(147) Sábado 28 de Noviembre de 2009
Puede ser un político, un artista, un jugador de fútbol o de tenis. También un profesor, un compañero de estudio o de trabajo, o simplemente el vecino de al lado. En verdad, puede ser cualquiera. La cosa es que el tipo viene hablando. Uno lo escucha. De repente hace una pausa y dice “Nada”, continuando la conversación. “Nada”, vuelve a repetir, sin que venga al caso, como si nada y por nada. Sin sentido aparente o con un sentido oculto emerge la palabra “nada” como expresión mágica.
Sería excesivo sospechar que esta nada dicha así, tenga relación con aquella otra que fue el desvelo de muchos pensadores, o se vincule a esa pregunta con la cual muchos empezamos a jugar por vez primera en cuestiones filosóficas.
La nada a la que nos referimos, es casi un tic, un rictus, una mueca acompañada a veces de un encogimiento de hombros, como quien dice que más da. Entonces enseguida caemos en la cuenta que nadie está pensando en Sócrates y su “Solo sé que no sé nada”, o intentando un elogio existencial de la nada de Sartre como condición de existencia del ser humano y vivencia que nos humaniza a pesar de toda su carga de negatividad, angustia y desesperación. Tampoco alude al vacío como un estado de la mente, anticipo del Nirvana que propone el budismo o a aquella idea de creación de la nada del judaísmo y el cristianismo.
Aquellas nadas estaban, y valga la paradoja, habitadas, eran amenazantes. La nueva es una pobrecita nada, casi inofensiva, banal. Su pretensión es infinitamente modesta, tal vez ni siquiera tenga pretensión alguna. Podríamos decir que “nada” es más bien una expresión vacía de sentido.
Nada como expresión abrupta, que corta una frase, una idea, dejándola inconclusa, y deteniendo el pensamiento. Nada que ni siquiera alcanza para hablar de esas promesas que no valen nada. Nada por perder, nada por ganar y que nada te quite el sueño. De nada. Por nada. En nada. Como si nada. No somos nada. Nada que ocultar. Nada para mostrar. No sabés nada. Nada es casual. Soñar no cuesta nada. Nada es para siempre. No tengo nada que reprocharte, ni nada que decir. Y después de todo, peor es nada…
Nada de esto. La nueva nada parece decir más bien “aquí no pasa nada”. Nada de nada. Y sus defensores dicen nada como si nada.
¿Casualidades del lenguaje? ¿Mera costumbre desprovista de significados? Desde Freud sabemos que las palabras no son inocentes. Tienen un porqué. Queramos o no vienen cargadas de sentido. Freud dice que el psicoanálisis es un tratamiento que actúa desde el alma, que tiene efecto sobre lo físico y anímico y cuyo instrumento es la palabra, a la que atribuye cierta cualidad mágica. “…y las palabras que usamos no son sino magia atenuada”, dice. Magia, porque hace aparecer algo que está oculto o se pretende ocultar; y atenuada porque sugiere, insinúa, sin la contundencia y la espectacularidad de la implacable presencia.
Todo lo que somos, hasta el núcleo más hondo de nuestro ser, nos ha sido impuesto por el lenguaje, aseguran Heidegger, Wittgenstein, Lacan, por solo nombrar a algunos. En materia de lenguaje el uso es lo que manda. Se empieza a hablar de una manera, con acierto o con error, y sucede una suerte de destino lingüístico, entonces los cambios se imponen y entran a formar parte de lo habitual, y volver atrás es muy difícil.
Es la magia de la palabra que trae algo, que se revela preñada de una realidad, que dice acerca de algo. ¿Qué dice nuestra nada tan de moda? ¿que nos trae? Casi nada. Se trata de una palabra light, liviana, reflejo de una cultura de idénticas características.
La cultura light intenta esconder la verdadera realidad. En la construcción, predomina lo ornamental y lo escenográfico: columnas de plástico que nada sostienen, arcos que nada dividen, signos icónicos para dar indicaciones que han sustituido a la palabra escrita. Con idéntica lógica construye también su discurso: Nada por aquí, nada por allá.
Nada como no-lugar. Nada como generadora de una individualidad solitaria y exaltadora de lo efímero.
Este tipo de imagen o palabra superflua, innecesaria, sin intensidad, no produce asombro ni permite conocer nada en profundidad, porque nada refiere en sí, muestra un vacío y una pérdida de sentido. Se acciona constantemente el control remoto y se miran, sin ver, varios programas a la vez, intentando recibir en un corto plazo información de todo y de nada. No es importante detenerse en nada. Estamos en la cultura del desencanto, del fin de las utopías, de la ilusión y los sueños; clausura para la búsqueda de nuevos horizontes.
Nuestra ingenua nada, en realidad, nada tiene de ingenua.
No es que pretendamos que nuestra cultura diga todo en vez de nada. Las totalidades son tan imprescindibles como peligrosas. Necesitan destotalizarse para no volverse dogmáticas. Pero, cómo nos gustaría que al menos empezáramos por decir algo, alguito aunque más no sea, como para comenzar a arrimar brazas a un fuego que no terminamos de encender, y que aún no nos cobija ni nos ilumina.
sábado, 28 de noviembre de 2009
viernes, 20 de noviembre de 2009
Esa Susana que llevamos dentro
(146) 21 de Noviembre de 2009
No aburrida de tanto flash, luces de neón y ungüentos de belleza, por estos días repuntó el rating y se puso a la altura de aquella jornada gloriosa en la que reclamó la pena de muerte. Mezcla de terminator y opinator volvió por más, dispuesta a demostrar que se puede opinar de todo aún siendo idiota, o tal vez por eso mismo. Entonces la farandulización de la seguridad volvió a estar en la cresta.
No es que queremos hablar de Susana, menos aún considerarla enemiga. Un enemigo nos define, dice quién somos, es algo serio. Y Susana nada tiene de serio. Es un ícono triste del fracaso argentino, de nuestra decadencia. Por eso si hablamos de ella es porque necesitamos hablar de nosotros. La diva es tan solo una excusa o un espejo grotesco en el cual nos podemos ver parcialmente reflejados. Tal vez por eso a muchos les atrae verla y escucharla, y por lo mismo a otros nos produce pena y desconsuelo. O sea, el problema no es la Susana de la tele sino esa otra que llevamos dentro dormida, y que la estrella, de tanto en tanto, despierta.
Idiotez y sinceridad son probablemente los dos atributos que explican tanto su éxito como su impunidad. El idiota está vuelto, replegado sobre sí mismo, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de brindar algo a los demás, ofrece un espectáculo que tiene mucho de seducción. En Grecia se llamaba idiota a quien no se metía en política. Pero la idiotez de la diva, no es una idiotez cualquiera, ella es sinceramente idiota. Alguien que pregunta si el dinosaurio que encontraron está vivo, además de estupidez demuestra una sinceridad insuperable. Lo mismo revela su clamor por el regreso de la colimba para “salvar a los chicos del paco”, ignorando que los chicos que consumen paco empiezan a los 8, con lo que al llegar a los cuarteles estarían con el cerebro destrozado. Ni que hablar de la idea de rescatar a los chicos detrás de las paredes que maquinaron los peores tiempos de nuestra historia. Tal vez esta manera de ser cautive a tantos de sus admiradores. Esa manía de abrir la boca varios segundos antes de pensar deja expuesta tanto su idiotez como su sinceridad brutal. Si la sinceridad no siempre es una virtud, la idiotez jamás es inofensiva o neutra. Invariablemente jode a alguien.
Por eso sería un error pensar que lo que ella dijo, dice y dirá son desatinos o disparates irresponsables sin mayores consecuencias. Necesitamos analizar que lógica sostiene un discurso según el cual “aquí hace falta reprimir” y “quien mata debe morir”.
El nudo de la respuesta está en advertir que según su mirada, y la de muchos, hay víctimas y VÍCTIMAS. Nada dirán los susanos, o gusanos –solo una letra de distancia- de las miles de adolescentes que mueren por abortos mal hechos, por falta de insumos en hospitales, por violencia policial, de cáncer producido por los agrotóxicos, o por consumir agua con arsénico; tampoco ayer dijeron nada de las víctimas de la dictadura. Por eso ninguno de los que habitan el limbo de la farándula pide justicia, sino ajusticiamiento. Como payasos grotescos de los nuevos aires conservadores exigen sangre, pero no de cualquier grupo. ¿Cuál es la lógica de este reclamo y su correlativa operación político mediática que termina legitimando que la muerte de una Víctima produzca un alboroto, mientras que las muertes de otros miles pasan inadvertidas?
René Girard sostiene que hay víctimas que cumplen con un rol social: las “víctimas sacrificiales o propiciatorias” y muestra cómo en algunas sociedades la violencia es descargada en sacrificios de animales. A través de la víctima del ritual, la sociedad desvía una violencia que amenaza con lastimarla. La vieja idea del chivo expiatorio o el tacho de basura. En los sistemas rituales judaico o de la Antigüedad clásica, las víctimas son casi siempre animales, mientras que en otros, se sustituyen por seres humanos.
Para que el ritual funcione, la víctima sacrificable debe conservar algún tipo de parecido o semejanza con los miembros de la sociedad a los que suplanta. Por eso una víctima humana siempre será más efectiva que por ejemplo un cordero. Sin embargo la semejanza tampoco deberá ser demasiada, porque de ser así, la violencia circulará con excesiva facilidad y el sacrificio perderá su razón de ser.
Según la lógica del discurso Su, la muerte de una víctima genera un escándalo si se ha descargado sobre una persona que cuenta con atributos que lo asemejan demasiado al grupo que quiere reparar la violencia. El rasgo de semejanza está en que son seres humanos; mientras que la diferencia viene por el hecho de ser culpables no importa de qué. A veces, el ser negro, boliviano o simplemente pobre, es razón más que suficiente.
Dicho en criollo, si le tocan el culo a alguien parecido a ella, por ejemplo Giorgina Barbarrosa, “esto no puede seguir así”. Si acribillan a un pibe de la 31 que consume paco, la diosa continúa urgándose el ombligo. Con esta lógica reclama orden y represión, pero para otros, y en las villas, lejos de los suyos y de Barrio Parque.
Lo que Susana nunca advertirá es que la inseguridad, que tanto temor le despierta, es un tipo de violencia que circula en una clase social sometida a la peor injusticia, la de ser testigo cotidiano de la abundancia y ostentación a la que jamás tendrá acceso. Acumular riquezas en una sociedad desigual tiene su precio. Por eso, si pretendemos exigir seguridad, será honesto contestar esta pregunta: ¿qué hemos hecho para generar una sociedad más justa y más humana?
Susana como un patético espejo de nuestra idiotez real o posible continuará devolviéndonos la imagen de tantos que siguen haciendo de la víctima un culpable, y vomitando su odio de clase hacia la parte más pobre y vulnerable de nuestra sociedad.
No aburrida de tanto flash, luces de neón y ungüentos de belleza, por estos días repuntó el rating y se puso a la altura de aquella jornada gloriosa en la que reclamó la pena de muerte. Mezcla de terminator y opinator volvió por más, dispuesta a demostrar que se puede opinar de todo aún siendo idiota, o tal vez por eso mismo. Entonces la farandulización de la seguridad volvió a estar en la cresta.
No es que queremos hablar de Susana, menos aún considerarla enemiga. Un enemigo nos define, dice quién somos, es algo serio. Y Susana nada tiene de serio. Es un ícono triste del fracaso argentino, de nuestra decadencia. Por eso si hablamos de ella es porque necesitamos hablar de nosotros. La diva es tan solo una excusa o un espejo grotesco en el cual nos podemos ver parcialmente reflejados. Tal vez por eso a muchos les atrae verla y escucharla, y por lo mismo a otros nos produce pena y desconsuelo. O sea, el problema no es la Susana de la tele sino esa otra que llevamos dentro dormida, y que la estrella, de tanto en tanto, despierta.
Idiotez y sinceridad son probablemente los dos atributos que explican tanto su éxito como su impunidad. El idiota está vuelto, replegado sobre sí mismo, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de brindar algo a los demás, ofrece un espectáculo que tiene mucho de seducción. En Grecia se llamaba idiota a quien no se metía en política. Pero la idiotez de la diva, no es una idiotez cualquiera, ella es sinceramente idiota. Alguien que pregunta si el dinosaurio que encontraron está vivo, además de estupidez demuestra una sinceridad insuperable. Lo mismo revela su clamor por el regreso de la colimba para “salvar a los chicos del paco”, ignorando que los chicos que consumen paco empiezan a los 8, con lo que al llegar a los cuarteles estarían con el cerebro destrozado. Ni que hablar de la idea de rescatar a los chicos detrás de las paredes que maquinaron los peores tiempos de nuestra historia. Tal vez esta manera de ser cautive a tantos de sus admiradores. Esa manía de abrir la boca varios segundos antes de pensar deja expuesta tanto su idiotez como su sinceridad brutal. Si la sinceridad no siempre es una virtud, la idiotez jamás es inofensiva o neutra. Invariablemente jode a alguien.
Por eso sería un error pensar que lo que ella dijo, dice y dirá son desatinos o disparates irresponsables sin mayores consecuencias. Necesitamos analizar que lógica sostiene un discurso según el cual “aquí hace falta reprimir” y “quien mata debe morir”.
El nudo de la respuesta está en advertir que según su mirada, y la de muchos, hay víctimas y VÍCTIMAS. Nada dirán los susanos, o gusanos –solo una letra de distancia- de las miles de adolescentes que mueren por abortos mal hechos, por falta de insumos en hospitales, por violencia policial, de cáncer producido por los agrotóxicos, o por consumir agua con arsénico; tampoco ayer dijeron nada de las víctimas de la dictadura. Por eso ninguno de los que habitan el limbo de la farándula pide justicia, sino ajusticiamiento. Como payasos grotescos de los nuevos aires conservadores exigen sangre, pero no de cualquier grupo. ¿Cuál es la lógica de este reclamo y su correlativa operación político mediática que termina legitimando que la muerte de una Víctima produzca un alboroto, mientras que las muertes de otros miles pasan inadvertidas?
René Girard sostiene que hay víctimas que cumplen con un rol social: las “víctimas sacrificiales o propiciatorias” y muestra cómo en algunas sociedades la violencia es descargada en sacrificios de animales. A través de la víctima del ritual, la sociedad desvía una violencia que amenaza con lastimarla. La vieja idea del chivo expiatorio o el tacho de basura. En los sistemas rituales judaico o de la Antigüedad clásica, las víctimas son casi siempre animales, mientras que en otros, se sustituyen por seres humanos.
Para que el ritual funcione, la víctima sacrificable debe conservar algún tipo de parecido o semejanza con los miembros de la sociedad a los que suplanta. Por eso una víctima humana siempre será más efectiva que por ejemplo un cordero. Sin embargo la semejanza tampoco deberá ser demasiada, porque de ser así, la violencia circulará con excesiva facilidad y el sacrificio perderá su razón de ser.
Según la lógica del discurso Su, la muerte de una víctima genera un escándalo si se ha descargado sobre una persona que cuenta con atributos que lo asemejan demasiado al grupo que quiere reparar la violencia. El rasgo de semejanza está en que son seres humanos; mientras que la diferencia viene por el hecho de ser culpables no importa de qué. A veces, el ser negro, boliviano o simplemente pobre, es razón más que suficiente.
Dicho en criollo, si le tocan el culo a alguien parecido a ella, por ejemplo Giorgina Barbarrosa, “esto no puede seguir así”. Si acribillan a un pibe de la 31 que consume paco, la diosa continúa urgándose el ombligo. Con esta lógica reclama orden y represión, pero para otros, y en las villas, lejos de los suyos y de Barrio Parque.
Lo que Susana nunca advertirá es que la inseguridad, que tanto temor le despierta, es un tipo de violencia que circula en una clase social sometida a la peor injusticia, la de ser testigo cotidiano de la abundancia y ostentación a la que jamás tendrá acceso. Acumular riquezas en una sociedad desigual tiene su precio. Por eso, si pretendemos exigir seguridad, será honesto contestar esta pregunta: ¿qué hemos hecho para generar una sociedad más justa y más humana?
Susana como un patético espejo de nuestra idiotez real o posible continuará devolviéndonos la imagen de tantos que siguen haciendo de la víctima un culpable, y vomitando su odio de clase hacia la parte más pobre y vulnerable de nuestra sociedad.
sábado, 14 de noviembre de 2009
A 20 años de la caída del muro: el rey desnudo.
(145) 14 de Noviembre de 2009
Un larguísimo dominó de mil piezas pintado por escolares recorre un extenso trecho que alcanza kilómetro y medio, exactamente la extensión que tenía la pared. Ese símbolo eligieron los germanos para representar la reunificación de las dos Alemanias en el vigésimo aniversario de la caída del Muro. Arne Norek, un berlinés del Este que tenía 17 años en aquel noviembre histórico resumió por estos días la encrucijada del muro: “Cuando pasamos por primera vez al lado Oeste de la ciudad, nos sentíamos como los niños que entran a una juguetería gigante. Todo era tan grande y colorido. Los avisos gigantescos de chocolate Milka, McDonald’s y Mercedes Benz nos hicieron llorar de emoción. La alegría fue corta, sólo duró hasta que nos dimos cuenta de que no teníamos dinero para poder consumir todas estas cosas maravillosas”.
Sin embargo muchos encontraron razones largas para celebrar en esta semana que pasó. No faltaron conferencias, simposios, presentación de libros, arengas libertarias, fuegos de artificios, shows musicales y reiteradas citas de canciones de la legendaria banda Pink Floyd quien habría, dicen, profetizado el derrumbe del Muro. Construido en 1961 intentaba en primera instancia poner fin al éxodo de los alemanes que vivían en la zona oriental, pero como metáfora era la definición clara de un nosotros y ustedes, este y oeste, comunismo vs capitalismo. Su desmoronamiento fue el acontecimiento simbólico del fin de una época.
Personalmente recuerdo que el día de la caída del muro quedé seducido por un análisis que en medio de la euforia general aconsejaba mirar el acontecimiento con mesura y como un hecho dialéctico. Se valía de la imagen de la cinchada. Si uno cae abruptamente en el juego del tironeo, aún sin proponérselo, inducirá inmediatamente al derrumbe del otro, aseguraba. Una secreta esperanza me autorizaba a ver una tenue luz en el final de ese largo túnel en el que se veía resurgir el peor rostro del capitalismo. Entonces vino la era de los flujos financieros con sus paraísos fiscales, los planes de ajuste recetados por el FMI a los gobiernos de los países más pobres, el desmantelamiento del Estado como instrumento de control y regulación de ese mismo capital ahora dispuesto a devorarlo todo para preparar el festín de las bestias. Tiempos de alabanzas a una globalización que permitía la libre circulación de las mercancías y exaltaba valores hiperindividualistas. Un modelo inédito en su capacidad de engendrar desigualdad e injusticia irrumpía ante nuestros ojos como única alternativa. No había otra.
Fin de la historia y muerte de las ideologías anunciaba Fukuyama, disfrazado de filósofo hegeliano, mientras entregaba la corona de triunfo a un capitalismo despojado de cualquier gesto humanitario. La entronización de los “ricos y famosos” se convirtió en el nuevo paradigma y la neutralización de la política reducida a un torpe y mezquino lenguaje empresarial puramente administrativo fueron las dos caras de una misma moneda.
Es que con la caída del muro se naturalizó una nueva visión del mundo, arrasando con tradiciones e identidades político-culturales, ahora reducidas a meras piezas de museo de una historia muerta. Restos de un tiempo acabado. El giro cultural se hizo con el protagonismo de las grandes corporaciones mediáticas valiéndose de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación.
Lo que en los 90 no aparecía tan claro era que toda esta economía se sustentaba en una descomunal burbuja financiera que finalmente terminó por reventar en el corazón del sistema. Cae el muro de Wall Street mientras los poderosos del mundo diseñan estrategias para rescatar a los mercados de esta hecatombe intentando recapitalizar las entidades financieras con el dinero público. Vergonzoso y asqueante: socializar las pérdidas y garantizar la apropiación privada de los beneficios. Como observa Chomsky, para tranquilizar al capital habrá Estado, mucho Estado; de los asalariados ya se hará cargo el mercado.
Semejante rescate financiero es una estrategia desesperada que pretende poner vendas en los ojos de todos para que nadie vea al rey desnudo. “El rey está desnudo”, había gritado aquel niño del cuento de Andersen desenmascarando a aquellos astutos oportunistas que harían un traje tan grandioso a su rey que solo serían capaces de ver quienes fueran inteligentes; los tontos no tendrían tal privilegio. Ese espejismo se está empezando a caer a pedazos. Muchos empiezan a oír al niño que habla de la caída del muro capitalista.
Y empiezan a aparecer algunas voces que para sorpresas de muchos vienen del mismo norte: “La crisis de Wall Street es al fundamentalismo de mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo”, dijo Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía y ex economista del Banco Mundial. “Nos hemos convertido en una república bananera pero con armas atómicas. Estamos gobernados por un conjunto de inoperantes y chiflados” aseguró el economista estadounidense Paul Krugman, columnista estelar del New York Times y flamante Nobel de economía.
La metáfora del muro/los muros quedará como alegoría posible del fin de una época. Pero probablemente el mundo producido por la Guerra Fría no haya terminado a fines del 89; quizá apenas está concluyendo en estos días. En 1989 cayó solo una de sus partes; por estos días, ha comenzado a desmoronarse la otra.
Más elocuente que el larguísimo dominó de mil piezas recorriendo el espacio que ocupaba el muro, hubiera sido la imagen de un rey desnudo. Pero claro, para eso hubiera sido necesario postergar algunos fuegos de artificios y tirar a la basura un montón de discursos berretas.
Un larguísimo dominó de mil piezas pintado por escolares recorre un extenso trecho que alcanza kilómetro y medio, exactamente la extensión que tenía la pared. Ese símbolo eligieron los germanos para representar la reunificación de las dos Alemanias en el vigésimo aniversario de la caída del Muro. Arne Norek, un berlinés del Este que tenía 17 años en aquel noviembre histórico resumió por estos días la encrucijada del muro: “Cuando pasamos por primera vez al lado Oeste de la ciudad, nos sentíamos como los niños que entran a una juguetería gigante. Todo era tan grande y colorido. Los avisos gigantescos de chocolate Milka, McDonald’s y Mercedes Benz nos hicieron llorar de emoción. La alegría fue corta, sólo duró hasta que nos dimos cuenta de que no teníamos dinero para poder consumir todas estas cosas maravillosas”.
Sin embargo muchos encontraron razones largas para celebrar en esta semana que pasó. No faltaron conferencias, simposios, presentación de libros, arengas libertarias, fuegos de artificios, shows musicales y reiteradas citas de canciones de la legendaria banda Pink Floyd quien habría, dicen, profetizado el derrumbe del Muro. Construido en 1961 intentaba en primera instancia poner fin al éxodo de los alemanes que vivían en la zona oriental, pero como metáfora era la definición clara de un nosotros y ustedes, este y oeste, comunismo vs capitalismo. Su desmoronamiento fue el acontecimiento simbólico del fin de una época.
Personalmente recuerdo que el día de la caída del muro quedé seducido por un análisis que en medio de la euforia general aconsejaba mirar el acontecimiento con mesura y como un hecho dialéctico. Se valía de la imagen de la cinchada. Si uno cae abruptamente en el juego del tironeo, aún sin proponérselo, inducirá inmediatamente al derrumbe del otro, aseguraba. Una secreta esperanza me autorizaba a ver una tenue luz en el final de ese largo túnel en el que se veía resurgir el peor rostro del capitalismo. Entonces vino la era de los flujos financieros con sus paraísos fiscales, los planes de ajuste recetados por el FMI a los gobiernos de los países más pobres, el desmantelamiento del Estado como instrumento de control y regulación de ese mismo capital ahora dispuesto a devorarlo todo para preparar el festín de las bestias. Tiempos de alabanzas a una globalización que permitía la libre circulación de las mercancías y exaltaba valores hiperindividualistas. Un modelo inédito en su capacidad de engendrar desigualdad e injusticia irrumpía ante nuestros ojos como única alternativa. No había otra.
Fin de la historia y muerte de las ideologías anunciaba Fukuyama, disfrazado de filósofo hegeliano, mientras entregaba la corona de triunfo a un capitalismo despojado de cualquier gesto humanitario. La entronización de los “ricos y famosos” se convirtió en el nuevo paradigma y la neutralización de la política reducida a un torpe y mezquino lenguaje empresarial puramente administrativo fueron las dos caras de una misma moneda.
Es que con la caída del muro se naturalizó una nueva visión del mundo, arrasando con tradiciones e identidades político-culturales, ahora reducidas a meras piezas de museo de una historia muerta. Restos de un tiempo acabado. El giro cultural se hizo con el protagonismo de las grandes corporaciones mediáticas valiéndose de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación.
Lo que en los 90 no aparecía tan claro era que toda esta economía se sustentaba en una descomunal burbuja financiera que finalmente terminó por reventar en el corazón del sistema. Cae el muro de Wall Street mientras los poderosos del mundo diseñan estrategias para rescatar a los mercados de esta hecatombe intentando recapitalizar las entidades financieras con el dinero público. Vergonzoso y asqueante: socializar las pérdidas y garantizar la apropiación privada de los beneficios. Como observa Chomsky, para tranquilizar al capital habrá Estado, mucho Estado; de los asalariados ya se hará cargo el mercado.
Semejante rescate financiero es una estrategia desesperada que pretende poner vendas en los ojos de todos para que nadie vea al rey desnudo. “El rey está desnudo”, había gritado aquel niño del cuento de Andersen desenmascarando a aquellos astutos oportunistas que harían un traje tan grandioso a su rey que solo serían capaces de ver quienes fueran inteligentes; los tontos no tendrían tal privilegio. Ese espejismo se está empezando a caer a pedazos. Muchos empiezan a oír al niño que habla de la caída del muro capitalista.
Y empiezan a aparecer algunas voces que para sorpresas de muchos vienen del mismo norte: “La crisis de Wall Street es al fundamentalismo de mercado lo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo”, dijo Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía y ex economista del Banco Mundial. “Nos hemos convertido en una república bananera pero con armas atómicas. Estamos gobernados por un conjunto de inoperantes y chiflados” aseguró el economista estadounidense Paul Krugman, columnista estelar del New York Times y flamante Nobel de economía.
La metáfora del muro/los muros quedará como alegoría posible del fin de una época. Pero probablemente el mundo producido por la Guerra Fría no haya terminado a fines del 89; quizá apenas está concluyendo en estos días. En 1989 cayó solo una de sus partes; por estos días, ha comenzado a desmoronarse la otra.
Más elocuente que el larguísimo dominó de mil piezas recorriendo el espacio que ocupaba el muro, hubiera sido la imagen de un rey desnudo. Pero claro, para eso hubiera sido necesario postergar algunos fuegos de artificios y tirar a la basura un montón de discursos berretas.
sábado, 7 de noviembre de 2009
“Negros, sucios y malos”
(144) 7 de Noviembre de 2009
“A veces uno elige de qué lado estar simplemente viendo quiénes están del otro lado” decía Leonard Cohen. El hombre tenía razón. En primer lugar en distinguir lados, eso que nosotros llamamos veredas. En segundo lugar en reconocer que en esos sitios naturalmente se agrupan unos y otros.
Por estos días a algunos les tocó, y no por suerte, ser tapa de los diarios: las acciones de la dirigente aborigen Milagros Salas, los reclamos y piquetes de los tantos que hoy vuelven a las calles, el mismísimo Maradona con su ya famosa frase célebre. Todos ellos nacidos al margen, criados en el barro y en la pobreza impuesta desde arriba. Los sumergidos, hoy copando las primeras planas. Y no es que se nos escape que Maradona hace más de treinta años que ha dejado de ser pobre. Tampoco estamos proponiendo un populismo criollo, que convierta al ídolo en la encarnación de la verdad del pueblo. Pero lo cierto es que su voz sonó a confrontación con el establishment, y eso no se toca ni se perdona. Entonces salieron los del otro lado, los propietarios de la moral y las buenas costumbres a hablar de lenguaje obsceno e hicieron cola para pegarle sin asco. Los mismos que consumen y elogian la pornografía vip de Tinelli y después almuerzan con Mirta y piden la pena de muerte con Susana. Para ellos, la voz de Maradona, no es la misma que la de Reuteman o De Narvaez, aunque diga literalmente lo mismo. Los dichos de ellos no merecen el mismo repudio porque precisamente pertenecen al lado en que el sistema manda estar.
A Milagros Salas, a diferencia de Diego, la fama la alcanzó sin avisar. De un día para otro todos hablan de ella. Podría haber sido reconocida anteriormente tanto sea por su trabajo social al frente de la CTA Jujuy, como por su costado ligado a las prácticas poco democráticas, pero claro, como el queso se corta en Bs. As. tuvo que esperar su turno hasta esta última semana en la que se convirtió en blanco de las acusaciones del Senador radical Morales quien denunció agresiones de parte de la dirigente de la Tupac Amaru.
Mientras tanto, miles de manifestantes de distintas organizaciones de desocupados, ligadas a movimientos sociales del conurbano caminan a contramano del tráfico y de las mismas miradas que antes los invisibilizaron. Marchan para poder ser vistos. Deben molestar para existir. Este es el juego que les propone el sistema y tal vez lo último que les quede por jugar.
"Negros sucios y malos", podría ser la película que anuncian en cada programa de noticias de la radio o la TV cada vez que de estos protagonistas se trata. Parece que en la Argentina somos todos hermanos pero hay quienes tienen que pagar derecho de piso para ser reconocidos como tales. No a todos nos cuesta lo mismo cada palabra dicha o cada paso dado. El precio que hay que pagar varía según el color de piel o el lugar de origen.
Observemos que el sector social que se crispa y reacciona no lo hace tanto por el contenido de lo que se dice o hace sino por quién se atreve. Un racismo disimulado anida bajo la alfombra de la hipocresía, y brota cuando los negros tienen el tupé de decir lo que piensan, de mostrarse tal cual son, de existir.
Entonces grita la voz media, ruge y mide: ¿Cómo puede decir semejante grosería ese drogadicto? ¿Por qué recibe tanto dinero esa india? ¿Qué es esto de que una coya levante barrios con subsidios o planes del estado? Sin embargo cuando los subsidios son para las grandes empresas transnacionales que saquean nuestra patria, ¿qué dice la clase media? ¿por qué callan o dicen verdades a medias?
La clase media mide e interpela: ¿Cómo pueden protestar de esa manera esos pobres? No les basta Cáritas, el Club de Leones, el Rotary y tanta gente buena y bien que los ayuda. A estos grasitas ahora se les ocurre disputar poder.
Medias tintas, verdades a medias: levantan el dedo acusador para condenar a los pobres que protestan porque no tienen sitio donde caerse vivos, pero después celebran y bendicen los cacerolazos de barrio norte o los piquetes del campo. Porque para nuestra clase media y para la mayoría de los medios, los excluidos cortando una calle porteña son un conjunto de negros de mierda que no dejan laburar, mientras los que interrumpen el tránsito por las rutas, regando el suelo con millones de litros de leche, generando desabastecimiento alimentario, sonriendo para la foto con sus aliados políticos, son pobres campesinos a los que no les quedan más alternativa para llamar la atención.
Sí, de un lado están ellos, aquellos de los que Mario Benedetti decía:
Clase media
medio rica
medio culta
entre lo que cree ser y lo que es
media una distancia medio grande
Desde el medio
mira medio mal
En el medio de la nada
medio duda
como todo le atrae
(a medias)
analiza hasta la mitad
todos los hechos
y (medio confundida)
sale a la calle con media cacerola
entonces medio llega a importar
a los que mandan
(medio en las sombras)
a veces, sólo a veces, se da cuenta
(medio tarde)
de que la usaron de peón
en un ajedrez que no comprende
y que nunca la convierte en Reina.
“A veces uno elige de qué lado estar simplemente viendo quiénes están del otro lado” decía Leonard Cohen. El hombre tenía razón. En primer lugar en distinguir lados, eso que nosotros llamamos veredas. En segundo lugar en reconocer que en esos sitios naturalmente se agrupan unos y otros.
Por estos días a algunos les tocó, y no por suerte, ser tapa de los diarios: las acciones de la dirigente aborigen Milagros Salas, los reclamos y piquetes de los tantos que hoy vuelven a las calles, el mismísimo Maradona con su ya famosa frase célebre. Todos ellos nacidos al margen, criados en el barro y en la pobreza impuesta desde arriba. Los sumergidos, hoy copando las primeras planas. Y no es que se nos escape que Maradona hace más de treinta años que ha dejado de ser pobre. Tampoco estamos proponiendo un populismo criollo, que convierta al ídolo en la encarnación de la verdad del pueblo. Pero lo cierto es que su voz sonó a confrontación con el establishment, y eso no se toca ni se perdona. Entonces salieron los del otro lado, los propietarios de la moral y las buenas costumbres a hablar de lenguaje obsceno e hicieron cola para pegarle sin asco. Los mismos que consumen y elogian la pornografía vip de Tinelli y después almuerzan con Mirta y piden la pena de muerte con Susana. Para ellos, la voz de Maradona, no es la misma que la de Reuteman o De Narvaez, aunque diga literalmente lo mismo. Los dichos de ellos no merecen el mismo repudio porque precisamente pertenecen al lado en que el sistema manda estar.
A Milagros Salas, a diferencia de Diego, la fama la alcanzó sin avisar. De un día para otro todos hablan de ella. Podría haber sido reconocida anteriormente tanto sea por su trabajo social al frente de la CTA Jujuy, como por su costado ligado a las prácticas poco democráticas, pero claro, como el queso se corta en Bs. As. tuvo que esperar su turno hasta esta última semana en la que se convirtió en blanco de las acusaciones del Senador radical Morales quien denunció agresiones de parte de la dirigente de la Tupac Amaru.
Mientras tanto, miles de manifestantes de distintas organizaciones de desocupados, ligadas a movimientos sociales del conurbano caminan a contramano del tráfico y de las mismas miradas que antes los invisibilizaron. Marchan para poder ser vistos. Deben molestar para existir. Este es el juego que les propone el sistema y tal vez lo último que les quede por jugar.
"Negros sucios y malos", podría ser la película que anuncian en cada programa de noticias de la radio o la TV cada vez que de estos protagonistas se trata. Parece que en la Argentina somos todos hermanos pero hay quienes tienen que pagar derecho de piso para ser reconocidos como tales. No a todos nos cuesta lo mismo cada palabra dicha o cada paso dado. El precio que hay que pagar varía según el color de piel o el lugar de origen.
Observemos que el sector social que se crispa y reacciona no lo hace tanto por el contenido de lo que se dice o hace sino por quién se atreve. Un racismo disimulado anida bajo la alfombra de la hipocresía, y brota cuando los negros tienen el tupé de decir lo que piensan, de mostrarse tal cual son, de existir.
Entonces grita la voz media, ruge y mide: ¿Cómo puede decir semejante grosería ese drogadicto? ¿Por qué recibe tanto dinero esa india? ¿Qué es esto de que una coya levante barrios con subsidios o planes del estado? Sin embargo cuando los subsidios son para las grandes empresas transnacionales que saquean nuestra patria, ¿qué dice la clase media? ¿por qué callan o dicen verdades a medias?
La clase media mide e interpela: ¿Cómo pueden protestar de esa manera esos pobres? No les basta Cáritas, el Club de Leones, el Rotary y tanta gente buena y bien que los ayuda. A estos grasitas ahora se les ocurre disputar poder.
Medias tintas, verdades a medias: levantan el dedo acusador para condenar a los pobres que protestan porque no tienen sitio donde caerse vivos, pero después celebran y bendicen los cacerolazos de barrio norte o los piquetes del campo. Porque para nuestra clase media y para la mayoría de los medios, los excluidos cortando una calle porteña son un conjunto de negros de mierda que no dejan laburar, mientras los que interrumpen el tránsito por las rutas, regando el suelo con millones de litros de leche, generando desabastecimiento alimentario, sonriendo para la foto con sus aliados políticos, son pobres campesinos a los que no les quedan más alternativa para llamar la atención.
Sí, de un lado están ellos, aquellos de los que Mario Benedetti decía:
Clase media
medio rica
medio culta
entre lo que cree ser y lo que es
media una distancia medio grande
Desde el medio
mira medio mal
En el medio de la nada
medio duda
como todo le atrae
(a medias)
analiza hasta la mitad
todos los hechos
y (medio confundida)
sale a la calle con media cacerola
entonces medio llega a importar
a los que mandan
(medio en las sombras)
a veces, sólo a veces, se da cuenta
(medio tarde)
de que la usaron de peón
en un ajedrez que no comprende
y que nunca la convierte en Reina.
sábado, 31 de octubre de 2009
La duda o el arte de cuestionar lo incuestionable
(143) Sábado 31 de octubre de 2009
Existen diversos esquemas de interpretación de la historia. Entre tantos, hay uno en particular que se presenta como un desafío o juego que nos entrega una llave o clave secreta para entender en profundidad una época o un tiempo: se trata de observar aquello que no está dicho o ni siquiera es pensado o imaginado. Examinar esas preguntas que nadie se hace porque no caben o no entran dentro de la visión de mundo que se sustenta. Eso que aparece como incuestionable, inamovible, define el modo de ser de una época. Por ejemplo, quien pretenda comprender la Edad Media deberá saber que allí no es posible pensar el mundo sin Dios. La divinidad es el centro de la vida de aquellos 1000 años de historia. Imaginar una realidad lejos de su mirada escapa del horizonte de posibilidad para el hombre medieval.
Qué es lo incuestionable hoy, podría ser la pregunta que nos ayude a entender en profundidad quienes somos, que nos pasa, y por qué nos pasa. Desde ese anagrama es posible descifrar nuestro tiempo. Cuestionar lo incuestionable, o al menos explicitarlo.
Hegel, definía a Descartes como un “héroe del pensamiento”, sencillamente por el hecho de que se había atrevido a dudar de aquello que se había decretado como inamovible. Por eso enseñaba:”Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”.
Hoy la duda puede ser el comienzo de un camino. No la duda escéptica o descreída para quien vale lo mismo cualquier cosa. Hablo de esa duda que corroe el orden mandado, que se convierte en interpelación, que es capaz de meter signos de interrogación a esa mole de ideas y creencias petrificantes. Para Borges “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”. Y Oscar Wilde decía “Hablan mucho de la belleza de la certidumbre como si ignorasen la belleza sutil de la duda. Creer es muy monótono; la duda es apasionante”.
¿Por dónde entrarle a toda esa maraña de datos e informaciones de un mundo cada vez más escurridizo? ¿Por dónde encontrar la punta del ovillo que nos permita desenredar esta realidad para poder verla en toda su extensión? Miremos aquello que aparece como indiscutible o irrefutable, ahí puede estar la clave.
Hace unos años circulaba un chiste que era fiel reflejo del clima que se respiraba en el país: “¿qué te gustaría ser cuando seas grande? Extranjero”, era la respuesta lacónica. Tan irónico como genial, el inglés Chesterton iba más lejos aún, cuando decía que todo hombre tiene derecho a no ser contemporáneo. Si ser extranjero deja abierta al menos la posibilidad del exilio, renunciar a ser contemporáneo significa quedarse sin mundo, sin presente, criticarlo todo más allá de parciales tiempos y geografías.
Es posible construir una mirada desde afuera, que no se deje arrastrar por la visión global que imponen los medios, ni se adapte a lo establecido, a lo determinado o a lo que se cree natural.
Por solo poner algunos ejemplos: ¿No nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad en donde la educación funciona como negocio, los medicamentos como mercancía, la pobreza como parte del paisaje? ¿No hemos naturalizado aquella idea de la política como herramienta al servicio de los poderosos, la democracia como esa inevitable espera de tener que depositar de tanto en tanto el voto en una urna? ¿No damos por supuesto que el capitalismo es la única alternativa para organizarnos como sociedad?
Renunciar a ser contemporáneos. Tal vez esta mirada extemporánea y hasta foránea de los tiempos que corren, no tenga que ver con mapas ni almanaques. Se funda en principios inalterables de la vida de los hombres y mujeres que caminamos por este mundo al revés. Elegir ese camino tiene su precio. Dudar nos convierte en enemigos del orden. Y a pocos les cae esto de caminar a contramano de una era que marcha sonámbula hacia un destino que ni siquiera se atreve a elegir.
Existen diversos esquemas de interpretación de la historia. Entre tantos, hay uno en particular que se presenta como un desafío o juego que nos entrega una llave o clave secreta para entender en profundidad una época o un tiempo: se trata de observar aquello que no está dicho o ni siquiera es pensado o imaginado. Examinar esas preguntas que nadie se hace porque no caben o no entran dentro de la visión de mundo que se sustenta. Eso que aparece como incuestionable, inamovible, define el modo de ser de una época. Por ejemplo, quien pretenda comprender la Edad Media deberá saber que allí no es posible pensar el mundo sin Dios. La divinidad es el centro de la vida de aquellos 1000 años de historia. Imaginar una realidad lejos de su mirada escapa del horizonte de posibilidad para el hombre medieval.
Qué es lo incuestionable hoy, podría ser la pregunta que nos ayude a entender en profundidad quienes somos, que nos pasa, y por qué nos pasa. Desde ese anagrama es posible descifrar nuestro tiempo. Cuestionar lo incuestionable, o al menos explicitarlo.
Hegel, definía a Descartes como un “héroe del pensamiento”, sencillamente por el hecho de que se había atrevido a dudar de aquello que se había decretado como inamovible. Por eso enseñaba:”Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”.
Hoy la duda puede ser el comienzo de un camino. No la duda escéptica o descreída para quien vale lo mismo cualquier cosa. Hablo de esa duda que corroe el orden mandado, que se convierte en interpelación, que es capaz de meter signos de interrogación a esa mole de ideas y creencias petrificantes. Para Borges “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”. Y Oscar Wilde decía “Hablan mucho de la belleza de la certidumbre como si ignorasen la belleza sutil de la duda. Creer es muy monótono; la duda es apasionante”.
¿Por dónde entrarle a toda esa maraña de datos e informaciones de un mundo cada vez más escurridizo? ¿Por dónde encontrar la punta del ovillo que nos permita desenredar esta realidad para poder verla en toda su extensión? Miremos aquello que aparece como indiscutible o irrefutable, ahí puede estar la clave.
Hace unos años circulaba un chiste que era fiel reflejo del clima que se respiraba en el país: “¿qué te gustaría ser cuando seas grande? Extranjero”, era la respuesta lacónica. Tan irónico como genial, el inglés Chesterton iba más lejos aún, cuando decía que todo hombre tiene derecho a no ser contemporáneo. Si ser extranjero deja abierta al menos la posibilidad del exilio, renunciar a ser contemporáneo significa quedarse sin mundo, sin presente, criticarlo todo más allá de parciales tiempos y geografías.
Es posible construir una mirada desde afuera, que no se deje arrastrar por la visión global que imponen los medios, ni se adapte a lo establecido, a lo determinado o a lo que se cree natural.
Por solo poner algunos ejemplos: ¿No nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad en donde la educación funciona como negocio, los medicamentos como mercancía, la pobreza como parte del paisaje? ¿No hemos naturalizado aquella idea de la política como herramienta al servicio de los poderosos, la democracia como esa inevitable espera de tener que depositar de tanto en tanto el voto en una urna? ¿No damos por supuesto que el capitalismo es la única alternativa para organizarnos como sociedad?
Renunciar a ser contemporáneos. Tal vez esta mirada extemporánea y hasta foránea de los tiempos que corren, no tenga que ver con mapas ni almanaques. Se funda en principios inalterables de la vida de los hombres y mujeres que caminamos por este mundo al revés. Elegir ese camino tiene su precio. Dudar nos convierte en enemigos del orden. Y a pocos les cae esto de caminar a contramano de una era que marcha sonámbula hacia un destino que ni siquiera se atreve a elegir.
lunes, 26 de octubre de 2009
Rondas
(142) Sábado 24 de Octubre de 2009
Sábado por la tarde y hay revuelo en la plaza. Pancartas, redoblantes, payasos, alboroto de gente. Algunos reparten volantes. “Pretendemos que la Peña El Ceibo, un lugar que hoy está en ruinas, vuelva a ser un espacio de encuentro, de participación, un centro cultural, donde funcionen talleres artísticos, recreativos, y también podamos organizar espectáculos”.
Se trata de la Ronda cultural, una agrupación que se propone la recuperación de un lugar que signifique cultura para todos.
Ronda cultural, sugestivo nombre. La ronda nos iguala, es circular, rompe con la jerarquía, borra cabeceras y lugares de principalidad. Si hay ronda, la vida circula, va y viene, no se queda quieta, mueve y demanda movimiento. Como otras agrupaciones alternativas que corren por estos tiempos, se propone recrear espacios culturales, dinamizarlos, refundarlos, con la certeza de que la cultura no se distribuye, sobre todo cuando es cultura popular.
Tarea difícil esta de precisar qué es la cultura popular, de establecer sus perfiles. Y siempre el riesgo de intentar definiciones que abrumen y atranquen el verdadero saber sumergiéndonos en un mar de abstracciones, para decir poco y nada. Por eso prefiero asociar cultura a identidad, por ejemplo. Meter la cuestión en ese horno donde las papas queman y volver a hablar de cultura hegemónica y periférica, de dominadores y dominados. Es cierto que cultura es lo que se "respira", lo que transmiten los comportamientos de las personas, el modo de vincularnos con los demás y las cosas, lo que elegimos hacer y ser, así como lo que no elegimos. Pero todo esto supone distinguir actores y roles protagónicos, libretos y escenarios, para optar y tomar partido.
Celebro todas las expresiones que nacen desde abajo, sin aparato y sin cartel, y empiezan a decirnos cosas, a tomar la palabra en serio y a publicar en voz alta su presencia. Expresiones que brotan atomizadas, inevitablemente fragmentadas, inventadas o reinventadas, necesariamente anárquicas, y que se diseminan lentamente y por debajo, como las brazas que queman sin grandes llamaradas.
¿Qué lectura hacer de estos movimientos? ¿Porqué surgen, así tan espontáneos y multifacéticos, tan obstinados y pujantes? ¿Qué piden esencialmente, qué reclaman? ¿Qué ponen al desnudo, qué denuncian? Su pretensión de grupos alternativos, ¿no deja entrever un rechazo evidente a algo que presienten como una imposición desde arriba? Por eso también objetan y hasta impugnan lo institucional, y aunque a veces requieran su apoyo, no aceptan tutela alguna y menos ser considerados como números.
Quieren ser protagonistas en un mundo que les ofrece poco y nada, y no admiten ser meros espectadores pasivos de una imposición cultural que baja desde lo alto con el tradicional gesto ampuloso de los dueños de la cultura, aquellos que torpemente pretenden distribuirla creyéndose señores de la misma. Por eso se resisten a aquellas prácticas destinadas a producir ese ciudadano complaciente, manso y adormecido que requiere el modelo. El constituirse en sujeto central de un quehacer cultural de grupo, colectivo, con otros y para otros, significa bajarse definitivamente de ese balcón inmaculado por el que nos enseñaron a contemplar la vida, e ir en procura del barro de la historia para recuperar la dignidad perdida.
Esta voluntad cultural, al no querer someterse al papel que el sistema les asigna, se convierte necesariamente en voluntad política, es decir significa una toma de posición acerca de la pregunta que responda quiénes somos nosotros y ellos.
Entiendo que esta nueva identidad no puede hacerse presente sino a través de la negación de la cultura dominante, y la proposición de un nuevo proyecto cultural, que ponga en juego otros valores, otros contenidos, otras maneras. De esta forma es cómo lo popular se ha ido abriendo paso a lo largo de nuestra historia, perforando las capas sofocantes de la ideología que pretende mandar e imponer.
¿Por qué sólo consumir, si se puede también producir? ,es la pregunta que se hacen algunos que van despertando. ¿Qué cultura es esta que propone como paradigma la competencia, el sálvese quien pueda y la sobrevivencia del más apto como ley social? ¿Cuál deberá ser la contracultura, la otra cara, la vereda de enfrente de este modelo depredador? ¿Por qué esperar un "después" si podemos empezar ahora? parecen decirnos tantas agrupaciones que silenciosamente van apareciendo en escena.
Sería imperdonable en este análisis subestimar los residuos de la cultura que gestó la dictadura. Con su modelo de exclusión, y marginación de los sectores explotados, sigue reinstaurando una especie de religión popular que se llama consumo y que en el altar de la eficiencia sacrifica cada día a los más pobres en nombre de un nuevo dios: el poder y el dinero.
El cronista chileno Pedro Lemebel en el Congreso de la Cultura en movimiento decía bellamente: «No les ofrezco el cielo, porque sé que los ángeles aburren. Tampoco un carrete interminable, porque el bolsillo roto de esta izquierda no da para tanto. Tal vez sólo un lugar digno donde podamos respirar libertad, justicia y oportunidades sin besarle el culo a nadie.»
Alguien podrá objetar “Ya hace un tiempo vimos otros protagonismos que después pasaron”. Sin embargo, cuando las acciones brotan de esa zona que tienen que ver con la dignidad del hombre llegan para quedarse. No se pierden nunca. Iluminarán otros protagonismos y serán a un mismo tiempo anticipo de futuro, utopía en acción, soñar despiertos.
Sábado por la tarde y hay revuelo en la plaza. Pancartas, redoblantes, payasos, alboroto de gente. Algunos reparten volantes. “Pretendemos que la Peña El Ceibo, un lugar que hoy está en ruinas, vuelva a ser un espacio de encuentro, de participación, un centro cultural, donde funcionen talleres artísticos, recreativos, y también podamos organizar espectáculos”.
Se trata de la Ronda cultural, una agrupación que se propone la recuperación de un lugar que signifique cultura para todos.
Ronda cultural, sugestivo nombre. La ronda nos iguala, es circular, rompe con la jerarquía, borra cabeceras y lugares de principalidad. Si hay ronda, la vida circula, va y viene, no se queda quieta, mueve y demanda movimiento. Como otras agrupaciones alternativas que corren por estos tiempos, se propone recrear espacios culturales, dinamizarlos, refundarlos, con la certeza de que la cultura no se distribuye, sobre todo cuando es cultura popular.
Tarea difícil esta de precisar qué es la cultura popular, de establecer sus perfiles. Y siempre el riesgo de intentar definiciones que abrumen y atranquen el verdadero saber sumergiéndonos en un mar de abstracciones, para decir poco y nada. Por eso prefiero asociar cultura a identidad, por ejemplo. Meter la cuestión en ese horno donde las papas queman y volver a hablar de cultura hegemónica y periférica, de dominadores y dominados. Es cierto que cultura es lo que se "respira", lo que transmiten los comportamientos de las personas, el modo de vincularnos con los demás y las cosas, lo que elegimos hacer y ser, así como lo que no elegimos. Pero todo esto supone distinguir actores y roles protagónicos, libretos y escenarios, para optar y tomar partido.
Celebro todas las expresiones que nacen desde abajo, sin aparato y sin cartel, y empiezan a decirnos cosas, a tomar la palabra en serio y a publicar en voz alta su presencia. Expresiones que brotan atomizadas, inevitablemente fragmentadas, inventadas o reinventadas, necesariamente anárquicas, y que se diseminan lentamente y por debajo, como las brazas que queman sin grandes llamaradas.
¿Qué lectura hacer de estos movimientos? ¿Porqué surgen, así tan espontáneos y multifacéticos, tan obstinados y pujantes? ¿Qué piden esencialmente, qué reclaman? ¿Qué ponen al desnudo, qué denuncian? Su pretensión de grupos alternativos, ¿no deja entrever un rechazo evidente a algo que presienten como una imposición desde arriba? Por eso también objetan y hasta impugnan lo institucional, y aunque a veces requieran su apoyo, no aceptan tutela alguna y menos ser considerados como números.
Quieren ser protagonistas en un mundo que les ofrece poco y nada, y no admiten ser meros espectadores pasivos de una imposición cultural que baja desde lo alto con el tradicional gesto ampuloso de los dueños de la cultura, aquellos que torpemente pretenden distribuirla creyéndose señores de la misma. Por eso se resisten a aquellas prácticas destinadas a producir ese ciudadano complaciente, manso y adormecido que requiere el modelo. El constituirse en sujeto central de un quehacer cultural de grupo, colectivo, con otros y para otros, significa bajarse definitivamente de ese balcón inmaculado por el que nos enseñaron a contemplar la vida, e ir en procura del barro de la historia para recuperar la dignidad perdida.
Esta voluntad cultural, al no querer someterse al papel que el sistema les asigna, se convierte necesariamente en voluntad política, es decir significa una toma de posición acerca de la pregunta que responda quiénes somos nosotros y ellos.
Entiendo que esta nueva identidad no puede hacerse presente sino a través de la negación de la cultura dominante, y la proposición de un nuevo proyecto cultural, que ponga en juego otros valores, otros contenidos, otras maneras. De esta forma es cómo lo popular se ha ido abriendo paso a lo largo de nuestra historia, perforando las capas sofocantes de la ideología que pretende mandar e imponer.
¿Por qué sólo consumir, si se puede también producir? ,es la pregunta que se hacen algunos que van despertando. ¿Qué cultura es esta que propone como paradigma la competencia, el sálvese quien pueda y la sobrevivencia del más apto como ley social? ¿Cuál deberá ser la contracultura, la otra cara, la vereda de enfrente de este modelo depredador? ¿Por qué esperar un "después" si podemos empezar ahora? parecen decirnos tantas agrupaciones que silenciosamente van apareciendo en escena.
Sería imperdonable en este análisis subestimar los residuos de la cultura que gestó la dictadura. Con su modelo de exclusión, y marginación de los sectores explotados, sigue reinstaurando una especie de religión popular que se llama consumo y que en el altar de la eficiencia sacrifica cada día a los más pobres en nombre de un nuevo dios: el poder y el dinero.
El cronista chileno Pedro Lemebel en el Congreso de la Cultura en movimiento decía bellamente: «No les ofrezco el cielo, porque sé que los ángeles aburren. Tampoco un carrete interminable, porque el bolsillo roto de esta izquierda no da para tanto. Tal vez sólo un lugar digno donde podamos respirar libertad, justicia y oportunidades sin besarle el culo a nadie.»
Alguien podrá objetar “Ya hace un tiempo vimos otros protagonismos que después pasaron”. Sin embargo, cuando las acciones brotan de esa zona que tienen que ver con la dignidad del hombre llegan para quedarse. No se pierden nunca. Iluminarán otros protagonismos y serán a un mismo tiempo anticipo de futuro, utopía en acción, soñar despiertos.
Lealtades
Sábado 17 de Octubre de 2009
En el día de la lealtad se vuelve incierta aquella sentencia de William Shakespeare asegurando que “la lealtad tiene un corazón tranquilo”.
Varios dirigentes a la cabeza de diversas agrupaciones montan sus actos
respectivos, pretendiendo ser los auténticos continuadores del espíritu de aquel
17 de octubre de 1945. Entonces nos asalta la pregunta, ¿lealtad a qué y a quién? Olvidados de su líder, quien les había enseñado que su único heredero sería el pueblo, disputan banalmente el privilegio que otorga el sentirse los auténticos depositarios del mensaje, la réplica exacta, los puros y probados discípulos.
Habrá otras consignas, otros estribillos. Nadie podrá gritar como entonces “sin galera y sin bastón… los muchachos de Perón”. Y no es porque falten cabecitas, descamisados, negros, despreciados, o aquello que Scalabrini Ortiz llamara “el subsuelo de la Patria sublevado”. Hoy ese subsuelo está, pero no se subleva. Está, pero no ya con ese grito insurrecto y rebelde de aquellos miles y miles de trabajadores que desde la media mañana de aquel día histórico recorrerían las calles de Buenos Aires en decidida marcha hacia la Plaza de Mayo.
"Déjense de joder con Perón", decía el gran Agustín Tosco, invitando a poner la mirada en lo que para él era esencial: el despertar de un pueblo que reclamaba por sus derechos y que estaba dispuesto a enfrentar a los poderes que lo sojuzgaban.
Existe un antagonismo en el peronismo de difícil resolución. En su esencia, este movimiento, como un conglomerado de antagónicos e irreconciliables intereses, ¿se mueve dentro de la lógica capitalista o enfrenta tal concepción? El pueblo que aquel 17 clamaba por su líder, ¿estaba rechazando un modelo que lo oprimía o solo pedía algo de justicia y un líder que los condujera?
En sus Escritos imprudentes Feinmann nos trae veinte jugosas escenas de la vida peronista y en dos de ellas plantea este dilema clave:
Escena 4 Interior Bolsa de Comercio de Buenos Aires
El coronel Perón pronuncia un discurso ante importantes empresarios.
Dice: -Pronto se verá que no solo no somos enemigos del capital, sino que somos sus verdaderos amigos.
Interpretación de la escena: El peronismo es capitalista.
Escena 5 Exterior Plaza de Mayo. Se festeja el 17 de Octubre, fecha fundacional del movimiento. El general Perón sale al balcón de la Plaza de Mayo.
Alza sus brazos, saluda. El pueblo, con fervor, canta la marcha partidaria:
“Por ese gran argentino
que se supo conquistar
a la gran masa del pueblo
combatiendo al capital”.
El general continúa alzando sus brazos. Saluda. Sonríe.
Interpretación de la escena: El peronismo es anticapitalista.
¿En qué quedamos? Si se comparan las declaraciones de Perón sobre el “Capital Extranjero” realizadas en 1946, respecto a la marcha del Partido Peronista se observarán claras contradicciones. Pretender dilucidar desde esta paradoja qué es exactamente el peronismo puede hacernos equivocar el ángulo de mirada o encuadre y situarnos en una dialéctica falsa que no nos sirva como esquema de interpretación histórica y menos aún ilumine los tiempos que corren. ¿Es legítimo pensar que el peronismo es todo eso junto y a un mismo tiempo? Decir esto, ¿es una coartada fácil y excesivamente simplista, más allá de la parcela de verdad que tal afirmación pueda encerrar? Ciertamente el peronismo, históricamente tuvo mucho de oportunismo, de sentido pragmático en su afán de acumulación de poder. Podríamos con un poco de ironía hasta interpretar que en definitiva, el dilema capitalismo-no capitalismo no es tal y que en todo caso la emblemática marcha dice claramente que Perón, combatiendo al capital se ganó a la gran masa del pueblo. O sea, el objetivo sería ganar a la gran masa. Una vez logrado esto, tendría cancha libre para hacerse amigo del capital que antes supuestamente enfrentó. Pero probablemente estemos eludiendo y simplificando peligrosamente el problema.
Plantear y dilucidar esta cuestión en los tiempos que corren puede hasta parecer anacrónico e inconducente ya que hoy por hoy la realidad y el capitalismo coinciden. Por fuera de él, poco y nada. La tesis que afirma la coincidencia entre realidad y capitalismo es una tesis histórica, filosófica y política que ciertamente habrá que discutir, pero que se ha convertido en parte de la cultura política hegemónica. Nuestra entrada en la época global es un hecho histórico incuestionable. El pragmatismo, la devaluación de la política misma, el vaciar de contenido toda idea transformadora, son los rostros que exhibe esta postmodernidad capitalista.
Scioli, diciendo que el peronismo hoy está llamado a “seducir al capital” resulta patético. Su postura no es más que la reafirmación de la hipótesis de la coincidencia entre capitalismo y realidad e invalida una pregunta fundamental: ¿es posible intervenir políticamente de un modo crítico y substancial en una época pospolítica, que parece haber cercado toda tentativa de verdadera transformación social?
Algunas de estas preguntas se las hacía el filosofo Santiago Lopez Petit, para quien la actual manera de concebir la política se aproxima a una especie de terapia intensiva ya que su función consiste en mantenernos con el mínimo de vida. La vida dedicada a seguir viviendo, “aguantar”, que significa funcionar como piezas de esta movilización loca en la que se (auto) reproduce esa obviedad que es el capitalismo.
Hoy, la historia no pasa junto a nosotros acariciándonos suavemente, como sentía Sacalabrini Ortiz. Corren tiempos de vientos mezquinos, mezclados con escepticismo e indiferencia. Y son pocos quienes se cuestionan si el peronismo combate o no el capital. Y la lealtad, que ya no tiene un corazón tranquilo, pasea a sus dirigentes por una pasarela frívola exhibiendo rostros y discursos más preocupados por la rapiña y esa miserable pretensión de ser por un rato los dueños del legado y el escenario de este 17 que por salir al rescate de lo mucho que todavía sigue en juego. Y la sonrisa que ensayan para la foto no oculta el flamear de tantas banderas rotas y traicionadas.
En el día de la lealtad se vuelve incierta aquella sentencia de William Shakespeare asegurando que “la lealtad tiene un corazón tranquilo”.
Varios dirigentes a la cabeza de diversas agrupaciones montan sus actos
respectivos, pretendiendo ser los auténticos continuadores del espíritu de aquel
17 de octubre de 1945. Entonces nos asalta la pregunta, ¿lealtad a qué y a quién? Olvidados de su líder, quien les había enseñado que su único heredero sería el pueblo, disputan banalmente el privilegio que otorga el sentirse los auténticos depositarios del mensaje, la réplica exacta, los puros y probados discípulos.
Habrá otras consignas, otros estribillos. Nadie podrá gritar como entonces “sin galera y sin bastón… los muchachos de Perón”. Y no es porque falten cabecitas, descamisados, negros, despreciados, o aquello que Scalabrini Ortiz llamara “el subsuelo de la Patria sublevado”. Hoy ese subsuelo está, pero no se subleva. Está, pero no ya con ese grito insurrecto y rebelde de aquellos miles y miles de trabajadores que desde la media mañana de aquel día histórico recorrerían las calles de Buenos Aires en decidida marcha hacia la Plaza de Mayo.
"Déjense de joder con Perón", decía el gran Agustín Tosco, invitando a poner la mirada en lo que para él era esencial: el despertar de un pueblo que reclamaba por sus derechos y que estaba dispuesto a enfrentar a los poderes que lo sojuzgaban.
Existe un antagonismo en el peronismo de difícil resolución. En su esencia, este movimiento, como un conglomerado de antagónicos e irreconciliables intereses, ¿se mueve dentro de la lógica capitalista o enfrenta tal concepción? El pueblo que aquel 17 clamaba por su líder, ¿estaba rechazando un modelo que lo oprimía o solo pedía algo de justicia y un líder que los condujera?
En sus Escritos imprudentes Feinmann nos trae veinte jugosas escenas de la vida peronista y en dos de ellas plantea este dilema clave:
Escena 4 Interior Bolsa de Comercio de Buenos Aires
El coronel Perón pronuncia un discurso ante importantes empresarios.
Dice: -Pronto se verá que no solo no somos enemigos del capital, sino que somos sus verdaderos amigos.
Interpretación de la escena: El peronismo es capitalista.
Escena 5 Exterior Plaza de Mayo. Se festeja el 17 de Octubre, fecha fundacional del movimiento. El general Perón sale al balcón de la Plaza de Mayo.
Alza sus brazos, saluda. El pueblo, con fervor, canta la marcha partidaria:
“Por ese gran argentino
que se supo conquistar
a la gran masa del pueblo
combatiendo al capital”.
El general continúa alzando sus brazos. Saluda. Sonríe.
Interpretación de la escena: El peronismo es anticapitalista.
¿En qué quedamos? Si se comparan las declaraciones de Perón sobre el “Capital Extranjero” realizadas en 1946, respecto a la marcha del Partido Peronista se observarán claras contradicciones. Pretender dilucidar desde esta paradoja qué es exactamente el peronismo puede hacernos equivocar el ángulo de mirada o encuadre y situarnos en una dialéctica falsa que no nos sirva como esquema de interpretación histórica y menos aún ilumine los tiempos que corren. ¿Es legítimo pensar que el peronismo es todo eso junto y a un mismo tiempo? Decir esto, ¿es una coartada fácil y excesivamente simplista, más allá de la parcela de verdad que tal afirmación pueda encerrar? Ciertamente el peronismo, históricamente tuvo mucho de oportunismo, de sentido pragmático en su afán de acumulación de poder. Podríamos con un poco de ironía hasta interpretar que en definitiva, el dilema capitalismo-no capitalismo no es tal y que en todo caso la emblemática marcha dice claramente que Perón, combatiendo al capital se ganó a la gran masa del pueblo. O sea, el objetivo sería ganar a la gran masa. Una vez logrado esto, tendría cancha libre para hacerse amigo del capital que antes supuestamente enfrentó. Pero probablemente estemos eludiendo y simplificando peligrosamente el problema.
Plantear y dilucidar esta cuestión en los tiempos que corren puede hasta parecer anacrónico e inconducente ya que hoy por hoy la realidad y el capitalismo coinciden. Por fuera de él, poco y nada. La tesis que afirma la coincidencia entre realidad y capitalismo es una tesis histórica, filosófica y política que ciertamente habrá que discutir, pero que se ha convertido en parte de la cultura política hegemónica. Nuestra entrada en la época global es un hecho histórico incuestionable. El pragmatismo, la devaluación de la política misma, el vaciar de contenido toda idea transformadora, son los rostros que exhibe esta postmodernidad capitalista.
Scioli, diciendo que el peronismo hoy está llamado a “seducir al capital” resulta patético. Su postura no es más que la reafirmación de la hipótesis de la coincidencia entre capitalismo y realidad e invalida una pregunta fundamental: ¿es posible intervenir políticamente de un modo crítico y substancial en una época pospolítica, que parece haber cercado toda tentativa de verdadera transformación social?
Algunas de estas preguntas se las hacía el filosofo Santiago Lopez Petit, para quien la actual manera de concebir la política se aproxima a una especie de terapia intensiva ya que su función consiste en mantenernos con el mínimo de vida. La vida dedicada a seguir viviendo, “aguantar”, que significa funcionar como piezas de esta movilización loca en la que se (auto) reproduce esa obviedad que es el capitalismo.
Hoy, la historia no pasa junto a nosotros acariciándonos suavemente, como sentía Sacalabrini Ortiz. Corren tiempos de vientos mezquinos, mezclados con escepticismo e indiferencia. Y son pocos quienes se cuestionan si el peronismo combate o no el capital. Y la lealtad, que ya no tiene un corazón tranquilo, pasea a sus dirigentes por una pasarela frívola exhibiendo rostros y discursos más preocupados por la rapiña y esa miserable pretensión de ser por un rato los dueños del legado y el escenario de este 17 que por salir al rescate de lo mucho que todavía sigue en juego. Y la sonrisa que ensayan para la foto no oculta el flamear de tantas banderas rotas y traicionadas.
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