La despolitización de la política y la casa de chocolate
(124) 20 de junio de 2009
Corren tiempos de café descafeinado, de carnes desgrasadas, cervezas sin alcohol, leche descremada, mermelada sin azúcar. Era esperable en épocas como estas encontrarse con políticas despolitizadas.
La antipolítica en el mundo, y con rasgos bien criollos en nuestro país, se ha convertido en una especie de peligroso sentido común difundido por personas que tienen por costumbre abrir la boca unos segundos antes de pensar. La negación de la política como modus vivendi, todo lo traspasa, sobrevuela la realidad, invade la atmósfera, igual que la estupidez, y nos encierra en un callejón de difícil salida. Tal vez el periodismo televisivo, como una fuente inagotable de frases hechas y lugares comunes sea hoy por hoy su principal difusor. Negar la política como algo malo en sí mismo, como una forma de descrédito en manos de inescrupulosos, para después reducirla a una cuestión tecnocrática. Las cosas así determinan que la política se convierta en un hecho básicamente destituyente, totalmente vaciado de contenido.
Entonces se encuentran dos amigos y ahí nomás uno le vomita al otro: “¿A quién votás el 28?”. “Cualquiera me da lo mismo”. “Acá son todos iguales”. “La política es un juego sucio”. La demolición de la política comienza a pasearse por lugares trillados, desde criticar los grandes sueldos de los funcionarios, hasta la vinculación de los dirigentes con los grupos de poder económico, pasando por la última cuatro por cuatro que se compró aquel diputado y llegando a los que un poco más informados se las ingeniarán para criticar la estatización de las AFJP, la nacionalización de Aerolíneas, las retenciones, la creación de un ente para intervenir en el mercado de granos, etc. Todo bajo un denominador común: la política es una porquería, y esto dicho en nombre del sentido común y fogoneado por los medios.
El sofisma o la falacia de todas estas razones, a veces, y sinrazones, otras, radica en identificar necesariamente política con trampa y reducirla a ser solo eso como condición de posibilidad. Esto nos sumerge en un verdadero círculo vicioso. ¿De qué sirve analizar y confrontar las retenciones al campo, el sistema aerocomercial, el impuesto a la minería o la ley de radiodifusión, si damos por supuesto que el único objetivo de cualquier iniciativa oficial es la corrupción?, ¿De qué vale considerar cualquier crítica opositora, si partimos del preconcepto de que su mirada solo apunta a acumular poder para seguir también por el camino de lo espurio?
Entendemos que fundamentalmente el actual vaciamiento del edificio político tiene como firmes cimientos el culto a la tecnocracia de los ’90. Con la caída del muro se produjo un efecto naipe que nos llevó a hablar del “Fin de la Historia”, “Fin de las Ideologías” y sobretodo, “Fin de la Política”. La sensación de que el concepto de la lucha de clases ya no explicaba nada y que era un fetiche obsoleto, sumada a la desactivación de la opción militar, porque ya había cumplido con su misión al servicio del amo imperial, hicieron que la antipolítica adquiriera un tono modernizante y tecnocrático. Con esto la ultra derecha neoliberal, dueña y señora del mundo, dijo sencillamente: No hay más interpretación de la historia que la mía. En Argentina es precisamente con Menem cuando la política fue desplazada por la economía y el político reemplazado por el tecnócrata. Esta sustitución se apoyaba en la torpe creencia de que existen soluciones neutras para la resolución de las grandes cuestiones nacionales.
Los nuevos políticos emergentes, en buena proporción provienen de los mismos medios (artistas, cantantes, corredores de autos, payasos…), del mundo empresarial y de las academias de la derecha. Saben valerse eficazmente de un lenguaje nuevo. Si las circunstancias lo requieren no dudan en echar mano de altisonantes frases de izquierda, a modo de préstamo temporal y con la firme promesa de devolución inmediata (no fuera a ocurrir que alguien se las tomara demasiado en serio). Los enunciados de la histórica derecha siempre les resultan más familiares, ya que forman parte de su diccionario cotidiano, pero poco apoco se fueron tomando el trabajo de suavizarlos aderezándolos con conceptos comodines tales como diálogo, consenso y armonía.
Ser antipolítico hoy, es lo más funcional a esos grandes grupos de poder que entre cuatro paredes terminan decidiendo nuestro destino como país. Por eso, haber perdido la confianza en la política significa ni más ni menos que dejar la cancha libre, el arco sin arquero ante un inminente penal.
¡Piedra libre a los políticos de la antipolítica! Los descubrimos abroquelados detrás de palabras robadas, negando diferencias, reinando en el limbo de las abstracciones ideológicas. ¡Piedra libre! Los vimos con su imparcial tecnocracia, esa que garantiza beneficios bien concretos, y si son en dólares, más concretos todavía, y cuánto más si son euros y se reparten entre amigos. ¡Piedra libre! Escuchamos su voz. Gritan transparencia, transparencia, honestidad, hablan con moderación, sin espesura, ni exclamaciones. En tiempos de elecciones toleran algunos exabruptos. ¡Piedra libre a los gestores del moralismo a domicilio! ¡Piedra libre para todos mis compañeros! Los hemos descubierto amontonados bajo el paraguas de los grandes medios de Comunicación Social y el sentido común.
Negar la política es negar la vida, destruir toda posibilidad de decir nosotros. La antipolítica borra los horizontes plurales para dejarnos aislados y expuestos a los depredadores de un mundo ya de por sí devastado.
Uno de los críticos más severos de la democracia en Occidente, el filósofo griego Cornelius Castoriadis en su obra Figuras de lo pensable, acierta con precisión de cirujano a la hora de buscar una metáfora que describa lo que nos pasa como sociedad en los tiempos que corren: “el hombre es más bien como un niño que se encuentra en una casa cuyas paredes son de chocolate, y que se dispuso a comerlas, sin comprender que pronto el resto de la casa se le va a caer encima”.
viernes, 31 de julio de 2009
Lo perverso, ayer y hoy. ¿De qué nos reímos?
Lo perverso, ayer y hoy. ¿De qué nos reímos?
(123) 13 de Junio de 2009
Por estos días escuché decir a un periodista que la campaña electoral en la Argentina era perversa. Después de semejante afirmación me quedé esperando en vano el por qué, las razones, o al menos el dibujo que marcara algunas líneas acerca de su idea de lo perverso, para ver después si era apropiado atribuir este concepto al escenario montado para estos comicios.
¿Qué es lo perverso? Tato Bores en un histórico reportaje televisivo sin desperdicios, hace un repaso de su vida, y en uno de sus momentos más altos sugiere algo que me parece un componente esencial de lo perverso. Allí dice: “pude hacer humor con toda la historia del país, pero nunca con los desaparecidos”. El discurso es claro, inequívoco: Nadie hace humor con lo inicuo o lo siniestro. La crueldad o lo perverso no admite ningún costado gracioso, ni esa descompresión de lo serio. Lo perverso no se disuelve, no puede ser rebajado, o suavizado, tampoco admite la ironía.
Vikki Bell, profesora de una Universidad de Londres, en visita por nuestro país, nos señala que “el horror de la desaparición de personas instituido por el Estado dictatorial funda un perverso sucedáneo en democracia: la invisibilización de sectores sociales marginados”. Observemos atentamente la idea: habla de “un perverso sucedáneo de la desaparición de personas en democracia” para referirse a esta brutalidad de hacer invisibles a los excluidos del sistema. Incluso alcanza a decir que la experiencia argentina, con el fracaso de las tentativas de abolir lo ocurrido bajo el terrorismo estatal mediante indultos y leyes de impunidad, revela que “no podemos controlar el pasado” porque la sociedad tiene “la necesidad de permitir su retorno”. ¿El retorno de qué? De lo perverso. De las desapariciones ayer, de los excluidos hoy.
Aquí, dicen ellos, no hay más pobres, ni gente sin trabajo, ni pibes con sus vidas destrozadas, o si los hay, son cada vez menos. Si alguien se refiere a ellos, a los expulsados, lo hace en medio de miserables discursos proselitistas de campaña, tan poco creíbles como sus voces confundidas con las risas del Gran Cuñado, ese aquelarre en dónde se desdibujan las fronteras de la ficción y la realidad, y las imitaciones de los candidatos terminan siendo más reales que la realidad, mientras pasean por sus bocas verdades que no dan risa, y risas que esconden verdades. Un discurso político perverso disfrazado de humor para referir una situación que también tiene mucho de eso, de perversa. Sí, todos ríen al ritmo de Tinelli, ya no hay ricos ni pobres, ni explotadores ni explotados. Somos la gran hermandad mediática que se caga de risa de todo. Y venga otra vuelta de tuerca más de este universo maravilloso en el que todo vale, porque todo da lo mismo, porque todos terminan siendo lo mismo.
El problema es que Tinelli, como tantos otros hijos del neoliberalismo y de la caída del muro de Berlín, forma parte de una operatoria cultural que en los 90 planteó el fin de las ideologías, de las disputas de clase, de las derechas y las izquierdas, precisamente como principios disolventes de todo sentido de conciencia crítica sobre la realidad. Ese no lugar en realidad terminó siendo “el lugar” propicio para desplegar sus intereses y llevar aguas para su molino. Así, el tipo que se enriqueció con aquellas políticas, es el mismo que hoy pretende hacernos reír con los despojos que quedaron de nuestros dirigentes. Tal vez baste decir que quienes hacen humor con lo perverso no hacen más que revelar su propia perversión.
Es que de eso hablamos, de lo perverso, y si la actual campaña política lo es. Entonces escuchemos las otras voces, la del Movimiento de los Chicos del Pueblo, por ejemplo, que nos grita que las cifras del hambre no han bajado. Y nos cuentan que casi el 70 por ciento de niños vive bajo el nivel de pobreza. En el 2001 llegamos a tener ocho de cada diez pibes bajo el nivel de pobreza. “Estamos mal pero vamos bien”, decía Duhalde. Nosotros decimos “Estábamos peor, pero vamos mal”.
Morchiatti, coordinador del grupo Chicos del Pueblo, dice: “a ese pibe le sacás la escuela, no lo alimentás, nunca come lo que le gusta, nadie le guarda su dientito de leche, nadie lo acaricia, no tiene su primera foto... ¿Qué estás haciendo con ese pibe? Se lo estás sacando todo. ¿Y después qué querés?, ¿qué te acaricie? Te va a sacar los ojos...¿El hambre es un crimen, entonces?, pregunta casi ingenuo el periodista. Y Morchiatti le contesta: “Si un pibe se muere al lado de una pila de comida... ese pibe muere asesinado. Por eso el hambre es un crimen. Es mentira que el capitalismo tiene un rostro humano, no tiene ninguno. Haber inventado el hambre en la Argentina es lo más perverso que pasó en este país”
Lo perverso ayer: la desaparición de personas. Lo perverso hoy: la invisibilización de sectores sociales marginados. Y claro que la campaña política entonces es perversa, porque oculta con sigilo oportunista lo que debiera denunciar e intenta mostrar que la solución del país pasa por discutir banalmente tal o cual candidato de turno.
Con lo perverso no se jode ni se juega nos había enseñado aquel maestro del humor.
"!!Qué país! ¡Qué país! -decía Tato en uno de sus inolvidables monólogos-. ¡No me explico por qué nos despelotamos tanto... si éramos multimillonarios!
Usted iba, y tiraba un granito de maíz y ¡paf!, le crecían diez hectáreas... Sembraba una semillita de trigo y ¡ñácate!, una cosecha que había que tirar la mitad al río porque no teníamos donde meterla.
Compraba una vaquita, la dejaba sola en medio del campo y al año se le formaba un harén de vacas.
Créame... lo malo de esta fertilidad es que una vez, hace años, un hijo de puta sembró un almácigo de boludos y la plaga no la pudimos parar ni con DDT. Aunque la verdad es que no me acuerdo si fue un hijo de puta que sembró un almácigo de boludos, o un boludo que sembró un almácigo de hijos de puta."
Para Tato lo perverso nunca pudo alimentar su humor. Para algunos, mucho de lo que pasa en el país hace rato que dejó de darnos risa.
(123) 13 de Junio de 2009
Por estos días escuché decir a un periodista que la campaña electoral en la Argentina era perversa. Después de semejante afirmación me quedé esperando en vano el por qué, las razones, o al menos el dibujo que marcara algunas líneas acerca de su idea de lo perverso, para ver después si era apropiado atribuir este concepto al escenario montado para estos comicios.
¿Qué es lo perverso? Tato Bores en un histórico reportaje televisivo sin desperdicios, hace un repaso de su vida, y en uno de sus momentos más altos sugiere algo que me parece un componente esencial de lo perverso. Allí dice: “pude hacer humor con toda la historia del país, pero nunca con los desaparecidos”. El discurso es claro, inequívoco: Nadie hace humor con lo inicuo o lo siniestro. La crueldad o lo perverso no admite ningún costado gracioso, ni esa descompresión de lo serio. Lo perverso no se disuelve, no puede ser rebajado, o suavizado, tampoco admite la ironía.
Vikki Bell, profesora de una Universidad de Londres, en visita por nuestro país, nos señala que “el horror de la desaparición de personas instituido por el Estado dictatorial funda un perverso sucedáneo en democracia: la invisibilización de sectores sociales marginados”. Observemos atentamente la idea: habla de “un perverso sucedáneo de la desaparición de personas en democracia” para referirse a esta brutalidad de hacer invisibles a los excluidos del sistema. Incluso alcanza a decir que la experiencia argentina, con el fracaso de las tentativas de abolir lo ocurrido bajo el terrorismo estatal mediante indultos y leyes de impunidad, revela que “no podemos controlar el pasado” porque la sociedad tiene “la necesidad de permitir su retorno”. ¿El retorno de qué? De lo perverso. De las desapariciones ayer, de los excluidos hoy.
Aquí, dicen ellos, no hay más pobres, ni gente sin trabajo, ni pibes con sus vidas destrozadas, o si los hay, son cada vez menos. Si alguien se refiere a ellos, a los expulsados, lo hace en medio de miserables discursos proselitistas de campaña, tan poco creíbles como sus voces confundidas con las risas del Gran Cuñado, ese aquelarre en dónde se desdibujan las fronteras de la ficción y la realidad, y las imitaciones de los candidatos terminan siendo más reales que la realidad, mientras pasean por sus bocas verdades que no dan risa, y risas que esconden verdades. Un discurso político perverso disfrazado de humor para referir una situación que también tiene mucho de eso, de perversa. Sí, todos ríen al ritmo de Tinelli, ya no hay ricos ni pobres, ni explotadores ni explotados. Somos la gran hermandad mediática que se caga de risa de todo. Y venga otra vuelta de tuerca más de este universo maravilloso en el que todo vale, porque todo da lo mismo, porque todos terminan siendo lo mismo.
El problema es que Tinelli, como tantos otros hijos del neoliberalismo y de la caída del muro de Berlín, forma parte de una operatoria cultural que en los 90 planteó el fin de las ideologías, de las disputas de clase, de las derechas y las izquierdas, precisamente como principios disolventes de todo sentido de conciencia crítica sobre la realidad. Ese no lugar en realidad terminó siendo “el lugar” propicio para desplegar sus intereses y llevar aguas para su molino. Así, el tipo que se enriqueció con aquellas políticas, es el mismo que hoy pretende hacernos reír con los despojos que quedaron de nuestros dirigentes. Tal vez baste decir que quienes hacen humor con lo perverso no hacen más que revelar su propia perversión.
Es que de eso hablamos, de lo perverso, y si la actual campaña política lo es. Entonces escuchemos las otras voces, la del Movimiento de los Chicos del Pueblo, por ejemplo, que nos grita que las cifras del hambre no han bajado. Y nos cuentan que casi el 70 por ciento de niños vive bajo el nivel de pobreza. En el 2001 llegamos a tener ocho de cada diez pibes bajo el nivel de pobreza. “Estamos mal pero vamos bien”, decía Duhalde. Nosotros decimos “Estábamos peor, pero vamos mal”.
Morchiatti, coordinador del grupo Chicos del Pueblo, dice: “a ese pibe le sacás la escuela, no lo alimentás, nunca come lo que le gusta, nadie le guarda su dientito de leche, nadie lo acaricia, no tiene su primera foto... ¿Qué estás haciendo con ese pibe? Se lo estás sacando todo. ¿Y después qué querés?, ¿qué te acaricie? Te va a sacar los ojos...¿El hambre es un crimen, entonces?, pregunta casi ingenuo el periodista. Y Morchiatti le contesta: “Si un pibe se muere al lado de una pila de comida... ese pibe muere asesinado. Por eso el hambre es un crimen. Es mentira que el capitalismo tiene un rostro humano, no tiene ninguno. Haber inventado el hambre en la Argentina es lo más perverso que pasó en este país”
Lo perverso ayer: la desaparición de personas. Lo perverso hoy: la invisibilización de sectores sociales marginados. Y claro que la campaña política entonces es perversa, porque oculta con sigilo oportunista lo que debiera denunciar e intenta mostrar que la solución del país pasa por discutir banalmente tal o cual candidato de turno.
Con lo perverso no se jode ni se juega nos había enseñado aquel maestro del humor.
"!!Qué país! ¡Qué país! -decía Tato en uno de sus inolvidables monólogos-. ¡No me explico por qué nos despelotamos tanto... si éramos multimillonarios!
Usted iba, y tiraba un granito de maíz y ¡paf!, le crecían diez hectáreas... Sembraba una semillita de trigo y ¡ñácate!, una cosecha que había que tirar la mitad al río porque no teníamos donde meterla.
Compraba una vaquita, la dejaba sola en medio del campo y al año se le formaba un harén de vacas.
Créame... lo malo de esta fertilidad es que una vez, hace años, un hijo de puta sembró un almácigo de boludos y la plaga no la pudimos parar ni con DDT. Aunque la verdad es que no me acuerdo si fue un hijo de puta que sembró un almácigo de boludos, o un boludo que sembró un almácigo de hijos de puta."
Para Tato lo perverso nunca pudo alimentar su humor. Para algunos, mucho de lo que pasa en el país hace rato que dejó de darnos risa.
Chocolate
Chocolate
6 de Junio de 2009 (122)
Puede parecerle extraña esta editorial, incluso trivial. ¡Con los tiempos que corren comentar una película! Sin embargo, creemos que vale la pena. Juzgue usted.
Invierno de 1959. La historia, que se parece más bien a un cuento, comienza en un conservador y pequeño pueblito francés. Allí la vida no ha cambiado demasiado en los últimos cien años. La monotonía y la rutina parecen mostrar una ciudad tranquila. Un pueblo blanco, como diría Serrat, sin emociones, durmiendo colgado de un barranco, un pueblo que se olvidó de llorar y de reír.
Pero cierto día el Viento del Norte parece traer consigo a la viajera Vianne, una mujer sin vueltas, quien con su hija decide abrir una inusual chocolatería. No es casual que corra el tiempo de cuaresma y que la casa de dulces se instale justamente frente a la iglesia. Tampoco es casual que Vianne sea una madura madre soltera, de zapatos rojos en un mundo pálido. Muy pronto quedará claro que sus manjares son capaces de causar extraños efectos en quienes los comen. La singular mujer posee un don mágico para percibir los deseos privados de los lugareños y satisfacerlos con el dulce exacto. Así seduce lentamente a unos cuantos, que se abandonan a las tentaciones. Es entonces cuando los poderes locales deciden tomar cartas en el asunto. El Conde de Reynaud, un aristócrata, símbolo de moral, rectitud y decencia, lidera una auténtica cruzada. La chocolatería y su dueña constituyen un peligro para la "estabilidad" emocional y espiritual de la población. El magnífico chocolate de Vianne hará estragos en la aldea y socavará el estricto código de moralidad. Por eso, todos aquellos que osen deleitarse del placer que provoca el dulce serán condenados por pecaminosos. En la aldea queda terminantemente prohibido gozar.
Así se provoca una confrontación entre los partidarios de mantener la vida como hasta ahora y aquellos que prueben el sabor de la trasgresión. Y ahí quedan retratados los que prefieren lo tradicional del pasado, lo establecido, lo normado, y aquellos que se lanzan hacia lo nuevo y al gusto del placer y la libertad.
Estoy hablando de la película Chocolate, una sencilla fábula acerca de cómo puede cambiar una persona, una relación, una ciudad, tan sólo con probar un poco los placeres de la vida.
Quisimos elegirla con Ezequiel para hablar de cosas que nos pasan más allá de las últimas noticias que nos vomita el penúltimo noticiero y así referirnos a cuestiones esenciales como la libertad, la trasgresión y su negación, la represión.
Esta parábola casi insignificante, esconde una verdad decisiva para nuestra vida: cuando nuestra conciencia despierta hace una grieta en el universo de lo compacto, lo hace trizas, lo desmorona. La libertad erosiona lo constituido, derriba muros; a un mismo tiempo denuncia que no hay nada establecido para siempre; toda liberación viene para romper, para quebrar. Cuando elegimos desde nuestra libertad hacemos un agujero, un boquete en el muro del poder y a un mismo tiempo nos elegimos a nosotros mismo, nos damos el ser. El chocolate como una peligrosa y dulce metáfora simboliza nada menos que esa libertad que nos corresponde como algo irrenunciable.
No es una verdad menor que solo nos convertimos en seres morales a partir de la libertad.
“No se nace héroe o cobarde, enseña Sartre, al héroe siempre le es posible dejar de serlo, como al cobarde superar su condición”. Esta idea tiene dos importantes consecuencias: nos hace radicalmente responsables y establece una visión de la vida que nos lleva a la acción.
El hombre ya no será simplemente "lo que hace", sino "lo que hace con lo que se le da". Le habían dado una moral de hipocresía y enfrente una chocolatería y entonces los hombres de la aldea eligieron. Algunos se atrevieron a comer su porción de dulce, aunque fuera cuaresma, y la Iglesia estuviera en frente, con su guardián de la moral, su conde y sus condesas.
Y cuando eligieron también, y en ese mismo acto, se eligieron a sí mismo, es decir definieron quién era cada quién. Allí radica la grandeza de la libertad, en su capacidad de superar la serialidad de lo masivo, y lo mandado, y salir de eso que Kojève llamaba animalización del hombre. Para eso está la libertad, esa es su razón de ser. “No debo fijarme límites a mí mismo, y no debo permitir que otros los fijen por mí”, decía el mismo Sartre
Animarse primero a pensar que no todos los caminos conducen a Roma, y después ir a dónde uno quiera. Sabrás que “el que desea y no obra engendra peste”, dice Blake, y eso es lo que pasa todavía con muchos de nosotros. Deseamos y no realizamos el deseo.
Tal vez el peor epitafio que podamos imaginar sea “No tuvo la vida que merecía”. Algo así como, no comió su parcela de chocolate. No eligió, no se animó a ser él mismo. “Un hombre no es estúpido o inteligente: es libre o no lo es”. O si prefiere, que estúpidos nos volvemos cuando no somos capaces del vivir el riesgo de la trasgresión y la libertad.
6 de Junio de 2009 (122)
Puede parecerle extraña esta editorial, incluso trivial. ¡Con los tiempos que corren comentar una película! Sin embargo, creemos que vale la pena. Juzgue usted.
Invierno de 1959. La historia, que se parece más bien a un cuento, comienza en un conservador y pequeño pueblito francés. Allí la vida no ha cambiado demasiado en los últimos cien años. La monotonía y la rutina parecen mostrar una ciudad tranquila. Un pueblo blanco, como diría Serrat, sin emociones, durmiendo colgado de un barranco, un pueblo que se olvidó de llorar y de reír.
Pero cierto día el Viento del Norte parece traer consigo a la viajera Vianne, una mujer sin vueltas, quien con su hija decide abrir una inusual chocolatería. No es casual que corra el tiempo de cuaresma y que la casa de dulces se instale justamente frente a la iglesia. Tampoco es casual que Vianne sea una madura madre soltera, de zapatos rojos en un mundo pálido. Muy pronto quedará claro que sus manjares son capaces de causar extraños efectos en quienes los comen. La singular mujer posee un don mágico para percibir los deseos privados de los lugareños y satisfacerlos con el dulce exacto. Así seduce lentamente a unos cuantos, que se abandonan a las tentaciones. Es entonces cuando los poderes locales deciden tomar cartas en el asunto. El Conde de Reynaud, un aristócrata, símbolo de moral, rectitud y decencia, lidera una auténtica cruzada. La chocolatería y su dueña constituyen un peligro para la "estabilidad" emocional y espiritual de la población. El magnífico chocolate de Vianne hará estragos en la aldea y socavará el estricto código de moralidad. Por eso, todos aquellos que osen deleitarse del placer que provoca el dulce serán condenados por pecaminosos. En la aldea queda terminantemente prohibido gozar.
Así se provoca una confrontación entre los partidarios de mantener la vida como hasta ahora y aquellos que prueben el sabor de la trasgresión. Y ahí quedan retratados los que prefieren lo tradicional del pasado, lo establecido, lo normado, y aquellos que se lanzan hacia lo nuevo y al gusto del placer y la libertad.
Estoy hablando de la película Chocolate, una sencilla fábula acerca de cómo puede cambiar una persona, una relación, una ciudad, tan sólo con probar un poco los placeres de la vida.
Quisimos elegirla con Ezequiel para hablar de cosas que nos pasan más allá de las últimas noticias que nos vomita el penúltimo noticiero y así referirnos a cuestiones esenciales como la libertad, la trasgresión y su negación, la represión.
Esta parábola casi insignificante, esconde una verdad decisiva para nuestra vida: cuando nuestra conciencia despierta hace una grieta en el universo de lo compacto, lo hace trizas, lo desmorona. La libertad erosiona lo constituido, derriba muros; a un mismo tiempo denuncia que no hay nada establecido para siempre; toda liberación viene para romper, para quebrar. Cuando elegimos desde nuestra libertad hacemos un agujero, un boquete en el muro del poder y a un mismo tiempo nos elegimos a nosotros mismo, nos damos el ser. El chocolate como una peligrosa y dulce metáfora simboliza nada menos que esa libertad que nos corresponde como algo irrenunciable.
No es una verdad menor que solo nos convertimos en seres morales a partir de la libertad.
“No se nace héroe o cobarde, enseña Sartre, al héroe siempre le es posible dejar de serlo, como al cobarde superar su condición”. Esta idea tiene dos importantes consecuencias: nos hace radicalmente responsables y establece una visión de la vida que nos lleva a la acción.
El hombre ya no será simplemente "lo que hace", sino "lo que hace con lo que se le da". Le habían dado una moral de hipocresía y enfrente una chocolatería y entonces los hombres de la aldea eligieron. Algunos se atrevieron a comer su porción de dulce, aunque fuera cuaresma, y la Iglesia estuviera en frente, con su guardián de la moral, su conde y sus condesas.
Y cuando eligieron también, y en ese mismo acto, se eligieron a sí mismo, es decir definieron quién era cada quién. Allí radica la grandeza de la libertad, en su capacidad de superar la serialidad de lo masivo, y lo mandado, y salir de eso que Kojève llamaba animalización del hombre. Para eso está la libertad, esa es su razón de ser. “No debo fijarme límites a mí mismo, y no debo permitir que otros los fijen por mí”, decía el mismo Sartre
Animarse primero a pensar que no todos los caminos conducen a Roma, y después ir a dónde uno quiera. Sabrás que “el que desea y no obra engendra peste”, dice Blake, y eso es lo que pasa todavía con muchos de nosotros. Deseamos y no realizamos el deseo.
Tal vez el peor epitafio que podamos imaginar sea “No tuvo la vida que merecía”. Algo así como, no comió su parcela de chocolate. No eligió, no se animó a ser él mismo. “Un hombre no es estúpido o inteligente: es libre o no lo es”. O si prefiere, que estúpidos nos volvemos cuando no somos capaces del vivir el riesgo de la trasgresión y la libertad.
¿Quiénes se fueron en el 2001?
¿Quiénes se fueron en el 2001?
La ausencia de los partidos políticos y la operatoria cultural de la derecha
(121) 30 de Mayo de 2009
Escuche decir a un sociólogo, que relataba los acontecimientos de Diciembre de 2001, que después de aquellos sucesos, y en particular después del “que se vayan todos”, alguien, o mejor dicho, algo se fue.
¿Se fueron los políticos? Está a la vista que no. Ahí tenemos exactamente a los mismos, mimetizados, travestidos. ¿Quién se fue entonces? Los que se marcharon fueron los partidos políticos. Intentemos comprender la razón profunda de esta retirada
Podríamos decir sencillamente y de una sola vez que la derecha hoy por hoy no necesita partidos. Tampoco un programa. Solo precisa una estrategia simple, clara, que otorgue esa tranquilizante sensación de superar las rancias ideas de “conflicto” político, de “intereses opuestos enfrentados”, de “lucha social” y por supuesto, y más aún, de luchas de clase. Todas estas ideas para ellos huelen mal, son anacrónicas, dicen.
Las estructuras partidarias entonces ya no cuentan, quedaron atrás, son piezas de otro juego. Los comités, las unidades básicas, las tarimas montadas en los barrios para los discursos de campaña, todo eso se desmoronó, y ya no sirve, como el Winco o la radio Spica, no tiene sentido intentar hacerlas funcionar. Hoy son los grandes operadores mediáticos quienes colocan los referentes y las figuras, y deciden cómo encuadrar lo que se tiene que ver y lo que no se tiene que ver. Desde esta operatividad cultural, quedan pulverizados lugares y memorias, el espacio y el tiempo se disuelven y con ellos las instituciones que lo expresaban. Entre ellas, claro está, los partidos políticos. Por eso la actual política, y valga el contrasentido, es despolitizadora a fuerza de machacar en su afán por lograr ese primerísimo plano y aquel titular en la prensa.
Nos parece fundamental advertir que estamos hablando de una continua y planificada operatoria que antes de ser política es cultural y ha tenido una profunda llegada sobre el modo de ver y sentir de la ciudanía.
Hace treinta años, y ante la oleada neoliberal que se veía avanzar, el francés Pierre Dommergues casi profetizó este presente: “Los neoconservadores se proponen una revolución cultural que destrone el actual régimen de partidos y deje atrás a los referentes sociales de la izquierda democrática. La lucha se dará en el campo cultural y de massmedia para un tiempo de reordenamiento de mercado donde desaparezcan las variables de izquierda y derecha como paradigmas de orientación social, en pos de limitar a las demandas democráticas y a los Estados de corte social. Se ofrece, como sustitución, un liberal conservadurismo y un liberal modernismo, que más allá de sus divergencias coincidan en la voluntad de imponer una nueva repartición de la riqueza, disciplinar a la mano de obra, descalificar toda política que se resista a este disciplinamiento y establecer una nueva forma de consenso. Es una amplia operación de reestructuración cultural de gobernabilidad para correr a la sociedad en su conjunto hacia la derecha, a través de un Partido del Orden Democrático. Es una nueva sociedad de la información para un nuevo tiempo moral”.
La descripción me parece brillante por exacta, por precisa. Un calco de nuestro presente.
Esta operatoria cultural fue la que en los 90 planteó el fin de las ideologías, de las disputas de clase, de las derechas y las izquierdas, precisamente como principios disolventes de todo sentido de conciencia crítica sobre la realidad. Ese no lugar en realidad termina siendo “el lugar” propicio para desplegar sus intereses y llevar aguas para su molino.
Así surge un nuevo lenguaje político con un diccionario propio de definiciones: El Estado regulador, interventor, recaudador es un espacio ineficiente, corrupto, que “gasta mi dinero”. ¿Por qué el estado se mete con lo que yo gano o gana mi empresa?, dice un empresario. “Si quieren plata que laburen ellos”, vociferan los del campo. Lo comunitario para esta cultura es una quimera entre yo, el negocio y “mi bolsillo”. Lo colectivo, como nueva definición, no cuenta, y por eso lo nacional será un espacio sin historia, sin protagonistas, siempre al borde del caos. Los ciudadanos, para esta cultura serán seres aislados, nunca representados por nadie, solo por el foco de la cámara y el micrófono que nunca se detyiene. Nadie es parte de la memoria de lo público, de los hospitales sociales y las escuelas en crisis. El nuevo ciudadano comprometido no es más que un cliente exigente del otro lado del mostrador reclamando que lo atiendan bien en este nuevo negocio. La libertad ciudadana es entrar al escaparate de un cuarto oscuro dónde nos ofrecen candidatos sin partidos, sin historias, sin más proyecto que la restauración de lo viejo disfrazado de nuevo.
Sobre esta cultura los políticos de la derecha juegan de locales, en cancha propia. El trabajo de ver el mundo, de descubrirlo, le viene ya dado, envuelto y con moño arriba. Se mueven como peces en el mar. A esa derecha le viene como anillo al dedo vaciar los acontecimientos de sentido, a los hechos de su historicidad, a la vida de sus memorias. Por eso esta nueva derecha es mimética, camaleónica y puede teatralizar una rebelión campesina, cuando en la vida real aspira a un destino conservador para el país, o hablar de distribución de la riqueza mientras aseguran sus cuentas en Suiza.
Devastación del mundo de la palabra, brutalización massmediática; remate general de conceptos con una clara direccionalidad: a río revuelto, ganancia de pescador. ¿No es eso acaso esta exitosa tilinguería mediática del gran cuñado montada por los tinellis, revolver el río sin obstáculos? ¿No estamos ante propuestasque apuntan a vaciar de contenido historias y memorias, a cagarse de risa frivolizando las desgracias y postergaciones colectivas, desmontando cualquier vínculo entre universo reflexivo-crítico y acciones transformadoras y ofreciéndonos a cambio la banalidad de una risa entre cómplice y oligofrénica?
Por eso el debate profundo que hoy necesitamos no pasa por discutir candidatos y partidos, o lo que queda de ellos, si no por desenmascarar un discurso y un accionar sustentado en esa cultura que se fue desplegando.
Que se vayan todos, fue el grito del 2001. No se fue ninguno. Se fueron los partidos, y los despojos que hoy subsisten de ellos, como cantos de sirena, y a través de candidatos de vidriera, nos siguen proponiendo caminos trillados de mentira y muerte. Que se vayan todos fue ayer. ¿Qué grito nos estamos debiendo los argentinos en estos tiempos que corren?
La ausencia de los partidos políticos y la operatoria cultural de la derecha
(121) 30 de Mayo de 2009
Escuche decir a un sociólogo, que relataba los acontecimientos de Diciembre de 2001, que después de aquellos sucesos, y en particular después del “que se vayan todos”, alguien, o mejor dicho, algo se fue.
¿Se fueron los políticos? Está a la vista que no. Ahí tenemos exactamente a los mismos, mimetizados, travestidos. ¿Quién se fue entonces? Los que se marcharon fueron los partidos políticos. Intentemos comprender la razón profunda de esta retirada
Podríamos decir sencillamente y de una sola vez que la derecha hoy por hoy no necesita partidos. Tampoco un programa. Solo precisa una estrategia simple, clara, que otorgue esa tranquilizante sensación de superar las rancias ideas de “conflicto” político, de “intereses opuestos enfrentados”, de “lucha social” y por supuesto, y más aún, de luchas de clase. Todas estas ideas para ellos huelen mal, son anacrónicas, dicen.
Las estructuras partidarias entonces ya no cuentan, quedaron atrás, son piezas de otro juego. Los comités, las unidades básicas, las tarimas montadas en los barrios para los discursos de campaña, todo eso se desmoronó, y ya no sirve, como el Winco o la radio Spica, no tiene sentido intentar hacerlas funcionar. Hoy son los grandes operadores mediáticos quienes colocan los referentes y las figuras, y deciden cómo encuadrar lo que se tiene que ver y lo que no se tiene que ver. Desde esta operatividad cultural, quedan pulverizados lugares y memorias, el espacio y el tiempo se disuelven y con ellos las instituciones que lo expresaban. Entre ellas, claro está, los partidos políticos. Por eso la actual política, y valga el contrasentido, es despolitizadora a fuerza de machacar en su afán por lograr ese primerísimo plano y aquel titular en la prensa.
Nos parece fundamental advertir que estamos hablando de una continua y planificada operatoria que antes de ser política es cultural y ha tenido una profunda llegada sobre el modo de ver y sentir de la ciudanía.
Hace treinta años, y ante la oleada neoliberal que se veía avanzar, el francés Pierre Dommergues casi profetizó este presente: “Los neoconservadores se proponen una revolución cultural que destrone el actual régimen de partidos y deje atrás a los referentes sociales de la izquierda democrática. La lucha se dará en el campo cultural y de massmedia para un tiempo de reordenamiento de mercado donde desaparezcan las variables de izquierda y derecha como paradigmas de orientación social, en pos de limitar a las demandas democráticas y a los Estados de corte social. Se ofrece, como sustitución, un liberal conservadurismo y un liberal modernismo, que más allá de sus divergencias coincidan en la voluntad de imponer una nueva repartición de la riqueza, disciplinar a la mano de obra, descalificar toda política que se resista a este disciplinamiento y establecer una nueva forma de consenso. Es una amplia operación de reestructuración cultural de gobernabilidad para correr a la sociedad en su conjunto hacia la derecha, a través de un Partido del Orden Democrático. Es una nueva sociedad de la información para un nuevo tiempo moral”.
La descripción me parece brillante por exacta, por precisa. Un calco de nuestro presente.
Esta operatoria cultural fue la que en los 90 planteó el fin de las ideologías, de las disputas de clase, de las derechas y las izquierdas, precisamente como principios disolventes de todo sentido de conciencia crítica sobre la realidad. Ese no lugar en realidad termina siendo “el lugar” propicio para desplegar sus intereses y llevar aguas para su molino.
Así surge un nuevo lenguaje político con un diccionario propio de definiciones: El Estado regulador, interventor, recaudador es un espacio ineficiente, corrupto, que “gasta mi dinero”. ¿Por qué el estado se mete con lo que yo gano o gana mi empresa?, dice un empresario. “Si quieren plata que laburen ellos”, vociferan los del campo. Lo comunitario para esta cultura es una quimera entre yo, el negocio y “mi bolsillo”. Lo colectivo, como nueva definición, no cuenta, y por eso lo nacional será un espacio sin historia, sin protagonistas, siempre al borde del caos. Los ciudadanos, para esta cultura serán seres aislados, nunca representados por nadie, solo por el foco de la cámara y el micrófono que nunca se detyiene. Nadie es parte de la memoria de lo público, de los hospitales sociales y las escuelas en crisis. El nuevo ciudadano comprometido no es más que un cliente exigente del otro lado del mostrador reclamando que lo atiendan bien en este nuevo negocio. La libertad ciudadana es entrar al escaparate de un cuarto oscuro dónde nos ofrecen candidatos sin partidos, sin historias, sin más proyecto que la restauración de lo viejo disfrazado de nuevo.
Sobre esta cultura los políticos de la derecha juegan de locales, en cancha propia. El trabajo de ver el mundo, de descubrirlo, le viene ya dado, envuelto y con moño arriba. Se mueven como peces en el mar. A esa derecha le viene como anillo al dedo vaciar los acontecimientos de sentido, a los hechos de su historicidad, a la vida de sus memorias. Por eso esta nueva derecha es mimética, camaleónica y puede teatralizar una rebelión campesina, cuando en la vida real aspira a un destino conservador para el país, o hablar de distribución de la riqueza mientras aseguran sus cuentas en Suiza.
Devastación del mundo de la palabra, brutalización massmediática; remate general de conceptos con una clara direccionalidad: a río revuelto, ganancia de pescador. ¿No es eso acaso esta exitosa tilinguería mediática del gran cuñado montada por los tinellis, revolver el río sin obstáculos? ¿No estamos ante propuestasque apuntan a vaciar de contenido historias y memorias, a cagarse de risa frivolizando las desgracias y postergaciones colectivas, desmontando cualquier vínculo entre universo reflexivo-crítico y acciones transformadoras y ofreciéndonos a cambio la banalidad de una risa entre cómplice y oligofrénica?
Por eso el debate profundo que hoy necesitamos no pasa por discutir candidatos y partidos, o lo que queda de ellos, si no por desenmascarar un discurso y un accionar sustentado en esa cultura que se fue desplegando.
Que se vayan todos, fue el grito del 2001. No se fue ninguno. Se fueron los partidos, y los despojos que hoy subsisten de ellos, como cantos de sirena, y a través de candidatos de vidriera, nos siguen proponiendo caminos trillados de mentira y muerte. Que se vayan todos fue ayer. ¿Qué grito nos estamos debiendo los argentinos en estos tiempos que corren?
sábado, 23 de mayo de 2009
El pueblo, ¿Quiere saber de qué se trata?
(120) 23 de Mayo de 2009
El pueblo quiere saber de qué se trata. Ésta es la frase primera de nuestra historia. Así se inaugura el libro que narra nuestros orígenes como nación, presentando a un pueblo que reclama y se pregunta de qué se trata ésto que está pasando; ¿Qué significa tanta gente que entra y sale del Cabildo? ¿Qué hacen? ¿Qué pretenden? ¿Qué traman? Si se está decidiendo algo que nos incumbe a todos, que nos involucra, queremos saber, exigimos el conocimiento.
Unos pocos empiezan a hacer la historia nacional y el pueblo es un simple espectador, con una característica singular: no sabe. Por eso la historia no la hace el pueblo. El pueblo balconea la historia y solo pide saber. ¿Qué pide saber? Sólo de qué se trata. Modesto reclamo. No pide dirigir los grandes destinos de la patria, esas cosas no se piden. Pide información, que al menos tengan la delicadeza de contarles qué se está cocinando a puertas cerradas, a espalda del pueblo que no sabe.
Estamos a días de un nuevo aniversario del 25 de Mayo y a solo un año de la celebración del Bicentenario de dicha revolución. ¿No tendremos que prepararnos pensando qué es lo que exactamente vamos a festejar? ¿No nos debemos una mirada más profunda de nuestra historia, no para detenernos en un estéril pasado, como quien contempla obras de un museo, sino más bien como quien observa por su espejo retrovisor ocupado en avanzar, en construir el presente, eligiendo caminos? ¿Por qué este prólogo tan curioso de nuestra historia que comienza con el relato de un pueblo que busca saber? ¿Por qué el pueblo desde nuestros comienzos reclama un conocimiento que le es vedado y que posee otro?
Sucede que si en el principio era la palabra, esa palabra no la tenía el pueblo. Moreno estaba decidido a todo. Castelli también, porque tenían la palabra, y tenían la palabra porque sabían. Sabían que España como dueño del mundo ya no sostenía ni al propio rey sentado en el trono. Se tambaleaba, se caía solo, encima preso. También sabían que la Revolución francesa fundaba una modernidad que arrojaría por tierra la corona de los reyes junto con sus cabezas. Ellos sabían. Por eso se entusiasmaban y estaban dispuestos a romper con España a cualquier precio. Castelli y Moreno, más modernizadores que revolucionarios quieren subirse al carro de los nuevos tiempos, y poco les preocupa si los cambios serán dirigidos y diseñados desde los nuevos amos del mundo, Francia o Inglaterra. Son consientes que frente a su propuesta jacobina no hay nada interesante. No existen dirigentes que aspiren a algo más que una revolución política, o que pretendan tocar las bases de la dependencia económica o que sostengan que de nada vale liberarse de España si caemos bajo el yugo de los capitales ingleses o los libros de Francia. Los que saben están seducidos por la modernidad que viene de la mano de los nuevos grandes países. El pobre Liniers sabe, pero su saber no cuenta demasiado porque sigue mirando a España, y entre bonapartista y godo termina solo con los caudillos de las provincias.
Feinmann en su ensayo sobre Filosofía y Nación propone una interesante fórmula de interpretación de las corrientes de Mayo: Moreno tenía el plan pero no tenía el pueblo; Saavedra tenía el pueblo pero no tenía el plan. Modestamente agregaría a esta hipótesis que en ambos casos el pueblo estaba ausente, en Moreno de modo literal, en Saavedra sencillamente porque el pueblo era un rebaño fiel y obediente, y el mismo Saavedra, como buen militar, no era tanto lo que sabía. Los que sí saben son Matheu, Belgrano y Passo. Pero sobre todo Moreno y Castelli porque miran a Europa, el centro del saber. El pueblo siempre queda afuera por ser la periferia, por mirar equivocadamente y por sobre todo por no saber.
Cuando decimos “el pueblo quiere saber” la primera palabra que pronunciamos es pueblo. El pueblo es el sujeto que busca el conocimiento. Hoy ni siquiera lo nombramos. Somos cautelosos. Es mejor hablar de gente. Es más prudente. Sociedad suena bien, no evoca raíces ni historias grupales, tampoco implica compromiso ideológico. Cuánto más vacío de contenido mejor. Por ese camino llegamos a sustituir la idea de pueblo por el “según las encuestas”. Y esto no es un capricho del lenguaje o una moda inocente. A la gente se la maneja, a un pueblo no. A la sociedad se la manipula pero no a una comunidad organizada. Ni que hablar de las encuestas. Hoy podríamos cantar “Si esta no es la gente la gente ¿dónde está?” O mejor todavía “Si esta no es la encuesta, la encuesta ¿dónde está?”
Y si el pueblo como sujeto de la historia fue desplazado, en gran medida también su pretensión de saber. Hoy por hoy parece que ni siquiera quiere saber, no le interesa, no le calienta saber. Dice con ironía Feinmann que “si en Mayo hubiera existido Mauro Viale, el pueblo habría sabido. Obscenamente. Todo: desde que Castelli tenía cáncer hasta que Saavedra tenía hemorroides y Moreno habría padecido una cruel viruela”. Tal vez los grandes medios hablarían de la dudosa sexualidad de Belgrano, de sus hijos extramatrimoniales o ganarían rating con la televisación en vivo del fusilamiento de Liniers.
¿Qué es lo que tenemos que saber hoy? ¿Qué verdades ocultan tantos ecos en estos tiempos de campaña? ¿Por qué nos siguen faltando voces después de casi 200 años de aquel Mayo? Cómo pueblo, ¿Nos interesa saber acerca del destino de nuestros recursos minerales? ¿Queremos conocer que estamos haciendo con el petróleo? ¿Queremos saber cómo se distribuye realmente la riqueza en el país? ¿Nos importa que siga en pie un impuesto regresivo como el IVA?
A casi 200 años unos pocos siguen siendo los que saben, y saben bien, pero solo para saciar sus intereses. Otros muchos ni siquiera saben de qué se trata y casi que ni les importa. Hoy como ayer aquella primera página de la historia como un viejo disco rayado se repite. Alguna vez me enseñaron que los pueblos que no aprenden de sus errores quedan condenados a repetirlos.
El pueblo quiere saber de qué se trata. Ésta es la frase primera de nuestra historia. Así se inaugura el libro que narra nuestros orígenes como nación, presentando a un pueblo que reclama y se pregunta de qué se trata ésto que está pasando; ¿Qué significa tanta gente que entra y sale del Cabildo? ¿Qué hacen? ¿Qué pretenden? ¿Qué traman? Si se está decidiendo algo que nos incumbe a todos, que nos involucra, queremos saber, exigimos el conocimiento.
Unos pocos empiezan a hacer la historia nacional y el pueblo es un simple espectador, con una característica singular: no sabe. Por eso la historia no la hace el pueblo. El pueblo balconea la historia y solo pide saber. ¿Qué pide saber? Sólo de qué se trata. Modesto reclamo. No pide dirigir los grandes destinos de la patria, esas cosas no se piden. Pide información, que al menos tengan la delicadeza de contarles qué se está cocinando a puertas cerradas, a espalda del pueblo que no sabe.
Estamos a días de un nuevo aniversario del 25 de Mayo y a solo un año de la celebración del Bicentenario de dicha revolución. ¿No tendremos que prepararnos pensando qué es lo que exactamente vamos a festejar? ¿No nos debemos una mirada más profunda de nuestra historia, no para detenernos en un estéril pasado, como quien contempla obras de un museo, sino más bien como quien observa por su espejo retrovisor ocupado en avanzar, en construir el presente, eligiendo caminos? ¿Por qué este prólogo tan curioso de nuestra historia que comienza con el relato de un pueblo que busca saber? ¿Por qué el pueblo desde nuestros comienzos reclama un conocimiento que le es vedado y que posee otro?
Sucede que si en el principio era la palabra, esa palabra no la tenía el pueblo. Moreno estaba decidido a todo. Castelli también, porque tenían la palabra, y tenían la palabra porque sabían. Sabían que España como dueño del mundo ya no sostenía ni al propio rey sentado en el trono. Se tambaleaba, se caía solo, encima preso. También sabían que la Revolución francesa fundaba una modernidad que arrojaría por tierra la corona de los reyes junto con sus cabezas. Ellos sabían. Por eso se entusiasmaban y estaban dispuestos a romper con España a cualquier precio. Castelli y Moreno, más modernizadores que revolucionarios quieren subirse al carro de los nuevos tiempos, y poco les preocupa si los cambios serán dirigidos y diseñados desde los nuevos amos del mundo, Francia o Inglaterra. Son consientes que frente a su propuesta jacobina no hay nada interesante. No existen dirigentes que aspiren a algo más que una revolución política, o que pretendan tocar las bases de la dependencia económica o que sostengan que de nada vale liberarse de España si caemos bajo el yugo de los capitales ingleses o los libros de Francia. Los que saben están seducidos por la modernidad que viene de la mano de los nuevos grandes países. El pobre Liniers sabe, pero su saber no cuenta demasiado porque sigue mirando a España, y entre bonapartista y godo termina solo con los caudillos de las provincias.
Feinmann en su ensayo sobre Filosofía y Nación propone una interesante fórmula de interpretación de las corrientes de Mayo: Moreno tenía el plan pero no tenía el pueblo; Saavedra tenía el pueblo pero no tenía el plan. Modestamente agregaría a esta hipótesis que en ambos casos el pueblo estaba ausente, en Moreno de modo literal, en Saavedra sencillamente porque el pueblo era un rebaño fiel y obediente, y el mismo Saavedra, como buen militar, no era tanto lo que sabía. Los que sí saben son Matheu, Belgrano y Passo. Pero sobre todo Moreno y Castelli porque miran a Europa, el centro del saber. El pueblo siempre queda afuera por ser la periferia, por mirar equivocadamente y por sobre todo por no saber.
Cuando decimos “el pueblo quiere saber” la primera palabra que pronunciamos es pueblo. El pueblo es el sujeto que busca el conocimiento. Hoy ni siquiera lo nombramos. Somos cautelosos. Es mejor hablar de gente. Es más prudente. Sociedad suena bien, no evoca raíces ni historias grupales, tampoco implica compromiso ideológico. Cuánto más vacío de contenido mejor. Por ese camino llegamos a sustituir la idea de pueblo por el “según las encuestas”. Y esto no es un capricho del lenguaje o una moda inocente. A la gente se la maneja, a un pueblo no. A la sociedad se la manipula pero no a una comunidad organizada. Ni que hablar de las encuestas. Hoy podríamos cantar “Si esta no es la gente la gente ¿dónde está?” O mejor todavía “Si esta no es la encuesta, la encuesta ¿dónde está?”
Y si el pueblo como sujeto de la historia fue desplazado, en gran medida también su pretensión de saber. Hoy por hoy parece que ni siquiera quiere saber, no le interesa, no le calienta saber. Dice con ironía Feinmann que “si en Mayo hubiera existido Mauro Viale, el pueblo habría sabido. Obscenamente. Todo: desde que Castelli tenía cáncer hasta que Saavedra tenía hemorroides y Moreno habría padecido una cruel viruela”. Tal vez los grandes medios hablarían de la dudosa sexualidad de Belgrano, de sus hijos extramatrimoniales o ganarían rating con la televisación en vivo del fusilamiento de Liniers.
¿Qué es lo que tenemos que saber hoy? ¿Qué verdades ocultan tantos ecos en estos tiempos de campaña? ¿Por qué nos siguen faltando voces después de casi 200 años de aquel Mayo? Cómo pueblo, ¿Nos interesa saber acerca del destino de nuestros recursos minerales? ¿Queremos conocer que estamos haciendo con el petróleo? ¿Queremos saber cómo se distribuye realmente la riqueza en el país? ¿Nos importa que siga en pie un impuesto regresivo como el IVA?
A casi 200 años unos pocos siguen siendo los que saben, y saben bien, pero solo para saciar sus intereses. Otros muchos ni siquiera saben de qué se trata y casi que ni les importa. Hoy como ayer aquella primera página de la historia como un viejo disco rayado se repite. Alguna vez me enseñaron que los pueblos que no aprenden de sus errores quedan condenados a repetirlos.
sábado, 16 de mayo de 2009
¿Candidatos testimoniales o de vidriera?
En estos últimos días se ha hablado mucho de las candidaturas testimoniales. El mote adoptado nos viene haciendo un ruido extraño en la conjugación de imágenes ya que lo que menos hemos visto en esta campaña es justamente eso, el testimonio, el dicho respaldado con hechos, la palabra, esa que se empeña. Más que cualquier otra, ésta es una campaña de nombres más que de testimonios. Sí, solo nombres. Por eso nos gustaría rebautizar las candidaturas como lo que son: candidaturas nominativas u onomásticas. Según enseña el diccionario, onomástico es lo perteneciente o relativo a los nombres, y especialmente a los nombres propios. Eso es todo lo que hay en estas elecciones, una larga lista de nombres propios. Esto es lo que vale en esta democracia devaluada, los quiénes y los cuáles y no los qué, ni los cómos.
Pero tal vez sea necesario dar un paso más para ver que no es para nada casual que tales nombres sean solo eso, y que detrás de tantos apellidos no haya nada más que un apellido, candidatos de vidriera, de marketing, en un país concebido como un inmenso mercado.
Solo una muestra de esto que queremos decir: El domingo pasado, sin ir más lejos, enciendo la tele, T.N, “Argentina para armar”. Y ahí nomás, de entrada el anuncio del tema del programa como una bofetada:”La estrategia de los publicitarios para ganar estas elecciones”. En la mesa no faltan sociólogos, algún filósofo, abogados, y varios especialistas en campañas. Debo confesar que ya cambiaba de canal, con la certeza de que esto era más de lo mismo, pero me despertó cierta curiosidad observar entre los panelistas al chivilcoyano Gustavo Ferrari. Pagué caro mi cholulaje. Los entrevistados sonríen como verdaderos señores, prolijos, exactos, ningún exabrupto, se llaman por el nombre, con familiaridad, con una vomitiva familiaridad, y permanentemente sonríen y vuelven a sonreír como en una propaganda de dentífricos. Lo que vino enseguida fue una muestra impudorosa de cómo se fabrica un político. Caballerosamente canallesco. El candidato como producto que se instala socialmente con idéntica lógica de la ley de oferta y demanda. El marketing reemplazando a las ideas, los peluqueros a los pensadores. Entonces Ernesto Savaglio, Asesor publicitario del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no tiene ningún empacho en decir que hay que partir de que en esta sociedad “el candidato está acusado de”. Y desde allí habrá que arreglárselas para mostrar exactamente lo contrario, o sea presentar al fulano de tal manera que sea percibido como inocente. Cebado el hombre, minutos después dirá sin vergüenza alguna que lo primero en cualquier campaña es detectar un problema. Luego buscar una posible solución y llegar al final para poner la cara del candidato diciendo: Yo soy la solución. La cita es tal cual y es tan solo un botón de muestra del actual nivel del debate, o mejor dicho de la ausencia del mismo por falta de ideas, de principios, de palabras que digan. Sorprende el desparpajo con que dicen lo que dicen. Sin embargo lo bueno de esta situación es la claridad y hasta cierta transparencia discursiva: los tipos nos están vendiendo un producto, subastando un candidato. La lógica del marketing y el consumo aplicada a la política: que si el celular tiene tapita, o si saca fotos o trae mp3. Que si el candidato es mas o menos autoritario, conciliador o pinta bien en las encuestas… Y en todo este aquelarre, el chivilcoyano panelista estuvo a la altura de la bobería mediática imperante. (Difícil sería esperar algo diferente de un militante conservador ligado a la más rancia derecha católica ahora devenida democrática. Ciertamente hay que reconocerle un alto grado de coherencia al ser candidato y jefe de campaña de De Narvaez)
Ni hace falta decir que finalmente abandoné el programa cuando el titular proponía casi como un verso con rima y todo: “Candidatos a medida para tiempos de apatía”. Demasiado para un domingo a la noche. ¡Candidatos a medida! ¿A medida de qué y de quién? ¿Candidatos para impulsar qué? Para impulsar nada. Para acceder a un poder que anhelan y por el que suspiran. Entonces dije basta. Yo no compro ni vendo. ¡Si pudiéramos decir un basta colectivo y organizado! Ya lo sé, otro dirá deme dos. Me gusta, lo llevo puesto, o mejor envuélvamelo para regalo. Parece hecho a mi medida. Me quedo con aquel, dejo éste. Y que Dios se lo pague…
Hay quienes podrán discrepar y asegurar que lo que aquí está en juego es el modelo. La palabra modelo se pasea como una vedette en esta campaña. Continuar el modelo, dicen unos, cambiarlo indican otros. Nadie sabe bien lo que dice cuando de slogan y frases hechas se trata. Y las palabras como las monedas se gastan, sobre todo cuando no muerden con la realidad. La mayoría tampoco tiene muy en claro cuál es el modelo pero parece ser que éste nuevo clise viene a suplantar la necesidad de hablar de cuestiones de fondo, de un proyecto de país, de cómo construir un destino para todos, de cómo por ejemplo, hacer para que los cuatro millones de desocupados trabajen pero no en negro ni con el salario que imponen los empresarios, sino con el que traiga la ya perdida dignidad.
De entre todas las definiciones de democracia, hay una que resulta especialmente inquietante para tiempos electorales. Pertenece a Adam Przeworski, politólogo polaco-norteamericano que definió la democracia como la “incertidumbre institucionalizada”. Para este autor las elecciones funcionarían como “mini-revoluciones” (la expresión es de Isidoro Cheresky) programadas e institucionalmente controladas que abren la puerta a una etapa de cambios. A días de los comicios de junio nada más lejos que imaginar un escenario incierto y menos aún con puertas abiertas a cambios sustanciales o revolucionarios. ¿Desilusión? ¿Escepticismo? ¿Desesperanza? Sí, pero solo en cierta medida ya que siempre será bueno recordar aquí una idea sustancial en Gramsci que puede abrir puertas verdaderas y hasta derrumbar muros si la dejamos habitar en nosotros: unir el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.
Pero tal vez sea necesario dar un paso más para ver que no es para nada casual que tales nombres sean solo eso, y que detrás de tantos apellidos no haya nada más que un apellido, candidatos de vidriera, de marketing, en un país concebido como un inmenso mercado.
Solo una muestra de esto que queremos decir: El domingo pasado, sin ir más lejos, enciendo la tele, T.N, “Argentina para armar”. Y ahí nomás, de entrada el anuncio del tema del programa como una bofetada:”La estrategia de los publicitarios para ganar estas elecciones”. En la mesa no faltan sociólogos, algún filósofo, abogados, y varios especialistas en campañas. Debo confesar que ya cambiaba de canal, con la certeza de que esto era más de lo mismo, pero me despertó cierta curiosidad observar entre los panelistas al chivilcoyano Gustavo Ferrari. Pagué caro mi cholulaje. Los entrevistados sonríen como verdaderos señores, prolijos, exactos, ningún exabrupto, se llaman por el nombre, con familiaridad, con una vomitiva familiaridad, y permanentemente sonríen y vuelven a sonreír como en una propaganda de dentífricos. Lo que vino enseguida fue una muestra impudorosa de cómo se fabrica un político. Caballerosamente canallesco. El candidato como producto que se instala socialmente con idéntica lógica de la ley de oferta y demanda. El marketing reemplazando a las ideas, los peluqueros a los pensadores. Entonces Ernesto Savaglio, Asesor publicitario del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no tiene ningún empacho en decir que hay que partir de que en esta sociedad “el candidato está acusado de”. Y desde allí habrá que arreglárselas para mostrar exactamente lo contrario, o sea presentar al fulano de tal manera que sea percibido como inocente. Cebado el hombre, minutos después dirá sin vergüenza alguna que lo primero en cualquier campaña es detectar un problema. Luego buscar una posible solución y llegar al final para poner la cara del candidato diciendo: Yo soy la solución. La cita es tal cual y es tan solo un botón de muestra del actual nivel del debate, o mejor dicho de la ausencia del mismo por falta de ideas, de principios, de palabras que digan. Sorprende el desparpajo con que dicen lo que dicen. Sin embargo lo bueno de esta situación es la claridad y hasta cierta transparencia discursiva: los tipos nos están vendiendo un producto, subastando un candidato. La lógica del marketing y el consumo aplicada a la política: que si el celular tiene tapita, o si saca fotos o trae mp3. Que si el candidato es mas o menos autoritario, conciliador o pinta bien en las encuestas… Y en todo este aquelarre, el chivilcoyano panelista estuvo a la altura de la bobería mediática imperante. (Difícil sería esperar algo diferente de un militante conservador ligado a la más rancia derecha católica ahora devenida democrática. Ciertamente hay que reconocerle un alto grado de coherencia al ser candidato y jefe de campaña de De Narvaez)
Ni hace falta decir que finalmente abandoné el programa cuando el titular proponía casi como un verso con rima y todo: “Candidatos a medida para tiempos de apatía”. Demasiado para un domingo a la noche. ¡Candidatos a medida! ¿A medida de qué y de quién? ¿Candidatos para impulsar qué? Para impulsar nada. Para acceder a un poder que anhelan y por el que suspiran. Entonces dije basta. Yo no compro ni vendo. ¡Si pudiéramos decir un basta colectivo y organizado! Ya lo sé, otro dirá deme dos. Me gusta, lo llevo puesto, o mejor envuélvamelo para regalo. Parece hecho a mi medida. Me quedo con aquel, dejo éste. Y que Dios se lo pague…
Hay quienes podrán discrepar y asegurar que lo que aquí está en juego es el modelo. La palabra modelo se pasea como una vedette en esta campaña. Continuar el modelo, dicen unos, cambiarlo indican otros. Nadie sabe bien lo que dice cuando de slogan y frases hechas se trata. Y las palabras como las monedas se gastan, sobre todo cuando no muerden con la realidad. La mayoría tampoco tiene muy en claro cuál es el modelo pero parece ser que éste nuevo clise viene a suplantar la necesidad de hablar de cuestiones de fondo, de un proyecto de país, de cómo construir un destino para todos, de cómo por ejemplo, hacer para que los cuatro millones de desocupados trabajen pero no en negro ni con el salario que imponen los empresarios, sino con el que traiga la ya perdida dignidad.
De entre todas las definiciones de democracia, hay una que resulta especialmente inquietante para tiempos electorales. Pertenece a Adam Przeworski, politólogo polaco-norteamericano que definió la democracia como la “incertidumbre institucionalizada”. Para este autor las elecciones funcionarían como “mini-revoluciones” (la expresión es de Isidoro Cheresky) programadas e institucionalmente controladas que abren la puerta a una etapa de cambios. A días de los comicios de junio nada más lejos que imaginar un escenario incierto y menos aún con puertas abiertas a cambios sustanciales o revolucionarios. ¿Desilusión? ¿Escepticismo? ¿Desesperanza? Sí, pero solo en cierta medida ya que siempre será bueno recordar aquí una idea sustancial en Gramsci que puede abrir puertas verdaderas y hasta derrumbar muros si la dejamos habitar en nosotros: unir el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.
“Mírame y no me toques”, o la culpa no la tiene el chancho, ni los mosquitos.
Todo muy parecido a una novela de Saramago. Gente con barbijo, alarmas internacionales advirtiendo que el virus es mortal. “Mírame y no me toques, pero mírame”, se escucha cantar a Serrat por los altoparlantes de un aeropuerto vigilado hasta el extremo. Toda una ironía. Pandemia, endemia, epidemia, peste, virus, calamidad, influenza, dengue. Nos hemos tenido que familiarizar con estos conceptos para hablar con fundamento, con esa precisión que nos hace distinguir entre una bacteria y un virus, o una epidemia y una endemia y sus distintos grados. Y no, no es una novela de ficción. Tampoco se trata de la pesadilla de una mala noche. Las noticias son reales. Ayer nomás se supo del primer caso registrado en Argentina. Estados Unidos ya tuvo sus primeras víctimas fatales, en Perú hay una argentina enferma y toda una telenovela, y en España se dio el primer caso autóctono. Por la veloz difusión de la gripe porcina, la Organización Mundial de la Salud elevó el alerta mundial a fase cinco, apenas una menos que la máxima. La amenaza se tornó tan grande que los argentinos hasta nos olvidamos del dengue.
Mírame, pero no más que eso. No me toques, ni siquiera es conveniente aproximarnos. No te acerques. Y si lo haces es mejor con barbijo. Nada de caricias y besos.
Sí, por un tiempo, habrá que acostumbrarse a una especia de estado de alerta, de espanto, de miedo; vivir alarmado, asustado, inquieto y siempre listo, presto e higiénico, aséptico, preservado, para garantizar, para prevenir. Cada criatura aislada en su propio cuerpo. Cada uno cuidando ese mismo cuerpo de las cosas peligrosas que pueden salir del otro, de ese que está frente a mí.
¿Casualidad, fatalidad del destino?, esta cuestión de las pestes y endemias, digo. ¿Pura coincidencia? ¿Simple azar, o capricho de la naturaleza?, ¿Fatalidad, destino inexorable de los pobres?
Digamos en primer lugar que la culpa no la tiene el chancho. Tampoco el mosquito. Esto es también la globalización aunque por otros caminos. Estamos todos comunicados, interconectados en la gran aldea global. Pero que algo quede claro: en esta aldea hay dueños y simples aldeanos. El problema es que los virus y bacterias todavía no aprendieron las clases de discriminación que dicta el capitalismo y por eso el estado de alerta es para todos, claro está que con la suficiente dosis de racismo que ponga en situación de exigir barbijos a las mucamas de barrio norte y estricto control a vecinos extranjeros sobre todo si son pobres.
¿Será casual que la geografía de los países periféricos coincida y casi sea un calco de la geografía de la exclusión y la miseria? Si tuviéramos que dibujar ambos mapas tendrían casi idénticos contornos. En América Latina han sido pobres todos los que murieron de cólera, lo mismo que pobres eran los que morían de lepra en la Edad Media. Y no tan media que también la geografía de la lepra y la de la miseria van juntas en países como el nuestro en pleno siglo XX. Tardamos tiempo en vincular las más variadas pestes con las aguas y los alimentos contaminados por los deshechos industriales y los venenos químicos. ¿Tal vez sea como se pregunta Galeano, que “Dios cree, como los sacerdotes del mercado, que la pobreza es el castigo que la ineficiencia merece? Toda esa gente que había cometido el delito de ser pobre, ¿fue sacrificada por el cólera o por un sistema que pudre lo que toca y que en plena euforia de la libertad del mercado desmantela los controles estatales y desampara la salud pública?”
La historia no es nueva: desde que los colonizadores tomaron contacto con los pueblos originales, el contagio masivo de pestes foráneas de la civilización europea diezmó a comunidades enteras. Ninguna de ellas, sin embargo, mató a tantos indios como el trabajo esclavo y la violencia. Hoy esta lógica sigue intacta. Nos horrorizamos de que la fiebre de los chanchos mató a no sé cuántos pero seguimos haciéndonos los sordos y los boludos al clamor de millones de hombres, mujeres y niños que mueren de hambre. ¿Saben cuántos por día?
Desempleo y hambre son los denominadores comunes en las preocupaciones más urgentes de las mayorías populares de Sudamérica y sobre ese trasfondo van y vienen las turbulencias económico-financieras y ahora también las pestes.
Me dirán que las pestes amenazan a todos, pobres y poderosos. Es cierto. Pero esa es una verdad tan innegable como que la crisis financiera internacional nos afecta a todos pero la provocaron los dueños del sistema.
Algún día la peste pasará. Ésta, la de los chanchos o la de los mosquitos. Pero seguramente vendrá otra. La contingencia, eso que no es necesario, que puede o no puede estar, es algo de lo que siempre podremos escapar, más aún hasta podemos llegar a negar su existencia como quien niega la existencia de un espectro. Pero extrañamente, este sistema que vende íconos de gente segura y serena está asentada sobre la base de la explotación de los hombres por los hombres y del planeta mismo que hace rato empezó a dar muestras de cansancio y agotamiento. Esa es la peste más pestilente y la madre de gran parte de nuestras endemias históricas. No será fácil demostrar, al menos científicamente, que estas calamidades tienen relación directa con la depredación que ha hecho el capitalismo de toda la naturaleza y el atropello al sistema ecológico. Pero la historia está llena de ejemplos que nos gritan en la cara que el capitalismo ha devastado la naturaleza, ha saqueado ha espoleado y eso tiene un precio. Tartagal, sin ir más lejos, ese dolor tan nuestro y tan reciente, muestra a un pueblo con riqueza natural y pobreza estructural. ¿Casualidad? No, el sistema funciona así. Tartagal es un claro ejemplo de esa relación causal entre tala de árboles, explotación del petróleo y alud. Tartagal es la tierra que grita basta, no más, ya fue demasiado.
“Hay un estallido generalizado de símbolos”, dice Sandra Russo. “Se derrumba un sistema político y económico que tenía al individuo como eje, y ataca al mundo en forma de pandemia un virus mutante que supo de vuelos y estiércol y que presenta la forma de una simple gripe”.
Qué cosa, justo ahora cuando un modelo político y económico basado en el más brutal individualismo parece quebrarse dejando al descubierto sus vísceras, el sistema de salud internacional queda en estado de alerta por la peste que nos vuelve a todos un poco más paranoicos, sospechando del estornudo del vecino y del riesgo de la microgota de fluge. Disculpen la insistencia de la pregunta para nada retórica: ¿Casualidad?
Qué lástima, dicen los dueños del mundo, justo cuando estábamos reciclando el sistema económico internacional, abrochando cuentas para que siga en pie vinieron estas pestes ha descontrolarlo todo. Mientras tanto Serrat canta “Mírame y no me toques”. Y a unos cuantos esta condena a la soledad, y esta proscripción de la solidaridad les viene como anillo al dedo.
Mírame, pero no más que eso. No me toques, ni siquiera es conveniente aproximarnos. No te acerques. Y si lo haces es mejor con barbijo. Nada de caricias y besos.
Sí, por un tiempo, habrá que acostumbrarse a una especia de estado de alerta, de espanto, de miedo; vivir alarmado, asustado, inquieto y siempre listo, presto e higiénico, aséptico, preservado, para garantizar, para prevenir. Cada criatura aislada en su propio cuerpo. Cada uno cuidando ese mismo cuerpo de las cosas peligrosas que pueden salir del otro, de ese que está frente a mí.
¿Casualidad, fatalidad del destino?, esta cuestión de las pestes y endemias, digo. ¿Pura coincidencia? ¿Simple azar, o capricho de la naturaleza?, ¿Fatalidad, destino inexorable de los pobres?
Digamos en primer lugar que la culpa no la tiene el chancho. Tampoco el mosquito. Esto es también la globalización aunque por otros caminos. Estamos todos comunicados, interconectados en la gran aldea global. Pero que algo quede claro: en esta aldea hay dueños y simples aldeanos. El problema es que los virus y bacterias todavía no aprendieron las clases de discriminación que dicta el capitalismo y por eso el estado de alerta es para todos, claro está que con la suficiente dosis de racismo que ponga en situación de exigir barbijos a las mucamas de barrio norte y estricto control a vecinos extranjeros sobre todo si son pobres.
¿Será casual que la geografía de los países periféricos coincida y casi sea un calco de la geografía de la exclusión y la miseria? Si tuviéramos que dibujar ambos mapas tendrían casi idénticos contornos. En América Latina han sido pobres todos los que murieron de cólera, lo mismo que pobres eran los que morían de lepra en la Edad Media. Y no tan media que también la geografía de la lepra y la de la miseria van juntas en países como el nuestro en pleno siglo XX. Tardamos tiempo en vincular las más variadas pestes con las aguas y los alimentos contaminados por los deshechos industriales y los venenos químicos. ¿Tal vez sea como se pregunta Galeano, que “Dios cree, como los sacerdotes del mercado, que la pobreza es el castigo que la ineficiencia merece? Toda esa gente que había cometido el delito de ser pobre, ¿fue sacrificada por el cólera o por un sistema que pudre lo que toca y que en plena euforia de la libertad del mercado desmantela los controles estatales y desampara la salud pública?”
La historia no es nueva: desde que los colonizadores tomaron contacto con los pueblos originales, el contagio masivo de pestes foráneas de la civilización europea diezmó a comunidades enteras. Ninguna de ellas, sin embargo, mató a tantos indios como el trabajo esclavo y la violencia. Hoy esta lógica sigue intacta. Nos horrorizamos de que la fiebre de los chanchos mató a no sé cuántos pero seguimos haciéndonos los sordos y los boludos al clamor de millones de hombres, mujeres y niños que mueren de hambre. ¿Saben cuántos por día?
Desempleo y hambre son los denominadores comunes en las preocupaciones más urgentes de las mayorías populares de Sudamérica y sobre ese trasfondo van y vienen las turbulencias económico-financieras y ahora también las pestes.
Me dirán que las pestes amenazan a todos, pobres y poderosos. Es cierto. Pero esa es una verdad tan innegable como que la crisis financiera internacional nos afecta a todos pero la provocaron los dueños del sistema.
Algún día la peste pasará. Ésta, la de los chanchos o la de los mosquitos. Pero seguramente vendrá otra. La contingencia, eso que no es necesario, que puede o no puede estar, es algo de lo que siempre podremos escapar, más aún hasta podemos llegar a negar su existencia como quien niega la existencia de un espectro. Pero extrañamente, este sistema que vende íconos de gente segura y serena está asentada sobre la base de la explotación de los hombres por los hombres y del planeta mismo que hace rato empezó a dar muestras de cansancio y agotamiento. Esa es la peste más pestilente y la madre de gran parte de nuestras endemias históricas. No será fácil demostrar, al menos científicamente, que estas calamidades tienen relación directa con la depredación que ha hecho el capitalismo de toda la naturaleza y el atropello al sistema ecológico. Pero la historia está llena de ejemplos que nos gritan en la cara que el capitalismo ha devastado la naturaleza, ha saqueado ha espoleado y eso tiene un precio. Tartagal, sin ir más lejos, ese dolor tan nuestro y tan reciente, muestra a un pueblo con riqueza natural y pobreza estructural. ¿Casualidad? No, el sistema funciona así. Tartagal es un claro ejemplo de esa relación causal entre tala de árboles, explotación del petróleo y alud. Tartagal es la tierra que grita basta, no más, ya fue demasiado.
“Hay un estallido generalizado de símbolos”, dice Sandra Russo. “Se derrumba un sistema político y económico que tenía al individuo como eje, y ataca al mundo en forma de pandemia un virus mutante que supo de vuelos y estiércol y que presenta la forma de una simple gripe”.
Qué cosa, justo ahora cuando un modelo político y económico basado en el más brutal individualismo parece quebrarse dejando al descubierto sus vísceras, el sistema de salud internacional queda en estado de alerta por la peste que nos vuelve a todos un poco más paranoicos, sospechando del estornudo del vecino y del riesgo de la microgota de fluge. Disculpen la insistencia de la pregunta para nada retórica: ¿Casualidad?
Qué lástima, dicen los dueños del mundo, justo cuando estábamos reciclando el sistema económico internacional, abrochando cuentas para que siga en pie vinieron estas pestes ha descontrolarlo todo. Mientras tanto Serrat canta “Mírame y no me toques”. Y a unos cuantos esta condena a la soledad, y esta proscripción de la solidaridad les viene como anillo al dedo.
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