es la verdad? Le había preguntado Pilato a Jesús pocas horas antes de su muerte, y este mantuvo un inquietante silencio.
La modernidad, con su revolución democrática, significará un cambio de modelo o paradigma acerca de lo que es la verdad. A partir de entonces, y por caminos diversos y progresivos, se llegará al convencimiento de que no hay una sola verdad ni una única mirada de las cosas. Hay verdades, e interpretaciones subjetivas de la realidad que percibimos. Por eso es necesario concertar, ponerse de acuerdo, y en todo caso disputar en el terreno de lo político. Esta lógica mata al rey, hace rodar su cabeza, para dar paso a la república como sistema que aspira a la búsqueda de aquellas verdades que sirvan para todos.
Veamos, sin embargo, cómo ésta idea de verdad que propone la modernidad se complejiza en un mundo hipermediatizado por los grandes medios de comunicación y nos enfrenta a desafíos fundamentales. Para Foucault, tal vez el más grande estudioso de la verdad en su relación con el poder, la verdad es justamente aquello que dice el poder. O sea, quien lleva el arma dice la verdad. Si el tipo mide 1 metro 90, y te supera con 60 kilos de puro músculo y tiene tu cuello entre sus manos, dice la verdad. La impone. También quien sale en la televisión, más aún si ganó algún Martín Fierro.
Cualquiera de las construcciones colectivas de sentido estará puesta en jaque por el hecho del manejo del poder, de quién lo detenta y en qué proporción lo maneja.
Aquí está el nudo de la cuestión. Nuestra lectura de cualquier aspecto de la realidad en condición de simples ciudadanos ocupará un espacio de poder mínimo en esa construcción colectiva de interpretaciones. No tendrá ninguna relación nuestra mirada, por ejemplo, con la que brinde Tinelli o con la creación de consenso que pueda generar el Grupo Clarín o La Nación.
Es torpe o miope, entonces, pensar que el actual problema del manejo de la comunicación en Argentina es solo un enfrentamiento caprichoso entre Clarín y los Kirchner. Lo que se está discutiendo en realidad es qué modelo de democracia estamos eligiendo. Si repartimos el poder de los grandes medios, para garantizar cierto acceso a otras voces o seguimos en el camino de las grandes concentraciones monopólicas. Se está poniendo en juego el permiso para difundir las diversas interpretaciones de la realidad o el retorno disfrazado de democracia de aquella vieja idea de los dueños de la verdad que sustentaba la edad media.
Pensemos, ¿Es posible construir otra mirada que no sea la hegemónica, esa que hace décadas imponen los grandes grupos económicos mediáticos?
¿Podemos imaginar la realidad desde nuevos ángulos, y ser capaces de generar visiones alternativas? ¿No es curioso que sean las grandes corporaciones mediáticas quienes hablen de que el periodismo está amordazado?
¿Qué puede discutírsele, con honestidad y sinceridad al hecho de que dos tercios del espectro de radio y televisión puedan quedar en manos del sector público, de organizaciones sociales, de universidades, de cooperativas, de sindicatos? Díganme, ¿Cómo hay que hacer para no estar en contra de que un diario, una radio, un canal abierto, de cable, y lo que se les ocurra, tengan un único dueño? Quien no se oponga a eso, o es el propietario del medio, o participa de la rosca o es un tarado sin solución. ¿Cómo no celebrar de algún modo que el fútbol haya dejado de ser el privilegio de un gueto que ve por que paga, manejado por una corporación de delincuentes? ¿Podemos caer en la torpeza de pensar que apoyar la nueva ley de medios es hacerle el juego al oficialismo y desperdiciar que queden favorecidas nuevas condiciones objetivas de ocupación de espacios?
Existe en América Latina una oposición de derecha cuya dirección ideológica, e incluso política, proviene de los medios de comunicación concentrados de origen privado. Muchos gobiernos cuestionan su oscura legitimidad de origen, la posición dominante que tienen en el mercado y la intencionalidad política mal camuflada por el mentiroso barniz de la “independencia”. Decir que aquí hay una lucha contra la “libertad de prensa” se parece más bien a una joda. No es serio. César Jaroslavsky en los ’80 haciendo referencia a Clarín, decía: “Hay que cuidarse de ese diario. Ataca como partido político y si uno le contesta, se defiende con la libertad de prensa”.
En pocas palabras, la verdad que nosotros intentamos enunciar es casi elemental, cabe en el ala de un colibrí, como diría José Martí: consiste en la necesidad de afirmar la supervivencia de la política como espacio de la sociedad –y no de las corporaciones– para decidir el destino de todos.

1 de Mayo:Estrategias de lucha de los trabajadores a través de los tiempos

(156) Sábado 1 de Mayo de 2010
La esclavitud no se abolió, decía Les Luthiers, se cambió a ocho horas diarias.
Les proponemos en este 1 de Mayo que hagamos una especie de viaje imaginario por el tiempo tomando un muestreo de las principales estrategias de lucha, de resistencia de los trabajadores. Al fin y al cabo este es el sentido profundo de este día.
Abramos el telón.
Escena 1: Año 1810. España. Mi padre era un viejo artesano del telar. Nuestro hogar fue un verdadero taller donde una decena de trabajadores mantenían sus familias con su trabajo. Solo bastaba una pequeña herramienta y el milagro de nuestras manos. Sin embargo por el final de sus días mi padre entró en una ruina que lo llevó a perder su sueño y su única fuente de trabajo. Nunca olvidaré el rostro de impotencia de los viejos dueños de telares a la hora de competir con las pujantes fábricas que iban naciendo.
Con mis hermanos intentamos sacar adelante el taller. Entonces advertimos que la causa del desastre había sido el hecho de la implantación de la máquina de hilar y las máquinas de vapor que paulatinamente fueron haciendo disminuir la necesidad de mano de obra. El milagro de las manos no tuvo más alternativa que abrir el paso a la maldición de la máquina. Se llegó a tal punto que los trabajadores fuimos sustituidos por máquinas. ¿Qué podíamos hacer? Secretamente habíamos escuchado que existía un medio de lucha que consistía en la destrucción de las máquinas. Ludismo, llamaban algunos a ese movimiento obrero de resistencia. La cuestión era expulsar a la máquina moderna del proceso productivo. Supe que estas acciones contra las máquinas fueron el precedente de otras dirigidas, no contra las máquinas, sino contra sus propietarios.
Escena 2: Año 1850. Alemania. Tuvimos que emigrar del campo a la ciudad en condiciones miserables. Vendimos nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario. No tuvimos alternativa, había que dar pan a nuestros hijos. En la ciudad, el dueño del capital determinaba la cantidad de productos a fabricar y se apropiaba de él. Perdimos todo control sobre la producción. Así, de a poco, el patrón se fue haciendo también dueño de nuestras vidas y nuestro destino.
¿Qué hacer para no terminar de entregar lo poco que nos quedaba? Un día descubrimos que teníamos un arma para hacer valer nuestras vidas y nuestro trabajo. Había que aprender a usarla, medir riesgos, organizarse: el boicot.
Escena 3: Estados Unidos de América. Año 1913. Obreros reunidos en una fábrica. Uno de sus dirigentes se dirige a ellos: “El patrón tiene una estrategia clara. Quiere que hagamos más cosas en menos tiempo para ganar más plata. Por eso se propone eliminar lo que considera movimientos inútiles y someternos al indigno control de un cronómetro que mida el tiempo necesario para realizar cada tarea específica. Si perdemos el saber seremos simples repetidores mecánicos de nuestro trabajo. ¿Son conscientes de que de esta manera perdemos poder? A esto ellos le llaman “Organización científica del trabajo”. En realidad solo buscan bajar costos de producción, disminuir salarios, para acrecentar sus ganancias. No entremos en el falso juego de supervisar el trabajo de nuestros compañeros. Si dejamos de mandarnos nosotros mismos

en poco tiempo nos mandará el mercado. ¿Qué tenemos que hacer?, se preguntarán ustedes. Defendamos nuestro trabajo y si es necesario vayamos a la huelga.
Escena 4: Año 1990. Argentina. Provincia de Buenos Aires.
Un diputado de la Nación ante el Congreso reunido expone las razones que fundamentan las nuevas leyes de flexibilización laboral (puede ser peronista o radical, para el caso da lo mismo):“Tenemos que insertarnos definitivamente en el primer mundo. Para eso necesitamos un estado moderno y eficaz que sea capaz de atraer los capitales de los países poderosos y así incentivar nuestra economía. Para eso es necesario, entre otras medidas, flexibilizar tantas leyes laborales obsoletas que solo sirven de obstáculo para la radicación de tales empresas”.
Escena 5. Argentina 1995. Córdoba. Un dirigente sindical de los obreros de la construcción habla a sus compañeros: “Las leyes de flexibilización laboral significan para nosotros, los trabajadores, un claro retroceso en todas las conquistas históricas alcanzadas, precarización de los contratos, supresión de indemnizaciones por despido, salarios con menos básico y más premios por producción, mayor tarea en cada puesto de trabajo, modificación en horario, y hasta reducción en los mismos tiempos de vacaciones. La gravedad de nuestra situación personal se suma al peligroso derrumbe del trabajo industrial. La economía del país quedó en manos de tecnócratas neoliberales y empresas multinacionales. Los sindicatos hemos perdido fuerza organizativa. Muchos se han vendido y negociado con las empresas a espaldas de los compañeros y los pocos que intentan hacer algo están atados por las leyes de flexibilización. ¿Qué podemos hacer?

Se preguntaba Jaques Prevert
“A donde va toda esta sangre derramada
la sangre de los apaleados...
la de los humillados...
la de los suicidas...la de los fusilados...
la de los condenados...”

Hasta aquí llegamos. ¿Qué les parece? ¿Solo nos queda cerrar el telón?

Capaces de imaginar la felicidad

(155) Sábado 24 de abril de 2010
Todas las culturas tuvieron sus sueños e imaginaron sus propias utopías. Desde Sócrates y Platón a los renacentistas Moro y Campanella, hasta los "socialistas utópicos".
Mediante retratos de un mundo ideal, desarrollaron un pensamiento social crítico respecto al orden social existente, un conjunto de ideas sobre la sociedad perfecta tomando distancia del presente para iluminarlo. A veces con dios, otras sin él, toda utopía, a pesar de sus posibles sentidos diversos, implica siempre una visión mediante la cual se aspira a una totalidad superadora de las contradicciones humanas. No en vano utopía significa ningún lugar. Utopía como sublimación de un tiempo final, como protesta que grita que es posible dar un sentido a la existencia humana y dotarla de una justificación que trascienda la propia vida personal
Por eso lo utópico es teleológico, es decir señala un a dónde ir, pretendiendo llenar de sentido la vida.
La simple idea de existir sin proyectar, sin imaginar un futuro mejor, a muchos nos resulta asfixiante. Sin utopía “la vida sería un ensayo para la muerte”, canta Serrat. Y expresa la razón de su amor por ella: “te quiero por que les alborotas el gallinero”. Sí, la utopía desacomoda, revuelve la vida, desarma el presente criticándolo y proponiendo que otro mundo mejor es posible.
Sin embargo, para muchos lo esencial en la vida es ser pragmático, y ajustarse a las exigencias de las circunstancias. Entonces aceptan una cultura que concibe la vida como breves flashes inconexos, sucesión de fragmentos sin direccionalidad preestablecida. Así piensa el mundo el neoliberalismo: murieron las ideologías, solo vale y cuenta este presente, este bloque monolítico intocable, en el cual hay que aprender a desenvolverse con eficacia y habilidad. “La única verdad es la realidad”, podrán decir, disolviendo cualquier intento de vuelo imaginativo que ose interpelar la idea única.
Con utopías o sin ellas, esa es la cuestión. Sin embargo, el riesgo de cualquier utopía, en razón de su mirada totalizadora, es devenir dogmática, y petrificar y sacrificar todo en nombre de ese paraíso, aquella sociedad sin clase, o el otro sueño dorado. “No hay nada más peligroso que una idea cuando se tiene una sola”, decía Alain. La relación entre utopía y totalitarismo es una cuestión importante que necesitamos repensar.
Tal vez lo peculiar y específico del siglo del siglo XX haya sido su locura destructiva: las dos grandes guerras, los campos de exterminio nazis, las terribles hambrunas africanas en el siglo de la abundancia, el genocidio silencioso y permanente del Tercer Mundo… Sería poco menos que absurdo hacer responsable de esto a las cosmovisiones utópicas. Sin embargo es prudente advertir cómo detrás del pensamiento utópico puede aparecer el sueño reaccionario del cierre completo de lo histórico y la creencia en el advenimiento de una sociedad ideal. La utopía puede conectar con el totalitarismo en su tutela de lo homogéneo, lo puro, la estabilidad final; en la creencia de un orden definitivo, en su intento de fijar el futuro. Para eso nada mejor que un líder salvador, especie de mesías que anuncia la llegada del Gran Reino.
¿Cuál es la grandeza de la utopía? Su mirada totalizadora. ¿Cuál es su riesgo y su miseria? Justamente su mirada totalizadora. Por algo decía Adorno “el problema es la totalidad”.
Feinmann en su libro Escritos imprudentes, escribe un último capítulo a modo de conclusión titulado “El horizonte y el abismo”. Allí distingue entre lo que él llama la manoseada utopía para proponer en su reemplazo la idea de horizonte. “La utopía-dice-es una certeza cálida, mansa, desmovilizadora: existía estaba allí, pasara lo que pasase estaría aguardando, solo teníamos que dar los pasos necesarios para acercarnos a ella. El horizonte no es la utopía. El horizonte significa que la praxis de los hombres ha abierto un agujero en el muro del poder, que siempre busca bloquear la historia, congelarla en la modalidad de la dominación. El horizonte no es garantista, la utopía sí”.
Sucede entonces que si el horizonte no otorga seguridades, lo mejor no vendrá si no lo decidimos desde nuestra libertad. Pensar en términos de horizonte significa aceptar la provisoriedad de que no existe ninguna garantía de que el final terminará perfectamente. El futuro no tiene una necesidad interna de concluir bien, lo hará si lo hacemos. No hay seguridades metafísicas ni un curso prefijado de las cosas. El contenido del horizonte no está asegurado. Su final es un final abierto, y por eso Feinmann habla de la posibilidad del abismo.
A esto se refiere Toni Negri cuando dice "Todo encantamiento ha terminado: con ello el reino de la posibilidad reside por entero en nuestras comunes y potentes manos". Pero no ha terminado como querían los neoliberales anunciando el fin de la historia, la derrota de las ideologías y la muerte de los sueños, para mantener este orden de mundo injusto.
El horizonte es transformador, nos orienta hacia lo posible, abre la dimensión de lo nuevo invitándonos a producir más que a reproducir, a caminar lo incierto, más que lo previsible, a singularizar más que a generalizar, a enfrentar la contingencia y no movernos en un mundo de verdades absolutas y a priori, a inventar en vez de tomar lo dado, a historizar en lugar de naturalizar.
De este modo no existe un futuro único, sino futuros posibles, algunos probables, otros deseables, algunos terribles. No se trata entonces de recrear una nueva utopía, ni mucho menos de intentar sostener antiguas ilusiones, sino de atreverse a andar avizorando horizontes y abriendo grietas en el muro del poder.
“Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales, decía Gabriel García Marquez, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad”.