domingo, 27 de septiembre de 2009

Lo que dicen y ocultan los censos y las estadísticas.

(138) Sábado 26 de setiembre de 2009
Los diarios locales lo anuncian con grandes titulares. ¡A peinarse para la foto y ponerse perfume para que huelan los amigos del INDEC! De eso se trata: Un censo experimental se realizará en nuestra ciudad el 14 de noviembre, por eso el mismo director de Metodología Estadística del organismo, Roberto Muiños se hizo presente en Chivilcoy manifestando que el gobierno nacional decidió hacer este precenso en nuestro partido y en la localidad de Tolhuin, en Tierra del Fuego. “Es un censo en chiquito, aseguró, se prueba todo lo que después debe funcionar eficientemente”. Días atrás también había estado la mismísima directora del INDEC, Ana María Edwuin quien aseguró que se trata del “último ensayo del Censo del Bicentenario”.
La noticia en si intrascendente, ni buena ni mala, en pocas horas ganó los titulares locales a falta de asaltos o alguna que otra noticia más o menos espectacular. Nada cambiará ni antes ni después del censo. Nos calcularán, nos contarán, nos medirán, para después interpretarnos, analizarnos, descifrarnos, examinarnos, compararnos.
Ciertamente siempre habrá que cuidarse de los errores técnicos de medición y las posibles falsas interpretaciones. Sin ir más lejos el ex secretario de Gobierno Municipal, Walter Larrea, informó que según resultados del último censo se desprendía que en nuestra ciudad había alrededor de 85.000 habitantes. En realidad se le desprendió demasiado, ya que el número de habitantes solo alcanzaba a 73.855 personas. Le erró por nada menos que 11.145. Un papelón. Error técnico dirán algunos. Está bien. Errar es humano, pero no hay que olvidar que mentir es divino. Hay hombres que utilizan la Estadística de la misma manera que un borracho utiliza un farol: más para apoyarse que para iluminarse. El INDEC ha dado sobradas muestras de manipulación informativa.
Los censos, sin embargo, son necesarios. No descubrimos nada al decir esto. Lo preocupante es esa pretensión de que una serie de datos se convierta en la última palabra acerca de la lectura de la realidad. Hay una cultura que entroniza a los números como verdad única e infalible. “El maestro lo dice”, era el argumento de autoridad por excelencia en otros tiempos. Después vinieron días en que se volvió necesario satirizar para poder tragar la realidad y dijimos cosas como “el que sabe, sabe, y el que no, es jefe”. Jefe de cualquier cosa, también del INDEC. El que sabe, sabe, y el que no, hace encuestas o censos y arroja números. Y el maestro, ¿qué dice? El maestro no dice nada, calla, esperando ver qué dicen las cifras.
La realidad son los números predican los nuevos hechiceros de la modernidad, convertidos en maestros o filósofos. Los números no mienten. Dos más dos es siempre cuatro, y acá no hay verso posible. Los números están de moda y toda argumentación que pretenda ser categórica no podrá omitirlos. Sin porcentajes o estadísticas el pastel huele mal y las verdades pierden todo sabor, tornándose sospechosas.
No importan las ideas, marche un censo para pensar, con cifras para especular, porcentajes y estadísticas para decir generalmente más de lo mismo y que nada cambie.
Decía Marx, “Los filósofos hasta hoy se han dedicado a interpretar de una u otra manera el mundo, cuando de lo que se trata es de transformarlo”. Ayer nomás queríamos el mundo para transformarlo. Hoy nos dicen, sí, al mundo lo queremos, y ya, pero no para transformarlo, sino para tragárnoslo con números y estadísticas.
Pensemos: las cifras, ¿son siempre verdad objetiva, indiscutible, neutral, desinteresada?, lo que los números muestran, ¿es inequívoco? ¿Admite una sola lectura o desciframiento?, ¿Qué esconden los números?, ¿qué hay detrás de tantas cifras?, ¿Qué verdad puede ocultar un censo?
Para Carl Jung, “La falacia del cuadro estadístico estriba en que es unilateral, en la medida en que representa sólo el aspecto promedio de la realidad y excluye el cuadro total. La concepción estadística del mundo es una mera abstracción, y es incluso falaz, en particular cuando atañe a la psicología del hombre”.
Un censo, una encuesta, con los resultados estadísticos que de allí se extraigan, son solo una herramienta, un martillo, que hay que saber usar tanto en su aspecto técnico, como ético.
Permítannos la ironía. Imaginemos un juego de interpretación estadístico en donde saquemos algunas curiosas conclusiones:
-El 33 % de los accidentes mortales involucran a alguien que ha bebido. Por tanto, el 67 % restante ha sido causado por alguien que no había bebido. Conclusión: la forma más segura de conducir es ir borracho y a toda velocidad.
-En los accidentes ferroviarios, el mayor número de víctimas estadísticamente está en el último vagón. Retirar el último vagón de cada tren, ¿no sería una forma de salvar vidas?
-El 20 por ciento de las personas muere a causa del tabaco. Consiguientemente, el 80 por ciento de las personas muere por no fumar. De lo que se sigue que no fumar es peor que fumar.
-La estadística, nos dice Alphonse Allaisha, ha demostrado que la mortalidad de los militares aumenta perceptiblemente durante tiempos de guerra.
-¿Y qué tal si agregáramos que el 97.3% de las estadísticas han sido claramente inventadas?
La cuestión es que los amigos del INDEC ya están con sus números en nuestra ciudad. Mientras tanto, la realidad pasa delante de nuestros ojos repleta de preguntas, susurrando dolores, pasiones, odios y amores, pero claro, de eso el censo, nunca hablará

domingo, 20 de septiembre de 2009

¿Ideas o titulares?

(137) Sábado 19 de Septiembre de 2009

En una de sus primeras entrevistas como presidente de España, Rodríguez Zapatero declaró: "yo creí que gobernar era hablar de ideas, pero me dicen que lo que tengo que dar son titulares".
Dar titulares, aparecer en los grandes medios de comunicación de masas, eso parece ser lo que vale, lo que cuenta. Figuro en los medios, luego existo. La realidad no es más que esa suma de noticias (o peor, de titulares) que muestran los medios y que nos hacen vivir en un continuo sobresalto, llenos de adrenalina, en estado de alerta ante hechos excepcionales que nos amenazan, despreciando lo cotidiano, lo que transcurre sencillamente a nuestro alrededor.
Hace unos años una historieta presentaba a un reportero que llegaba agitado trayendo una noticia a su jefe de redacción. “En Lomas de Zamora inauguraron una escuela”, le decía. Entonces el jefe preguntaba: “¿Cuántos muertos?” Esa era la noticia extraordinaria, la que nos sacaba de la rutina, la que valía la pena: Cuántos muertos se podían contar. El fundar una escuela, en cambio no significaba demasiado, no era de ningún modo una realidad excitante.
Dar titulares o hablar de ideas, esa parece ser la cuestión.
Botón de muestra de la coyuntura política: todos los titulares de los grandes medios de comunicación por estos días nos advierten de la totalitaria y demoníaca Ley K. pero pocos se atreven a discutir seriamente y en profundidad una legislación que no es propiedad de ningún gobierno y tiene el trabajo y la firma de autores anónimos y colectivos que vienen luchando por un cambio en el escenario mediático desde hace mucho tiempo. Pero claro, los titulares valen más.
Cuando se cae en la trampa de aceptar que comprender la realidad es engullirse lo que masticaron los medios, la receta para quienes controlan y manipulan dicha realidad se torna fácil: naturalizar aquello que no se quiere cambiar y convertir en relevante y objeto de atención todo aquello que conviene poner sobre el tapete. Ni más ni menos que el axioma de Goebbels: una mentira cien veces repetida termina convirtiéndose en verdad. Así, por ejemplo, es natural y no afecta demasiado que en el mundo mueran cientos de pibes de hambre por día, y es noticia, y nos pone los pelos de punta, ese asalto a una joyería de Palermo.
Hablar de ideas es otra cosa. Supone el esfuerzo de pensar, de interpretar la realidad. También exige cierta madurez e inteligencia como para rechazar que todavía algunos pretendan darnos de comer en la boca una realidad cocinada en la trituradora mediática. Ser inteligente significa exactamente eso, intus legere, leer por dentro. La realidad no es una niña dócil que viene y dice aquí estoy, mírenme, esta soy yo. Pensar la realidad exige desciframientos, requiere esquemas de interpretación y un esfuerzo siempre continuado por encontrar aquellas palabras que mejor expresen lo que algo es. Wittgenstein decía que la filosofía es el conjunto de los chichones que nos hacemos al golpearnos contra los límites del lenguaje.
La cultura neoliberal justamente viene a salvarnos de esos benditos chichones, pero no lo hace gratuitamente. Su invariable voracidad no le permite regalar nada, y por eso viene a persuadirnos de que pretender ver la realidad nos vuelve autoritarios. Se instala la sospecha ante cualquier pretensión de verdad. No hay criterio de coherencia válido. Solo existen partes, fragmentos aislados, con actores azarosos que entran y salen según libretos que nunca se vinculan. La realidad como azar, como algo que nos viene dado y es inmodificable. “Qué le vas a hacer, estos viven pobres y aquellos podridos en guita. Caprichos del destino, cosas que tiene la vida. Selección de la naturaleza”. Algunos nacen con suerte y otros en Argentina, este país generoso y miope que no termina de ver y que antes de ayer, obnubilado por estas recetas, votó a Macri, y hace unas horas nomás a De Narvaez, Solá y lo que venga. Desconexión de sucesos: no podemos ver que Macri es el tipo que se enriqueció con las políticas de los 90; que Solá trabajó para Menem, Dualdhe, Kirchner y todos los que él ahora critica. “Haz cambiado con el tiempo”, le dicen a un dirigente. Y éste contesta, “No, yo nunca cambié, siempre quise ser el alcalde del pueblo”. ¿Y el pueblo? El pueblo hoy por hoy se olvida, dormita en una especie de amnesia, mientras se alimenta de los titulares del diario o la tele y piensa la realidad como flash, aislando todo acontecimiento.
Nuestra derrota cultural consiste en gran medida en tragar sin digerir sucesos, en desligar lo que nació unido, en no visualizar la direccionalidad de los hechos.
Que viva la separación, la fragmentación, lo efímero, lo fugaz, eso que nos convierte en hombres modernos y pragmáticos. Carta de defunción a toda ideología que intente dar cuenta del mundo. Los grandes metarrelatos, los saberes totalizadores y los discursos legitimadores tienen sabor a rancio; desde la caída del muro tienen fecha de vencimiento. Gloria y apoteosis de lo light, fin de la "Era de la Representación". Toda pretensión de representar lo real será criticada, o ni siquiera tenida en cuenta.
El profesor de Sociología Joseba Arregi decía: "No es la peor definición del posmodernismo la que dice que priva a los habitantes de ese su mundo de un mapa cognitivo suficiente para orientarse en él. Es como si el mundo posmoderno llevara a sus habitantes a una ciudad nueva, enorme, en la que no habían estado nunca, y los soltara por sus calles sin un plano. A lo que habría que añadir que esa ciudad se caracteriza por su falta total de planeamiento, por no contar con una estructura perceptible, lo cual aumenta y da profundidad a la desorientación de las personas en el mundo actual".
"Yo creí que gobernar era hablar de ideas, decía Zapatero desilusionado, pero me dicen que lo que tengo que dar son titulares". Y así estamos, inundados de titulares, en un mundo escaso de ideas, que ha extraviado o escondido su mapa y no puede descifrar una realidad que se le escurre como el agua de las manos, dejándonos- y miren qué paradoja- tan hartos como vacíos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Acerca de la nueva ley de medios audiovisuales: Defender la ley para que no nos hagan la trampa (136)

sábado 12 de septiembre de 2009
La batalla por la ley de medios estalló en estos días robando el centro de nuestro escenario político. Con más estruendos y chicanas que reflexiones, el tema se venía calentando con la estatización de las transmisiones de los partidos de fútbol de primera división, y entró al horno con el envío al Congreso del proyecto de dicha ley. Es predecible tal clima de tensión si se tiene en cuenta que entre otros fines, el proyecto amenaza nada menos que los intereses monopólicos del Grupo Clarín.
A ojo de buen cubero ciertas bondades de la ley son indiscutibles, hablan por sí mismas: En pleno siglo XXI tenemos en Argentina una ley que lleva las marcas imborrables del autoritarismo procesista y la desvergüenza privatista del menemismo, que saqueó el patrimonio público. Borrar la firma de Videla, Harguindeguy, Martínez de Hoz y Menem, tiene un valor más que simbólico. Esta anacrónica y rancia ley, inspirada en la doctrina de la seguridad nacional, y profundizada al fragor de las políticas neoliberales transformó a los medios en un espacio brutal de concentración económica. En la actualidad existen dos grupos que son dueños de casi todos los medios de comunicación, Telefónica Argentina y el Grupo Clarín. Una vergüenza que sean ellos quienes pretendan darnos clases de democracia participativa y quienes hablen de violación de derechos.
Bondades de la ley. También es justo reconocer que este proyecto fue discutido en cientos de foros, y ya se cumplieron cinco años de la presentación de los célebres 21 puntos, una declaración de principio progresista y de auténtico contenido democrático. Pocas leyes llegaron al Congreso con tanto trabajo y apoyo de base.
Más bondades: una fundamentación desacostumbrada por estos territorios. No es poca cosa que se diga que el derecho a la información y a la comunicación no pueden ser un simple negocio comercial, son derechos humanos y por lo tanto “inviolables”, “inalienables” e “irrenunciables”. La radiodifusión es un servicio de carácter esencial para el desarrollo social, cultural y educativo de la población. Por eso asegura que si unos pocos controlan la información no es posible la democracia y propone que se adopten políticas efectivas para evitar la concentración de la propiedad de los medios de comunicación.
Linduras de esta ley, costados virtuosos de una legislación que en principio apuntaría a garantizar derechos, desmonopolizar, democratizar, distribuir poder…
Todo este marco hacía suponer un debate de calidad, de confrontación de ideas. Nada más lejano. El presente encuentra a varios partidos opositores preocupados en dilatar la discusión y votación de la ley, para hacerlo en el escenario más propicio para sus chances a partir de diciembre, mientras no cesan de acusar a la ley de ser un calco diabólico del chavismo. Algunos comienzan a dibujar algunas críticas valiosas que merecen atención: que el órgano o autoridad de aplicación no dependa del Ejecutivo; establecer una reglamentación más dura para el ingreso de las telefónicas; extender el debate al interior para que el proyecto sea más federal. Sin embargo, el tono general de la oposición prefiere las rimbombancias y la victimización como parte de una estrategia más dirigida a defender sus intereses que en argumentar razones serias orientadas a la transformación de la realidad de los medios.
A tono con esa oposición, y desandando caminos, el oficialismo aparece contagiado por ese clima que en mucho se parece a un partido de truco. En vez de profundizar en las razones del juego y pararse en un debate de ideas aparece más preocupado en buscar un verso para cantar flor, apurar la partida para que la votación sea ya, y la oposición no tenga más remedio que irse al mazo.
El problema así planteado tal vez oculte una cuestión fundamental: la comunicación masiva no es un problema meramente técnico comunicacional, es un desafío eminentemente político. Sería ingenuo plantear que si se derogara esta o aquella ley las personas gozarían plena y mágicamente de su "derecho a la información". Ciertamente las leyes que regulen la concentración económica son necesarias como dique para contenerla y en cierta medida evitarla. Pero si la dinámica y la lógica del capital es cada vez mayor, una ley podrá retrasar el proceso pero nunca revertirlo o darlo vuelta.
Aquí nos parece necesario recordar cómo desde su llegada al gobierno, el kirchnerismo ha continuado con la política de concentración de medios que hoy tanto critica.
Desde el 2003 una sucesión de medidas erráticas favorecieron a las grandes corporaciones económicas: el decreto que permitía la prolongación de la fecha de habilitación de licencias facultó a los multimedios para que ampliaran el plazo de pago de las millonarias deudas contraídas con el Estado; el permitir negocios multimillonarios a personajes como Hadad y el mismo De Narvaez favoreció la concentración de poderes que profundizaron el control del mercado mediático; recientemente el permiso para fusionar Multicanal y Cablevisión no hizo más que acrecentar el monopolio del Grupo Clarín. ¿Casualidades, paradojas, contradicciones?
Sabemos que al decir esto corremos el riesgo de que algunos lleven agua para su molino. La derecha está viva como siempre en la Argentina. Encima disfrazada de democrática. Ya lo advertía Bertolt Brecht después de la guerra: “Señores, no estén tan contentos con la derrota [de Hitler]. Porque aunque el mundo se haya puesto de pie y haya detenido al Bastardo, la Puta que lo parió está caliente de nuevo”. Sí, están calientes. Por eso no queremos entrar en su lógica y mantener la cabeza fría. Tan fría como para preguntarnos con el mismo Brecht: “¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica. Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo”.
De todas maneras, bienvenida ley, necesaria pero insuficiente, en un tablero donde las principales piezas se mueven al ritmo de las economías concentradas. El protagonismo y la participación popular serán la principal garantía de que una vez hecha la ley, no nos hagan la trampa.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Ese gran ojo que nos mira

(135) 5 de setiembre de 2009

Un gran ojo nos mira, nos observa, nos desnuda y sobre todo nos controla y disciplina. No es el ojo de Dios, pero se le parece. La genial novela “1984” de George Orwell narra la historia de una sociedad sometida a un control extremo por el Gran Hermano, responsable de vigilar los espacios públicos y privados mediante circuitos de videocámaras.
Ya hace rato que la realidad viene superando a la ficción. Recientemente nuestro municipio firmó un convenio con la empresa Ecom Chaco, para dotar a nuestra ciudad de equipos de telecomunicaciones, fundamentalmente destinados a la seguridad. Instalar cámaras en lugares estratégicos de la ciudad es una de las acciones claves. Según el Secretario de Seguridad, se trata de “tener la ciudad controlada en puntos conflictivos, como son los lugares de nocturnidad, las plazas, los accesos a la ciudad, el Parque Industrial y determinados espacios públicos donde la seguridad se puede ver más comprometida”.
Sonría, lo estamos filmando, y que viva el progreso. ¡Ya parecemos Europa!, anuncia eufórico el diario La Razón. Estamos en la vanguardia. Pero eso sí, no olvide que el control y la vigilancia se habrán colado en nuestra vida cotidiana haciéndose simpática y peligrosamente invisibles.
Las cámaras y su promesa de seguridad dentro de sí encierran “nudos” que nos hablan de vigilancia y control permanente (y no por casualidad) dentro de fuerzas en manos del Estado, ¡y cómo no, también del mercado!
Foucault desarrolla una idea inquietante acerca del panoptismo, que es una construcción que permite controlarlo todo desde lo alto de una torre. El dispositivo panóptico dispone unas unidades espaciales que permiten ver sin cesar y reconocer puntualmente. Quedamos así inmersos en una trampa: El sujeto “es visto, pero él no ve; es objeto de una información, pero jamás sujeto de una comunicación”. Se trata de controlar “desde lejos”, desde un lugar donde nos miran pero donde nosotros no podemos mirar. La disociación de la pareja ver/ser visto establece un vínculo perverso. No sabemos en qué momento podemos estar siendo observados, pero somos conscientes de que constantemente somos “vigilados” y fundamentalmente, registrados: cada acción, cada paso, con cada persona, en cada minuto y segundo.
Se podrá decir que las cámaras de seguridad son utilizadas como pruebas en muchos juicios, que han colaborado y servido de ayuda para esclarecer diversos hechos delictivos. Pero al mismo tiempo pueden llegar a jugar en contra de derechos y garantías de las personas. El derecho a la privacidad e intimidad quedan seriamente amenazados, y en nombre de nuestra “integridad”, y el de las grandes empresas, estos derechos y garantías son sustituidos por el cordial cartelito que una y otra vez nos advierte, “Sonría, lo estamos filmando”.
Seguramente pocos adviertan que estas cámaras son en sí mismas mecanismos de control, de censura y de poder, que han logrado ser habilitados mediante el consenso de la mayoría de la población. Esto se ha debido a diferentes motivos pero fundamentalmente al que se refiere a la problemática de la inseguridad. Aceptamos ser “observados” en todo momento y lugar como trueque de “sentirnos protegidos”. No faltará quien asegure que al menos él no tiene nada que ocultar, por lo que prefiere ser vigilado si con ello el Estado lo protege y le hace sentirse más seguro. Punto nodal de nuestras jóvenes democracias: cuánta libertad estamos dispuestos a ceder a cambio de una supuesta seguridad.
Existen dos maneras de pensar la ética: la mirada disciplinadora centra la energía en normas externas y medios también externos que obligan a obrar de tal manera. Esta es la ética heterónoma. La mirada humanista pretende que sea desde la profundidad del ser, desde la interioridad, desde el propio ejercicio de su libertad de dónde surjan las acciones humanas. Esta es la ética autónoma. Evalúen ustedes a dónde nos estamos parando con este proyecto de llenar la ciudad de ojos. Las cámaras de seguridad reflejan y expresan lo que somos, lo que nos pasa. Somos las máquinas que creamos y elegimos.
En razón de lo dicho entendemos que tenemos el derecho a hacernos algunas preguntas: ¿hasta qué punto es ético que las sociedades de control puedan hacer uso de estos mecanismos para registrar las acciones de las personas? ¿Necesitamos recordar cómo estas cámaras han sido usadas en el mundo para control y represión política de marchas y manifestaciones populares? ¿Existe algún tipo de límite o control para los que tienen el poder de registrar estas informaciones? ¿Quién va a controlar a los que controlan? ¿Qué participación o rol exacto tendrá la policía, institución que hoy por hoy, más que garantizar seguridad, es parte de su agravamiento? ¿No estaremos ante una solución que termina siendo un problema? ¿Qué conductas considera distorsivas o disvaliosas, nuestro Secretario de Seguridad? ¿A qué conductas se refiere exactamente? La comunidad de Chivilcoy, ¿no tiene una palabra que decir acerca de los límites éticos de estas cámaras?
En el fondo de toda esta cuestión subyace oculto un tema central: Este sistema político a pesar de parciales logros, en su esencia, no puede dejar de ser una máquina de fabricar excluidos, de establecer las más brutales y canallescas inequidades. Entonces, los habitantes de ese inframundo o los que se asomen a él, necesitarán una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volver invisible al mismo responsable de tamaña atrocidad.
Las cámaras más allá de su eficacia como instrumento de seguridad revelan un costado hipócrita. Decimos “todos somos nosotros”; pero seguimos viendo a muchos como los otros. Les tememos; pero están entre nosotros. No están con nosotros, sí entre nosotros. Y entonces los miramos de lejos. No queremos acercarnos. Primero los desenfocamos para que después alguien los mire desde lo alto y de paso nos mire a todos. Pero especialmente a ellos, los otros, como imágenes borrosas de vidas borradas. El gran ojo es el resultado de ese desenfoque, la negación misma de la política como esfuerzo de integración. Ya lo decía Bauman, “Desde los albores de la modernidad, cada generación sucesiva ha dejado a sus náufragos abandonados en el vacío social: las ´víctimas colaterales´ del progreso”.

sábado, 29 de agosto de 2009

Dilemas: Hacia dónde vamos o a dónde vamos a parar

Dilemas: Hacia dónde vamos o a dónde vamos a parar

(134) 29 de Agosto de 2009

Mafalda está sentada en el escalón de su casa mientras mira pasar a dos señores que van conversando. Uno de ellos dice: “¡Es una barbaridad! Me pregunto dónde vamos a parar”. Mafalda piensa. Finalmente se pregunta: “¿Y no sería mucho más progresista preguntarse dónde vamos a seguir?”
Esa es la pregunta, ¿dónde vamos a seguir?, y quién me la hace es Ezequiel, como tirando una punta para pensar esta realidad que nos toca vivir. Leo y releo su mail: Pienso en el momento histórico que transitamos, me dice. ¿Cuál es la palabra esencial que debe expresar nuestro programa? Entonces Ezequiel realiza una mirada autocrítica hacia adentro. Considera que mi modo de pensar lo político se concentra fundamentalmente en enfrentar a la derecha, focalizar allí la crítica, evitando o diluyendo esa energía para hacer lo mismo con el gobierno. Por otro lado, admite que su crítica principalmente queda centrada en el gobierno, corriendo el riesgo de ser funcional al discurso de la derecha.
Así planteado el dilema, y a la luz del chiste de Quino me veo tentado a decir que al Kirschnerismo en alguna medida todavía se le puede preguntar “dónde vamos a seguir”, mientras que con lo que hoy por hoy es oposición solo queda preguntarse “dónde vamos a parar”. Pero esta sería una coartada fácil, casi una chicana, que no hace más que eludir el diálogo frontal que propone Ezequiel, y reduce a nada el embrollo de una cuestión que seguramente no es ni tan lineal, ni tan simple.
Ciertamente después del 2001, y con la presidencia de Kirchner, se abrió una nueva etapa en el campo popular, del centro a la izquierda. Lo que antes era una homogeneidad para enfrentar al neoliberalismo como claro enemigo, hoy aparece mucho más disperso, ya que una fracción de ese campo de resistencia está en el oficialismo, es poder o al menos tiene parte de él. Queda claro también que a la derecha del gobierno se rearman los sectores que pretenden acentuar la concentración económica y de poder de la clase dominante. Con su lógica reaccionaria claman por volver al FMI y restituir confianza en los “inversores” junto con la baja en las retenciones agropecuarias y el aligeramiento de la presión impositiva. Ocultan la perversa tesis de los ’90 en la cual siguen creyendo: una vez que derrame la copa de los ricos, el rebalse alcanzará a los pobres y a la clase media. Nauseabundo.
No tiene semejante visibilidad el determinar qué hay realmente a la izquierda del oficialismo.
Por lo tanto podemos estar de acuerdo en que si antes analizábamos sintéticamente la correlación de fuerzas entre dos oponentes: campo popular vs. clase dominante hoy vemos tres actores: campo popular, Kirchnerismo y clase dominante. El lugar que ocupa el Kirchnerismo es pendular, pero no como virtud de equilibrio, sino más bien como estrategia de acumulación de poder, con más componentes declamatorios que tangibles. El actual gobierno es más amigo de palabras fogosas que efectivas, y sigue con el nefasto vicio de amagar por izquierda y pegar por donde venga.
Paja y trigo. Sin embargo, ¿Es posible rescatar acciones concretas del oficialismo, como quien saca la paja del trigo? Entiendo que sí: Los aciertos en materia de derechos humanos en lo que se refiere a juicio a represores de la dictadura. El intento de distribución de la riqueza a partir de las retenciones, algunos enfrentamientos con la Iglesia; una política exterior relativamente alejada de la órbita del Imperio, la reestatización del sistema jubilatorio, la rescisión del contrato entre la AFA y Clarín, el grupo mediático más poderoso de nuestra historia, el haber generado el marco para la reciente ley de despenalización del consumo de drogas, y haber impulsado este proyecto de ley de medios para que se debata en el Congreso.
Se podrá objetar, y no sin razón, que hay profundas grietas o fisuras en el cómo, cuándo y dónde se hizo mucho de lo que se hizo. Qué los derechos de ayer sirven para tapar los que hoy se violan y en gran escala, que Julio Grondona es el Padrino, que las retenciones se hicieron con una desprolijidad y una sucesión de errores imperdonables… pero en principio entiendo que se puede decir que en sí mismas estas medidas tienen más de bueno que de malo.
Así y todo el brete no es fácil: ¿al lado de Clarín o de Grondona?, ¿Elogiando el fútbol para todos y haciéndose los boludos con una política minera a cielo abierto que significa el saqueo de nuestros recursos naturales?, ¿sumados al cinismo de una derecha que recién ahora se acuerda de los pobres y los pequeños productores o al lado de un mismo gobierno que hace años viene privilegiando a los grandes pooles de siembra, esos que hoy critica? ¿A favor de la regulación a los buitres mediáticos que ayer nomás se beneficiaron con las licencias que les dio el kirschnerismo?
¿Cómo explicar semejante histeria política? ¿Será que el gobierno pretende enfrentar el modelo neoliberal, pero los grupos de poder que sostienen este sistema ponen palos en la rueda? ¿O el mismo gobierno es parte de ese modelo que parece criticar? ¿Estaremos ante un gobierno sencillamente populista al que solo le interesa mantenerse en el poder? Tal vez este gobierno sea todas estas cosas a un mismo tiempo, un espacio en disputa, en proceso de construcción. Hoy por hoy, el Gobierno o cede a los grupos de poder de la derecha, o acentúa las políticas de intervencionismo estatal que hasta aquí le dieron sustento. Lo primero sería suicida. Ceder a las extorsiones corporativas sería un camino de difícil retorno. Ya es demasiado lo que el gobierno despilfarró por no poner todas las fichas a una construcción progresista y de verdadero sentido popular.
El escenario es complejo por donde se lo mire y nos tienta a hacernos algunas preguntas:
¿Criticar al gobierno nos pone junto a la derecha, habilita necesariamente este discurso, nos hace funcionales a ella? ¿Es posible ser crítico sin quedar pegados? ¿No es el mismo oficialismo con sus virtudes populistas y los errores y horrores del caudillaje presidencial quienes alimentan el surgimiento de algún fantoche de derecha con pretensiones mesiánicas?
Hay otro país posible, pero, ¿cuál es, en términos concretos, su horizonte? O sea, Kirchner ciertamente no es la izquierda, pero a la izquierda de Kirchner, ¿qué hay? ¿qué puede haber? ¿Es equivocado, en este contexto histórico, volver a hablar de transformaciones profundas, de socialismo, de otro sistema y de las grandes utopías? Tal vez tengamos que hurgar más y encontrar cuáles son esos nuevos actores invisibles, desperdigados, que intentan construir una alternativa de cambios profundos, como grupos sociales dispersos, a paso de hormiga. ¿No será que todavía los compañeros de destino seguimos demasiado separados?
Hacia dónde vamos o a dónde vamos a parar: ahí está la cuestión.
Hay veces que no cabe ensayar respuestas definitorias o únicas sino sencillamente tratar de acertar con algunas preguntas. Quien suscribe estas líneas por el momento se conforma con que los oyentes se las hagan a sí mismos.

domingo, 23 de agosto de 2009

La pobreza y los dueños del río.

La pobreza y los dueños del río.
(133) Sábado 22 de Agosto de 2009
La pobreza se ha vuelto el tema central en esto que algunos llaman el diálogo de los argentinos. Fue la Iglesia quien encendió la mecha apoyándose en un discurso del papa. Tardíamente preocupada habló de escándalo, de amor, de justicia. A ella se le sumaron los grandes medios que ya están medio grandes para recién descubrir que en la Argentina hay pobres. Con su habitual sensacionalismo contaron que los chicos pobres comen cuises, caballos, ratas y hasta sapos. Mientras tanto el presidente de la Sociedad Rural, que no traga sapos, aseguró que “la pobreza nos duele”, y hablando de los pobres, los privados de propiedad terminó hablando de propiedad privada, sin querer queriendo.
Así las cosas, los partidos políticos no tuvieron más remedio que sumarse a la discusión, y en medio del debate, el INDEC apareció planeando retocar el índice de la pobreza. ¿Será para mostrar que existen menos pobres que los que realmente hay?, se preguntaron algunos, al tiempo que el gobernador Scioli salía al ruedo sonriendo y anunciando más agentes en la calle después de elogiar a la Bonaerense. Parecía más dispuesto a terminar con los pobres que con la pobreza y sus causas, mientras hacía un guiño a la Iglesia para que los pastores lo ayuden en el trabajo social.
El aire está enrarecido. Para ser más claros, aquí algo se está pudriendo.
Lo cierto es que más allá de los discursos, algunas razones y una pila de sinrazones los números de la realidad hablan con elocuencia: Hay una Argentina “deforme”, la Argentina monstruosa de la desigualdad social más importante en Latinoamérica. Alberto Morlachetti, coordinador nacional del Movimiento Chicos del Pueblo nos dice que “en la Argentina mueren 25 chicos por día por causas que son evitables.
Los datos los sabemos. Nos falta la honestidad, el coraje y la decisión política para determinar los orígenes reales de la pobreza. ¿Cuál es la causa del hambre y la exclusión? ¿Quiénes son sus responsables?
Pensemos que un error de diagnóstico, nos lleva inevitablemente a un equivocado remedio o falso camino de solución.
Existen tres esquemas posibles para pensar esta realidad. Tres respuestas que intentan dar cuenta, dar razón de cómo enfrentar el tema de la pobreza.
La primera tiene por lema, “si tiene hambre, dale pescado”. Es la respuesta asistencialista que no señala responsables. La pobreza sería una especie de fatalidad del destino. “Algunos nacen así, qué se le va a hacer. Pobrecitos los pobres”. Sólo mira hacia la aparente solución del problema sin siquiera asomar la cabeza buscando causas. El asistencialismo frecuentemente es un instrumento del clientelismo político, que a un mismo tiempo que perpetúa la dependencia, arrebata el protagonismo de los sectores postergados. Esta mirada nada cambia. Pan para hoy, hambre para mañana. Solo permite dormir con la conciencia tranquila a quienes dan pescado y creen que la conciencia es un somnífero más. Indiscutiblemente existen situaciones límites que demandan planes de emergencia, de asistencia urgente. Pero hacer políticas poniéndose el traje de la solidaridad o la caridad termina siendo una mirada tramposa y miope. La caridad es la única virtud que necesita de la injusticia.
“Tiene hambre, enseñale a pescar”, sustenta como lema la mirada desarrollista. Aquí la cosa es más pretensiosa. Se dibuja una causa. No hay tal fatalidad y la solidaridad no alcanza. “A estos tipos vos le das hoy y se envician. Mañana te piden más y más. Aquí lo que hace falta es…¡educación!” gritan y ponen cara de serios y estadistas. Según esta ideología los pobres son tales porque no tienen educación. Si se les enseñara…entonces sí. Observemos que en gran medida esta visión responsabiliza al pobre de su situación. “Si hubieras estudiado no estarías así”. Esta mirada es reduccionista y parcial. Es media verdad y por lo tanto encierra una media mentira. ¿Qué es lo que le falta decir? ¿En donde radica la trampa de este enfoque?
La tercera visión desnuda la arbitrariedad de este análisis y nos propone mirar bajo la corteza de las anteriores imágenes. Allí podemos observar que por más que nos enseñen a pescar, los peces no aparecen. ¿Por qué? Porque alguien se los apropió junto con el río. Por lo tanto la tercera posición nos plantea como lema “tiene hambre, el río es de todos”. Mirada liberadora que postula que en la raíz de cualquier modo de pobreza está la injusticia, la negación del acceso al río, de ser pescador. La pobreza así concebida se convierte en el subproducto histórico de la riqueza de unos pocos. Hay pobres porque hay ricos. Esto nos conduce a hablar de un tema cardinal en nuestra política, la distribución de la riqueza.
Los dueños del río habían prometido erradicar el hambre en veinte años, pero resulta que hoy nos enfrentamos con una situación peor de la que existía hace cuatro décadas. ¿Qué pasó en el medio? ¿De qué nos habla esta realidad?
Según el sociólogo Sousa Santos: “el hambre existe porque es la nueva gran fuente de lucro del capital financiero, y sus ganancias aumentan en la misma proporción que el hambre”. Ese capital viene invirtiendo fuertemente en los mercados internacionales de productos agrícolas, tras la crisis de la inversión en el sector inmobiliario, con la expectativa de que los precios continuarán subiendo. Cuanto más altos sean los precios, más hambre habrá en el mundo, y mayores serán las ganancias de las empresas y los retornos de las inversiones financieras. La ONU hoy está comprando la ayuda alimentaria que en marzo le costaba 460 dólares a 780 dólares la tonelada.
Mientras tanto, la Iglesia dice que el hambre aumentó en los últimos meses, y es cierto. Lo que no dice, ni dirá, es que simultáneamente los ingresos de la mayor empresa de semillas y cereales aumentaron un 83 por ciento. O sea, el hambre de lucro de Cargill y compañía se alimenta del hambre de millones de seres humanos.
La novedad conceptual de esta coyuntura histórica queda resumida en esta idea: La agricultura y la alimentación industriales que el capitalismo financiero global propuso como remedio contra el hambre, no solo no cura nada, es más bien la causa de lo que dice combatir.
Hablar del escándalo de la pobreza, sin que se nos diga por qué hay pobres y de quién es tal responsabilidad es retórica pura, discurso berreta. Y quien imagina que es posible erradicar un problema sin determinar y atacar sus causas es, como mínimo, un necio. O un mentiroso. O tal vez ambas cosas.

sábado, 15 de agosto de 2009

El miedo a crecer: El Tambor y Peter Pan.

El miedo a crecer: El Tambor y Peter Pan.

(131) 15 de Agosto de 2009

En el año 1979 se estrenó una película alucinante y perturbadora, El tambor de hojalata. Basada en la novela de Günter Grass, el filme narra la historia de Oscar, un niño que al cumplir tres años, y después de contemplar las atrocidades de la I Guerra Mundial, decide no crecer más. Tocando su tambor de hojalata, regalo precisamente de ese cumpleaños, atraviesa el período histórico que anuncia el advenimiento del nazismo y surca los campos de batalla de la II Guerra. Una escena curiosa muestra al niño rompiendo vidrios con sus gritos agudos cada vez que alguien intenta arrebatar su tambor.
Todo el relato se torna una pintura grotesca sobre la condición humana y una crítica demoledora acerca del absurdo de la guerra. Solamente el niño del tambor, con su particular locura, es la voz de la razón, cuando exclama: "Hubo una vez un pueblo ingenuo que creía en Santa Claus, pero Santa Claus se convirtió en el hombre que usaba gas".
Una suma de alegorías: La historia del niño es a la vez la historia de toda una nación incapaz de madurar. El tambor, como fetiche, es el ronco sonido que rompe el silencio complaciente de un pueblo que permitió a los nazis tomar el poder. Un niño desnudando la hipocresía de un mundo no tan adulto. Hasta aquí la metáfora del tambor.
Vayamos hacia otra alegoría aparentemente similar o análoga. Hace unos días escuché por primera vez la expresión “Síndrome de Peter Pan” para referirse a una especie de enfermedad social que consiste precisamente en la incapacidad de terminar de madurar e ingresar al mundo adulto. Peter Pan, el popular personaje infantil, habita en la tierra de "Nunca Jamás", un mundo donde el tiempo no pasa, y sólo los niños pueden entrar. Junto a su inseparable Wendy, juegan a ser los padres de los "niños perdidos", pero Peter no soporta la prueba y se alivia cada vez que aquella le confirma que no, que efectivamente no son sus hijos, ni él su padre. Este relato inspiró a Dan Kiley quien publicó en 1983 sus primeras ideas sobre las personas que no saben renunciar a ser hijo para empezar a ser padre y prefieren una alegre y despreocupada visión de la vida. Parte de los hombres de nuestra sociedad han optado por anclarse en una infancia psicológica y han caído en una suerte de pereza y comodidad para afrontar los desafíos de la vida. Solo se proponen el vivir el día a día, sin ir más allá, en una especie de carpe diem, pero en su peor sentido.
Miedo a crecer, a reconocer y aceptar los límites, y sobre todo el gran límite, la posibilidad de todas las posibilidades, la de que un día moriré. Peter no quiere crecer porque en definitiva no quiere morir. Por eso tampoco quiere envejecer. Peter puede ser varón o mujer. Peter va y se compra un cuerpo de plástico para parecer más joven. Hoy un labio, mañana un culo, después una teta, y si es necesario se planchará sus arrugas para mostrar su lozanía, o se matará en un gimnasio solo para que no se note. ¿Qué no se note qué? Que el tiempo pasa y deja sus huellas y nos mete en el mundo adulto. Lo doloroso es que ninguno de estos comportamientos liberará a Peter de la realidad, el pobre solo podrá evadirse por un tiempo, y esquivando la muerte, paradójicamente, lo único que logrará es alejarse de la vida.
Es posible que la tierra sea solo un cascote que gira alrededor del sol. Es muy posible, decía Hegel, pero la grandeza que tiene este cascote es que en él hay un ser metafísico que se pregunta por el sentido del universo. Y la pregunta decisiva tiene que ver con el sentido de la vida y también de la muerte. Ahí está justamente el drama de Peter Pan, el colocarse una suerte de coraza psicológica, a veces también física, para no advertir el paso del tiempo y eludir la pregunta que lo convierte en un ser metafísico.
La filosofía para Nietzsche consistía en atreverse a enfrentar el propio caos, aceptar la finitud, lo cual requiere un trabajoso esfuerzo de elaboración, de creación de nuevos significados. La filosofía de Peter Pan se mueve dentro de la lógica del boludo alegre.
Los tiempos han cambiado: Ayer, la metáfora del niño, el tambor, y la resistencia a crecer como rechazo a un mundo en el cual ya no tenía sentido crecer, porque tampoco tenía demasiado sentido vivir. Hoy, Peter Pan, eternamente niño, no denuncia nada, no acusa. Se resiste a crecer por miedo a la responsabilidad y al compromiso de la vida adulta. Aparece como alegoría del hombre neurótico moderno resistiendo en vano el dolor natural de la vida, con sus instancias inevitables de frustración, limitación y muerte. Éste, Peter Pan, no quiere morir, porque no sabe vivir. Aquél, para vivir así, casi elige morir. Su conflicto no es con el mundo sino con la vida misma que se le torna inhabitable.
Un mundo hostil que nos conduce a optar entre el refugio o la mentira. Ambas no son más que formas de desertar y no dar pelea ante ese mundo exterior angustiante, abrumador. Tal vez la opción entre el tambor y Peter Pan sea falsa. Probablemente la auténtica elección se encuentre, una vez más, en animarse a enfrentar y resolver los apremiantes conflictos que la realidad nos propone para convertir el País del Nunca Jamás en un País Verdadero, el país del aquí y ahora.